Amén

El ex inspector mayor Ricardo «Conejo» Medina, preso por violación a los derechos humanos durante los años de dictadura dijo no hace mucho que el gobierno frenteamplista también los viola; en lo que no tiene razón -y lo sabe- es a quién le viola los derechos humanos.

En el Uruguay hay más de 7.000 personas privadas de libertad en cárceles con capacidad para 4.000. Hombres y mujeres que además de las penas que la Justicia sentencia deben purgar otra condena adicional, sobrevivir en condiciones de hacinamiento, falta de higiene, violencia, drogadicción…, en un submundo que ha cambiado los códigos no escritos de los viejos ladrones por la inexistencia de códigos de una generación de jóvenes delincuentes: los «rastrillos», severamente alienados por la pasta base.

Citaremos algunas conclusiones que el Dr. Alvaro Garcé remitió en su Informe de más de 240 páginas sobre la evaluación de las cárceles entre 2005 y 2006 al Poder Legislativo.

«Sin perjuicio de algunas excepciones, los locales destinados a la reclusión son absolutamente inadecuados» … «se encuentran fuertemente superpoblados o requieren refacciones más o menos urgentes»…»las condiciones de higiene son deficientes»…»no existen suficientes camas»… «en casi todos los locales de reclusión, el estado de las instalaciones sanitarias (duchas, etc…) constituye un riesgo para la salud»…»el estado de los baños y de las duchas ­como resultado del hacinamiento y la falta de inversión­ compromete las posibilidades de higiene personal»… «la alimentación de las personas privadas de libertad es deficiente, semana a semana las familias suplen a su costo la carencia anotada»… «la atención médica y odontológica constituye una permanente fuente de quejas y denuncias»… «en ocasiones al no verse contempladas en sus pedidos de asistencia, se autoagreden»… «una sala ubicada en uno de los pabellones del Hospital Saint Bois está destinada a la atención de reclusos».

Este pormenorizado trabajo del Dr. Garcé no refiere a la Cárcel Especial Nº 8 de Domingo Arena.

El «descubrimiento» de cuatro computadoras en posesión de varios presos en esta moderna cárcel ha llevado a múltiples notas, comentarios, aseveraciones y pasaje a la Justicia Civil. Más allá de preguntar si estaban autorizadas o si estaban escondidas en huecos practicados con suma habilidad en las paredes, si las usaban a determinadas horas cuando los guardias no controlan las celdas o en el patio durante el recreo; más allá de todo esto: ¿vale la pena mantener esta cárcel para una docena de delincuentes ante la tragedia que viven otros 7.000 presos y sus familias?

Cualquier detenido puede recibir en su celda una computadora, pero si debe pagar «peaje» para ir al patio, o defender el surtido de fideos y arroz con «guardias con cortes» que se privan de salir al recreo, ¿cuántos tajos costaría mantener una computadora por ejemplo en el Penal de Libertad?

Para las fiestas del año 2007, 4.000 personas debieron hacer cola para entrar cada día al Comcar a compartir unas horas con sus familiares. Decenas de padres recorren un tremendo «vía crucis» golpeando puertas para que sus jóvenes hijos sean trasladados a establecimientos en los cuales puedan cumplir su condena sin riesgo de la integridad física. Mujeres desesperadas piden que sus esposos o hermanos sean realojados en chacras o cárceles del Interior para salir del peor de los infiernos que Dante Alighieri hubiera concebido.

El Ministerio del Interior y la Dirección de Cárceles están realizando un esfuerzo formidable por mejorar en general las condiciones de reclusión de miles de presos, tarea que no será fácil de concluir en el corto plazo.

¿Entonces por qué? ¿Por qué este pequeño grupo de presos recibe la comida directamente de las Fuerzas Armadas? ¿Por qué no comen la misma que el resto? ¿Por qué son atendidos en el Hospital Militar? ¿Por qué no son trasladados al Hospital Saint Bois como los demás si no están juzgados por la Justicia Militar sino por la Civil? ¿Por qué a fin de año cenaron todos juntos con arenga incluida? ¿Por qué no cenaron en sus celdas como los otros 7.000 presos? ¿Por qué el portón de la entrada principal de esta cárcel de máxima seguridad cae al piso -sin que nadie lo toque- frente a las cámaras de la TV? ¿Por qué esa vergüenza nacional? ¿Qué más aparte de las computadoras y el portón se «cae» dentro de la cárcel de Domingo Arena?

¿Por qué tantos porqués? Y sobre todo ¿por qué no cae de una buena vez la verdad sobre nuestros desaparecidos?

Estos delincuentes gozan de una situación de enorme privilegio en relación al resto de presos del país. El gobierno frenteamplista en una demostración de profundo sentido democrático y de justicia les ha permitido vivir en esas condiciones.

Otro militar preso, Jorge «Pajarito» Silveira, levantó la huelga de hambre que realizaba en el Hospital Militar.

Seguramente monseñor Cotugno en el momento de su confesión habrá dicho las palabras de rigor de la Iglesia Católica: te absuelvo en nombre del padre, del hijo y del espíritu santo y así Silveira tal vez se sienta reconciliado en su fe.

Pero ante la sociedad y la justicia no. En el nombre de los padres asesinados, de los hijos robados y del espíritu de los santos desaparecidos.

Hasta que sepamos la verdad. Amén.

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