"Nuestra Cultura Masoller  de todos los días"

Cuando en 1984 la noche más oscura entraba en sus instancias finales ante una nueva aurora democrática, a nadie se le ocurrió proponer un sistema político que innovara sustancialmente al que venía aplicándose hasta 1973.

 

Es que nuestro pueblo había entregado mucho, por construir una cultura política en donde «ningún habitante de la República sería obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohibe», así como aquello de que «la soberanía en toda su plenitud existe radicalmente en la Nación, a la que compete el derecho exclusivo de establecer sus leyes».

 

No podemos pasar por alto la propuesta de la dictadura cívico-militar plebiscitada en 1980, la que buscó imponerse definitivamente, legalizando la égida del militarismo motinero y el reino de la Doctrina de la Seguridad Nacional, pergeñada desde el imperio, y que uniformizó el accionar de aquellos verdaderos ejércitos de ocupación, cuya resultante quedó materializada en el Plan Cóndor y en el saqueo continental.

Ante ello la nación, que se hallaba doblegada, pero no quebrada, se incorporó en un supremo esfuerzo por la negativa, ante aquel acto de subestimación que cometió la dictadura, fracturando definitivamente la soberbia del feroz dictador.

 

¿Cuánta tradición participativa en pos de una institucionalidad civilizada y democrática hubo detrás de aquella hazaña popular?

Nosotros hemos dado en llamar, a ese antiguo proceso cultural del que somos parte, «Cultura Masoller».

Es que Masoller, como hecho histórico, fue una bisagra en la génesis política e institucional de Uruguay.

Importante en sí misma, pues condensó sus antecedentes políticos, pero mucho más por lo que generó a posteriori, pues como todo hecho de significación, tenía y tiene aún, enseñanzas intrínsecas que, por lo dolorosas, se hizo necesario considerarla una etapa a superar, desde el punto de vista de una construcción histórica de la sociedad uruguaya más justa y que por lo tanto potenciara una convivencia pacífica duradera.

 

Y así fue como los contendores del aquel infortunio fueron estableciendo nuevos principios que se radicaron en la Reforma Constitucional de 1917 y la legislación electoral de 1924 y 1925, las que, junto a otras normas, abrieron camino a la pacificación y a la construcción de un camino democrático que alumbrara una mayor justicia social.

 

Aquella historia dejó secuelas y experiencias dramáticas que la nación supo canalizar, en la medida de sus posibilidades, sabiamente.

Es más que obvio que lo que venimos señalando es patrimonio y sinónimo de Uruguay y de quienes aquí habitamos.

 

Ello no puede ser entendido de otro modo, so pena de minimizar nuestra evolución política e institucional y pretender sustraerlo a la nación.

Por ello, nuestra participación política siempre esta encaminada a desarrollar la impronta que surge de Masoller y su interpretación ante la posteridad, como verdadero codo de la historia contemporánea del Uruguay.

 

Nadie se puede sentir agraviado por estas ideas que tratamos de conjugar con lealtad y sin sentirnos dueños de la historia del país.

A ella, con sus luces y sus sombras, la comprendemos y entendemos como uno de los más importantes instrumentos del que disponemos todos los uruguayos, para libremente otear el futuro de nuestra patria, pero siempre conectados al mejor espíritu nacional.

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