Los "transgénicos" y las declaraciones del Presidente no son un juego
Quienes nos conocen saben que no ejercemos una oposición agresiva ni somos críticos obstinados de la acción gubernamental. No obstante debemos confesar que ante las recientes declaraciones del señor Presidente de la República a favor de los alimentos «transgénicos» hemos sentido un gran estupor. Frente a la gravedad de estas afirmaciones no podemos guardar silencio.
Primero, porque la problemática de los alimentos «transgénicos», con sus posibles consecuencias en el plano de la salud y la economía, está siendo intensamente discutida y numerosas personalidades e instituciones científicas consideran a estos alimentos altamente dañosos. Significativamente, la mayoría de quienes se atreven a defender su inocuidad, se encuentran vinculados a poderosas empresas trasnacionales que sustentan grandes intereses en relación a su comercialización. A ello se agrega que las razones que esgrimen en defensa de estos alimentos han sido rebatidas y las objeciones formuladas a sus argumentos no han podido hasta hoy ser levantadas. Por ende, el punto no se encuentra zanjado.
En este sentido, entonces, en la hipótesis más optimista, los efectos de los alimentos «transgénicos» sobre la salud de la población y la economía de los países llamados en desarrollo no han sido dilucidados, y en consecuencia, el tratamiento del tema exige una cautela de la que ha carecido el discurso presidencial.
Segundo, porque afirmar, como lo ha hecho el señor Presidente de la República, que la respuesta al desafío que genera el hambre y subnutrición «vendrá por el lado de la ciencia» es un gravísimo error, a través del cual se manifiesta, con los respetos debidos a la vasta cultura del doctor Jorge Batlle, que mucho valoramos, una filosofía que, a nuestro entender, es motivo de grandes calamidades para los pueblos.
Afirmaba Sócrates que la sabiduría viene por el preguntar. Ante el polémico tema de los «transgénicos» pensamos que resulta, pues, saludable formularnos algunas interrogantes.
¿Los «transgénicos» son inocuos? Para responder a esta pregunta comencemos por aclarar que los «transgénicos» son individuos de especies animales o vegetales a los que se les ha introducido, por la técnica de la llamada ingeniería genética, genes o grupos de genes provenientes de otras especies o heterólogos. En rigor científico, pues, la denominación de «alimentos transgénicos», para aquellos producidos con especies genéticamente modificadas, no es correcta, aun cuando la seguiremos usando, ya que el uso común así lo ha consagrado. Pero más allá de esta contienda nominalista, es imperioso interrogarse sobre la posible inocuidad de los mismos.
Recientemente, el destacado catedrático de bioquímica y biología de la Universidad Complutense de Madrid, Gregorio Alvaro Campos, en su breve estadía en Montevideo, ha hecho referencia a los riesgos de los llamados «alimentos transgénicos» y a las investigaciones que en torno a ellos se vienen realizando. Así, por ejemplo el director del Departamento de Enfermedades Infecciosas del Instituto Pasteur en París, Patricie Courvelaine, ha advertido públicamente que el consumo de vegetales «transgénicos», en muchos casos, inmuniza a las bacterias patógenas del organismo humano contra los antibióticos.
Asimismo, la acreditada revista científica inglesa «The Lancet» ha publicado los trabajos del doctor Arpad Pusztai, quien en investigaciones de laboratorio pudo comprobar que ratas alimentadas con papas «transgénicas», mostraron serias deficiencias en el sistema inmunitario, hecho que no ocurrió con las restantes que consumieron papas comunes. Parecidas investigaciones fueron realizadas con remolachas cultivadas de este modo, y especialmente con la soja.
También la doctora Mae Wan Ho, de reconocida solvencia científica a nivel mundial, advirtió sobre la posibilidad de que tales manipulaciones genéticas estén propiciando el resurgimiento de enfermedades antes controladas y la aparición de nuevas como el sida.
Asimismo, el ingeniero agrónomo Alberto Gómez Perazzoli, del Centro de Estudios Uruguayos de Tecnologías Apropiadas (Ceuta), en la Mesa Redonda organizada por la Regional Metropolitana de la Red Ambientalista, realizada en Pando (Canelones), el pasado 20 de noviembre, demostró con numerosos ejemplos, los graves riesgos que conlleva el desarrollo de los cultivos con organismos genéticamente manipulados, los cuales no son sólo sanitarios, sino también ambientales, económicos y sociales.
Concomitantemente, en la citada Mesa Redonda, la ingeniera química María Corbo, de larga y respetada trayectoria científica en el Instituto Rubino, en representación de ASU, después de un ponderado análisis, en el que estudió los argumentos a favor y en contra de los mismos, advirtió que la manipulación genética parte del supuesto de que se puede controlar a los seres vivos como a una máquina. No obstante, debemos tener presente que es imposible predecir las características que desarrollará un organismo manipulado genéticamente: «No pueden recogerse o eliminarse los microbios fuera de control una vez liberados al medio ambiente».
Las opiniones científicas citadas como otras muchas que por razones de espacio no es posible transcribir, contradicen lo expresado por el señor Presidente de la República, al afirmar: «Los científicos están en condiciones de dar certezas y seguridades en cuanto a que esa transformación genética no va a suponer ningún tipo de complicaciones para la salud humana».
Si bien es cierto que existen científicos, incluso uruguayos, que defienden la «inocuidad» de los «transgénicos», frente a un problema que suscita opiniones tan encontradas parecería que ello exigiría un abordaje más circunspecto por parte del primer mandatario.
