Cuando la muerte viaja en auto

El año 2008 amenaza convertirse en el más proficuo en lo que a accidentes de tránsito se refiere. Con la friolera de más de cincuenta muertos como consecuencia de siniestros varios ocurridos desde el 1 de enero, 2008 puede cerrarse con una cifra récord.

Desde hace ya un tiempo se ha generalizado una comprensible alarma por la frecuencia de accidentes automovilísticos de consecuencias fatales que se dan en Uruguay. Pero desde los primeros días de enero, los medios se han dado a la tarea de comentar los hechos, analizar el fenómeno y lanzar advertencias sobre el punto.

Vale aclarar que la congoja que exhiben algunos periodistas de televisión cuando informan de los hechos no les impide emitir con lujo de detalles trágicas imágenes de autos destrozados, cuerpos yacientes sobre el asfalto y el trajín de las ambulancias; en el colmo de la morbosidad, llegaron a brindarnos escenas del entierro de las víctimas del primer accidente del año en Florida.

De todos modos, lo que cuenta es que los accidentes de tránsito siguen creciendo en Uruguay y, aparentemente, tenemos el dudoso honor de registrar el mayor número de accidentes y de muertos por esa causa en proporción a nuestra población. Mientras las autoridades siguen insistiendo en su campaña puritana contra el alcohol, atribuyendo a sus efectos la impresionante cantidad de accidentes, al tiempo que promueven campañas en las que exhortan a los conductores a ser más prudentes, los uruguayos seguimos manejando de manera caótica y sin respetar –y ni siquiera a veces conocer– reglas elementales de circulación.

A nadie escapa que beber alcohol no es lo más aconsejable para conducir correctamente y con el mínimo de riesgo. Nadie ignora que la ingesta de alcohol no sólo altera la percepción y disminuye los reflejos, sino que, además, su poder desinhibitorio nos lleva a creernos los mejores pilotos del mundo y a pisar el acelerador a fondo. Sin embargo, no creemos que haya que poner el acento en el combate al alcohol porque no es por ahí que anda la cosa. A este respecto, recordemos que el filósofo español Fernando Savater decía algo así: «Quieren prohibir el alcohol porque está presente en el 25 por ciento de los accidentes. ¿Por qué no prohíben el automóvil, que está presente en el ciento por ciento de los accidentes?».

El automóvil ejerce una fascinación que altera por completo la personalidad del automovilista, y no es preciso estar ebrio ni siquiera entonado para sobrevalorar nuestras aptitudes al volante.

El automóvil da poder; y cuanta más velocidad sea capaz de desarrollar, más poderosos nos sentimos. Cada uno se cree el único que maneja correctamente y está convencido de que los demás son unos timoratos, unos ineptos que obtuvieron la libreta en una rifa; uno no se equivoca jamás, la culpa es siempre de los demás. Por algo esa furia, esa agresividad digna de mejor causa que aflora en cada chofer no bien surge la menor contrariedad o conflicto en el tránsito.

Es preciso el concurso de buenos psicólogos para diseñar una campaña de prevención de accidentes por medio de la cual pueda erradicarse la «viveza criolla» del que maneja ventajeando, no respeta las señales y se siente inmune e inmortal.

Al mismo tiempo, deben imponerse exigencias más rigurosas para otorgar el permiso de conducir y establecer controles más estrictos en calles y carreteras de modo de castigar la imprudencia y el no respeto de las normas de circulación y de las señales de tránsito.

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