De nombres y de migas de pan en el camino
Entre todos mis recuerdos hay uno en particular que me acompaña desde niño; es una imagen repetitiva en los cuentos infantiles, una escena donde el protagonista va dejando migas de pan o semillas mientras avanza por un sendero con la esperanza de que, en el momento de regresar, esas señales lo ayudarán a encontrar el camino a casa.
La memoria, esa caja donde se conservan nuestros recuerdos, es un instrumento imperfecto –para ser más exactos habría que decir que es un instrumento caprichoso–, nuestras vivencias no permanecen congeladas, invariables sino que mutan, se borronean con el paso de los años y se contaminan con nuevas experiencias, con nuestros sueños y fantasías. Por ejemplo, en el caso a que hacía referencia unas líneas más arriba, si bien recuerdo la descripción de la escena –el protagonista dejando señales en el camino–, no logro recordar los motivos del personaje, no fui capaz de conservar, por lo menos conscientemente, las razones que lo mueven a realizar esa acción. Y todavía hay más, cada vez que pienso en ella la imagen se hace más vívida y llena de detalles –muchos de los cuales seguramente fueron recogidos de otras vivencias–: El bosque es cada vez más oscuro, los árboles más altos y centenarios, desde la sombra surgen miradas amenazantes y el rosario de migas de pan –el único elemento que puede salvar al protagonista de su nefasto destino– se hace más visible y hasta brilla, como si cada trozo de pan fuese una antorcha o un faro indicando la ruta segura en la peor de las noches. Será por esa razón, porque los recuerdos se escapan y se metamorfosean, que tenemos cierta tendencia a tratar de fijarlos, a prenderlos con imaginarios alfileres. Utilizamos todo tipo de recursos, como si fuésemos prestidigitadores ensayando un truco nuevo; métodos mnemotécnicos, anotaciones en agendas y diarios personales, recortes de periódicos, fotografías y un largo etcétera de muletas para la memoria.
Hace unos pocos días que, a partir de la lectura de una noticia publicada en algunos medios de prensa, estas reflexiones comenzaron a darme vueltas en la cabeza. El artículo daba cuenta del comienzo de una campaña en el barrio de La Teja, con el objetivo de dar el nombre de un detenido desaparecido a una de sus calles. «Nuevamente la necesidad de fijar los recuerdos en nuestra memoria», pensé.
Este tema, el nominar calles o espacios públicos con el nombre de compañeros desaparecidos no es nuevo –en la legislatura pasada se aprobó en la Junta Departamental de Montevideo un decreto que permite integrar al nomenclátor a los detenidos desaparecidos durante el período dictatorial– y, en efecto, ya se han tomado algunas resoluciones en este sentido –la más reciente es la solicitud para que se autorice a un grupo de vecinos a colocar una placa en recuerdo de Eduardo Chizzola, desaparecido en Argentina, resolución que fue tomada por unanimidad–. Pero, aunque no sea una novedad, este tipo de noticias, el afán de los vecinos y los familiares por mantener vivo el recuerdo de sus seres queridos, me sigue provocando la misma impresión que la primera vez: entre otras sensaciones siento una alegría indescriptible, sin euforias pero profunda y verdadera. Alegría que refuerza nuestro compromiso de apoyar, en todo lo que podamos, este tipo de iniciativas que compartimos y creemos tan válidas y necesarias porque, en este caso, es la memoria colectiva la que busca fijar sus recuerdos, es un grupo de personas, un trozo de sociedad que vibra como un solo ser y siente la necesidad de plantar señales en la ciudad, en los lugares donde vivían, trabajaban o estudiaban los que ya no están; señales que mantengan vivos sus rostros, que denuncien la infamia, que sirvan de alerta para que esto no pase nunca más pero, también, que celebren el espíritu solidario y la alegría de vivir de aquellos que fueron capaces de dar todo por los demás.
En el momento en que termino de escribir estas breves líneas me vuelven a asaltar las imágenes de las migas de pan en el camino y tengo la impresión de que somos como niños perdidos en el bosque que, sin ellas, sin esas señales que recuerden nuestro pasado, nunca lograremos encontrar el camino a casa.
Edil del Espacio 90 EP-FA
Compartí tu opinión con toda la comunidad