¿La ciencia acaso es una rueda loca? Algunos científicos aducen que el adoptar una actitud «precautoria» ante los «transgénicos» es detener la generación del conocimiento, del avance científico y de sus aplicaciones. De algún modo los «cientificistas» buscan emancipar a la ciencia, al igual que los «neoliberales» a la economía, de todo referente ético vinculante y orientador. Sin introducirnos en la discusión filosófica que supondría dilucidar este tema, es suficiente con hacer memoria de ciertos hechos para comprender la peligrosidad de tales afirmaciones. Al inventor del DDT le dieron el Premio Nobel, pero ahora sabemos lo que el DDT ha introducido en nuestro ambiente. Lo mismo sucedió con los clorofluocarbonados, frente a los cuales la «ciencia» se admiraba, ya que para algunos usos era utilísimo, pero después se descubrió que destruía nada menos que la capa de ozono, por citar sólo uno de los graves daños ambientales y sanitarios que producía.
Si no queremos llegar hasta la experimentación y exterminio de los campos de concentración del régimen nazi, debemos concluir que la llamada «ciencia» no es omnímoda y que debe orientarse, (sin por eso detenerse), entre otras cosas, según los antiguos y sabios principios de una virtud que se llama prudencia, moderando en el tiempo sus aplicaciones prácticas, aun cuando esto le signifique perder a las organizaciones empresariales algunos miles de millones de dólares.
El diario El País tituló hace pocos días la nota en que hacía referencia a la intervención del señor Presidente que comentamos: «El Uruguay se juega a los transgénicos», y era verdad. Pero le faltó decir que lo hacía desde el conocido juego de la «ruleta rusa». Y que con la vida y el medio ambiente no es posible jugar así.
El hambre, ¿se resolverá por la ciencia? Pero si hasta el presente se nos querí
a convencer de que los transgénicos no son dañosos para la salud ni el medio ambiente, ahora la astuta estrategia de las grandes transnacionales nos quiere convencer de que resolverán el problema del hambre. ¡Ya es el colmo! El doctor Clive James –experto estadounidense, (seguramente en colocar los productos transgénicos, agregamos nosotros)– en su intervención en el Congreso Latinoamericano de Semillas, realizado en el Hotel Conrad, y al que concurriera el señor Presidente, amenazó con que si no utilizamos esta tecnología en los países en desarrollo «lo que va a ocurrir es que vamos a condenar a muerte cada día a veinticinco mil personas en todo el mundo por hambre y desnutrición crónica».
Que nos disculpe el doctor James, pero no podemos aceptar sin protesta esta amenaza, que nos suena a sarcasmo, cuando las empresas y los países desarrollados a los que pertenece mister James invierten cerca de un millón de dólares por minuto en gastos militares, mientras ochocientos millones de personas hoy tienen hambre y a consecuencia de ello, trece millones de niños mueren al año.
Según investigaciones de la FAO el hambre no se debe a que los suministros mundiales de alimentos sean de por sí insuficientes. Los agricultores pobres y subnutridos de los países subdesarrollados producen más del 60% de los alimentos que se consumen en los países desarrollados. En muchos países pobres del mundo en desarrollo, la disponibilidad diaria de alimentos es inferior como promedio a las 2.100 calorías que por persona se consideran necesarias, mientras que en los países más ricos, excede con mucho las 3.200 calorías. El 15% de la población mundial posee el 79% de la riqueza, y el 85% sólo el 21% restante. Preguntamos: ¿será acaso el no fabricar transgénicos el origen del hambre en el mundo? ¿O habrá que atribuirlo a esta desproporción en la distribución de la riqueza, mister James?
El ya citado científico Alvaro Campos nos recuerda, al considerar las filantrópicas promesas que desde las empresas transnacionales se nos hacen en cuanto a la erradicación del hambre y la pobreza, que, «todas las plantas transgénicas, están patentadas; más del 90% de esas patentes pertenecen a cuatro o cinco empresas de EEUU, Europa y Japón». En razón de lo cual se pregunta: «¿Ellas pretenden eliminar el hambre en el mundo, o en realidad quieren aumentar sus beneficios?»
Acorde con los estudios de la FAO y la Unicef, existen alimentos suficientes para los hambrientos del mundo, y podría seguir habiéndolos si se actuara en el futuro con políticas solidarias. El doctor Jorge Batlle afirma que la única vía para alimentar a los 8.000 millones de personas que en el mundo habrá es la mejora genética. Como vimos, hoy existen alimentos para satisfacer a los hambrientos del mundo y sin embargo ello no es posible. ¿Quién nos asegura que la «mano invisible» de los liberales se extienda en el futuro para la distribución equitativa de los «alimentos transgénicos»? La axiología es tan importante o más que la ciencia, y la «mejora genética» no soluciona automáticamente el problema, si la justicia y la solidaridad no distribuyen los alimentos que eventualmente aquella podría producir.
El hambre no es, ni hoy ni mañana, un problema que resolverá exclusivamente la ciencia, sino prioritariamente la ética solidaria. Nos gustaría que el señor Presidente de la República, hombre inteligente e inquieto, reflexionara sobre esto, como escuchamos hacerlo, hace muchos años, a don Luis Batlle Berres en la chacra de Carrasco a la que solía concurrir.
* Edil «Alianza Progresista» – Encuentro Progresista – Frente Amplio
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