¿Quiénes somos los locos?

Me refiero a l nota titulada «Locura» del periodista Antonio Pippo, ubicado en la Página Amarilla de LA REPUBLICA el 1º/2/08.

En ella dedica la mitad de la misma a describir la «genial expresión del absurdo absoluto que hace reír y que ha vencido a los tiempos», refiriéndose a una obra de Rabelais. Pero el verdadero objetivo, más allá del introito, es hacer un símil entre dicho absurdo y la conducta de «esos locos de la guerra , asentados carnavalescamente sobre el puente que une Gualeguaychú y Fray Bentos» .

 

Considero que la creación de Pippo se inicia en el capítulo segundo de la novela de la realidad. Es por eso que pueden aparecer los acontecimientos como «caprichosos y estúpidos» , parte de actos de «un imperio totalitario y despótico, caracterizado por uno de los desequilibrios mentales mas grandes y estrafalarios «, porque «cobran peajes, entregan tarjetas plastificadas para permitir (selectivamente) el paso y revisan bolsos y vehículos (aunque supongo que no decomisarán, como los aduaneros sustituidos en la oportunidad…)». Mientras tanto, en medio de este «aquelarre» que describe Pippo, el gobierno argentino, «ignorando con olímpico cinismo ese territorio autónomo (…), no ha hallado mejor respuesta que reiterar reclamos contra Uruguay en La Haya».

 

Y , a esta altura de la lectura, uno se pregunta, por qué a «unos locos de la guerra» se les ha dado por hacer actos «caprichosos y estúpidos» propios de «desequilibrios mentales más grandes y estrafalarios», y, aún peor, y menos explicable en la nota, su gobierno, «ignorando con olímpico cinismo» , la emprende contra su inocente vecino, el país Oriental del Uruguay.

 

Lo que pasa, en realidad, es que a la creación de Pippo le falta un primer acto, en el cual, un país limítrofe con el «cínico» mencionado, se decide, unilateral e inconsultamente, a ubicar, haciendo uso de su tan mentado derecho soberano, en su orilla del río que los unía (y ahora los separa), una megaplanta «pastera», sin haberse molestado en consultarlo en el ámbito ya existente específicamente creado para esos casos de la CARU.

 

Porque sin este previo antecedente, que puede tomarse (¿ o no?), según quienes sean los locos que opinan, como causa de lo posteriormente relatado por Pippo, nadie entiende nada.

 

Y entonces sí, la cosa pudiera aparecerse como «de locos».

 

El tribunal de La Haya, que en lo personal no es santo de mi devoción, tendrá la suprema, pero humana decisión de discernir de qué lado están los verdaderos «locos».

Ojalá que a esos seres seleccionados para dictar «la justicia humana» no les pesen las togas ni las empolvadas pelucas, que me recuerdan a anacrónicos personajes que actuaron en la triste etapa del colonialismo montado por los «civilizados», para dictar «justicia imparcial». Porque sabemos de qué lado está «el centro», cuando se trata de juzgar intereses de «la periferia».

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