"¡Que se vayan los viejos!"
Esta consigna ha sido invocada una y mil veces a lo largo y a lo ancho de la historia.
A lo largo, porque viene desde los más remotos tiempos, y a lo ancho, porque abarca los más variados ámbitos de la sociedad.
Como para muestra alcanza un botón, o a lo sumo dos, comencemos por recordar el caso de Sófocles.
Ya octogenario –circunstancia bastante inusual por entonces –sus hijos, devorados por la impaciencia, promovieron ante los tribunales una demanda alegando la insania del padre para hacerse de la administración de su patrimonio. Lo que hoy llamaríamos un juicio por incapacidad.
Llamado ante los jueces, Sófocles, como único y singular alegato, extrajo de entre sus ropas el manuscrito de una obra que había completado en aquellos días, que nadie conocía y que por ende aún no se había representado. La obra resultó ser «Edipo Rey», a la postre la obra magna de Sófocles y un clásico de todos los tiempos. No hace falta entrar en detalles sobre el veredicto del jurado.
Sin remontarnos dos mil quinientos años y en otra esfera, la de los medios de comunicación, Eduardo Espina comentaba cómo, en el ámbito del periodismo norteamericano, las grandes cadenas, para mejorar su rating en la televisión o sus ventas si se trataba de prensa escrita, recurrían a veteranos que previamente las mismas cadenas habían defenestrado.
El caso emblemático mencionado por Espina, es el de Gibson, quien ha llevado al noticiero de la ABC a ser el indiscutido número uno de la televisión estadounidense bajo el slogan «Charles Gibson, porque la gente quiere experiencia».
Pero en el contexto de estas líneas queremos limitarnos al ámbito político donde entran en juego ingredientes adicionales.
Pero nadie podrá afirmar que cualquiera de sus virtudes sea patrimonio de determinada generación, para no hablar de lo que Cervantes llamaba la mejor de las maestras, o sea la experiencia.
Churchill, De Gaulle, Ben Gurion, Adenauer, Golda Meir, Mitterand Beguin, Reagan, y tantos otros, son prueba fehaciente de que la frescura de las ideas y la determinación, para moldear el futuro no reconocen límites de edad. Es posible que en Estados Unidos el próximo presidente tenga 72 años al asumir.
Hace apenas unos meses, Simón Peres, en los umbrales de los 84 años, acaba de asumir la Presidencia de Israel, y Pratibha Pratil, con 72 años fue electa presidenta de la India. Los que reniegan de los veteranos deben estar rezando por su salud porque el vicepresidente tiene 84 años. Si Mc Clain resulta triunfador en las próximas elecciones de Estados Unidos, asumirá la Presidencia a la misma edad que Pratibha Pratil.
Entre nosotros, en cambio, el mito del recambio generacional está creciendo como si este recambio fuera la panacea para resolver los problemas internos de los partidos políticos que atraviesan momentos difíciles o para resolver los problemas del país en los partidos políticos que navegan con viento a favor. En otras palabras, el recambio, aún forzado, se ha instalado en el imaginario colectivo casi como un fin en sí mismo que solucionaría un montón de problemas.
La cuestión consistiría en sacarse de encima a los Sanguinetti, Lacalle o Batlle, para mencionar a quienes desempeñaron la primer magistratura, o, en la actual coalición gobernante, a los Brovetto, Mujica o Gargano, por citar algunos. Esto independientemente de cuál fuere su voluntad y lo que piensan otras mayorías.
Sin embargo, la solución no pasa por ahí porque centrarse en su retiro tendría como resultado un despilfarro de talento y experiencia que el país no se debería permitir. Además, la política, profesión honorable, también tiene sus perversidades.
No sea cosa de que bajo la consigna de que se vaya –¿a partir de qué edad la cuarta, como tituló una crónica Antonio Larreta? vengan otros a aprovecharse de capitales políticos que no han conquistado por derecho propio.
Si tenemos el convencimiento de que los mencionados u otros aún tienen algo para ofrecer al país, en lugar de propiciar su alejamiento de la política se debería apoyar su permanencia.
EL propio mito del recambio generacional ha generado una seudo-oposición de carácter horizontal porque la edad, poca o mucha, no es un mérito ni un desmérito.
El tema es preocupante porque en general la historia enseña que en estos casos prevalecen quienes pretenden el adelanto de objetivos que deberían reservarse a los ciclos biológicos y que, de lograrse, para el país sería una victoria pírrica.
Nuestra conclusión es que las puertas deben estar abiertas para todos. Más aún, nos atrevemos a afirmar que la sociedad está particularmente ansiosa en que las dirigencias políticas desborden de jóvenes junto al os que no lo son tanto, para que todos juntos trabajen con ideas nuevas, espíritu de sacrificio, transparencia, seriedad, y con vocación para participar en la forja del futuro que eso es la política en el mejor de los sentidos. Siempre por méritos propios sin desplazar a otros sólo en razón de la edad.
Mientras tanto, cuando tantas veces oímos repiquetear aquello de «¡que se vayan los viejos!» no podemos menos que evocar el pensamiento de Chesterton cuando escribió que no derribemos una valla hasta que no sepamos con qué la vamos a sustituir.
Compartí tu opinión con toda la comunidad