La verdad y el calor de la piel de una madre

Una hija busca a su madre, a quien nunca conoció. Supo, por terceros, que su mamá es una de las desaparecidas en el Río de la Plata, por culpa de sectores oligárquicos, imperialistas, civiles y militares, que quisieron frenar el avance de los pueblos bañando en sangre a sus mejores hijos.

 

De esto se enteró por la prensa y por muy buena gente que le informó de sus orígenes, del drama de su vida y de sus padres, cuando ella creía que quienes la habían criado eran sus orígenes biológicos. Padres adoptivos seguramente cariñosos, pero no los auténticos.

 

Esta hija no recuerda las caricias de su madre, ni cuando le tocaba su cara mientras amamantaba. Tampoco tiene grabado en sus oídos el canto de la madre. Le falta el calor de su piel. No puede sentir esa cosa especial que es el contacto epidérmico con quien puso su vientre para procrearla, porque se la quitaron, sin pedirle permiso.

Esa madre que en un momento de amor y de placer, supo concebirla a pesar de que la vida de ambas corría peligro, pero sabiendo que las ideas y la vida no son siempre contradictorias, sino que, en la mayoría de los casos, florecen en conjunto.

 

No sabe quien fue su mamá, cuando hasta los propios animales superiores saben distinguir a una madre de una simple hembra.

Ha sido la solidaridad de los pueblos, lo que le ha permitido reconstruir su personalidad y encontrar en la memoria colectiva sus razones de futuro.

Su madre somos todos, es sólo un consuelo. A esta muchacha no le sirven las explicaciones políticas. Su tema no es un asunto de investigadores históricos, porque hablamos de afectos, de sentimientos, de esas pequeñas cosas tontas como es una madre en el cuidado de su hija.

Los asesinos son unas bestias que no tienen la valentía de decirle a esa muchacha dónde están los restos de su madre, aunque más no sea para cremarlos o depositarlos en alguna esquina de la vida, con el fin de que ella tenga la oportunidad de tener, con esa materia orgánica, la posibilidad de poder emocionarse y reflexionar con ella.

«Quien sepa algo, que lo piense y me haga llegar la información», fueron las escuetas palabras de una hija que quiere abrazar a los restos de su madre.

 

La sencillez de esas palabras, son la muestra más profunda del drama de un ser humano que no quiere sufrir el silencio de los asesinos, ni tampoco que se vuelva a repetir la mentira.

El drama de esta muchacha, es el drama de todo un pueblo que no soporta que quienes toman por asalto, y a punta de metralleta el poder, violando la democracia y las instituciones, hayan establecido la impunidad como estilo de vida, como concepción del ser humano.

 

La impunidad es una costumbre primitiva y animal que, en la época del Cóndor, sobrevoló sobre nuestras sociedades del sur de América, pero que si perdura, puede ser el factor cultural que nos haga retroceder a los primates, quienes tenían caras de humanos, pero actuaban como bestias.

 

En estas líneas no hay sentido de venganza, pero hay un profundo sentir y amar. La verdad y la justicia no necesitan de la morbosidad ni de la bajeza y requieren de mucho humanismo, pero también de firmeza en los principios, y de visión de futuro.

 

La verdad y la justicia sólo tienen la razón de ser si van acompañadas de libertad, de democracia, de tolerancia y de un profundo amor.

Así, en ese sentido, ha hablado Macarena Gelman, la hija de María Claudia García. Su mamá.

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