La inferioridad natural de las mujeres
Vuestra Excelencia, Grandísimo, Excelentísimo y Maravilloso:
Sin duda, ya los antiguos reconocieron el aurea aetas que los precedía. Torquato Tasso dijo que «Il mondo invecchia / E invecciando intristisce…» (Aminta, 1580). En buen castizo: la humanidad no progresa, decae, se corrompe. Según nos escribe nuestro Alfonso X el Sabio, en tiempos de Theodisto, natural de Grecia y políglota, «no se encontraba en toda España un hombre malo ni descreído». Pero desde La República de Platón hasta todas las más absurdas utopías de Tomás Moro y quien usted quiera recordar, se ha planteado la extraña idea de «progreso».
Por ejemplo, que los sexos son iguales. Si algo no son es eso, iguales, o no son sexos. ¡V. M., si los sexos se confunden eso ya no es progreso! Una minoría de soberbios ha querido poner patas arriba las sagradas traiciones. Ya en el siglo XVIII fueron tristemente célebres desde Christine de Pisan (La ciudad de las damas, 1405) hasta Poulain de la Barre (Sobre la igualdad de los sexos, 1573), pasando por la secta de los alumbrados. No obstante, reconozco, V. M., que es necesario proceder con discreción y estrategia, sugiriendo una aparente tolerancia de lo intolerable.
San Pablo, en la Epístola a los Corintios manda que las mujeres deben callar en una asamblea (I, 14, 33-35). El rey Alfonso el Sabio, en su Primera crónica general de 1272, recordó que el Rey Vitzia, en el año 740, por las mujeres abrió la puerta a los enemigos. Lo confirmaron sus sabios en Las Siete partidas: «una de las cosas que más envilece la honestidad de los clérigos es tener trato frecuente con las mujeres» (I, ley 36). «Ninguna mujer, aunque sea sabedora no puede ser abogada en juicio por otro; y esto por dos razones: la primera, porque no es conveniente ni honesta cosa que la mujer tome oficio de varón estando públicamente envuelta con los hombres para razonar por otro; la segunda, porque antiguamente lo prohibieron los sabios por una mujer que decían Calfurnia, que era sabedora, pero tan desvergonzada y enojaba de tal manera a los jueces, que no podían con ella» (III, T. 6, Ley 3). Los ciegos tampoco podían ser abogados porque no podían ver a los jueces y rendirles honores.
Y en cuestiones menores establecieron que «del adulterio que hace el varón con otra mujer no hace daño ni deshonra a la suya; la otra porque del adulterio que hiciese su mujer con otro, queda el marido deshonrado […] Y por eso que los daños y las deshonras no son iguales, conveniente cosa es que pueda acusar a su mujer de adulterio si lo hiciere, y ella no a él» (III, T. 17, Ley 2).
En 1522 el sabio padre Antonio de Guevara recordó que «son las mujeres tan antojadizas y tan mal contentadizas, que a la hora aborrecen a lo que quieren…» (Epístolas). Por eso prescribió la necesaria observancia de las buenas costumbres que los humanistas habían comenzado a corromper ya desde entonces, «porque al hombre no le pedimos más que sea bueno, mas a la mujer honrada no le basta con que lo sea, sino que lo parezca». El prudentísimo padre Juan de Mariana nos confirma: «¿qué más terrible que poner al frente del gobierno un joven de depravadas costumbres, un niño que está aún llorando en su cuna, y lo que peor es, una mujer falta de esfuerzos y conocimiento?» (Del rey y de la institución real, 1533).
V. M., de las razas inferiores que ahora tienen la osada pretensión ya no de gobernarse a sí mismas sino también de ser jefes de estados, enfrentando a la tradición de miles de años, le podíamos dedicar otro capítulo. Mas mejor ni hablar de tan desagradable y vulgarísimo asunto.
De V. M.,
Servidor, Dr. Frei Abater, Comité de Defensa de la Civilización.
Athens, febrero 2008
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