"Soy pero no existo"

En nuestro continente, escritores y hombres de pensamiento incansablemente han recorrido diversos espejismos. Uno de ellos, quizá el más persistente de entre todos: la esperanza. América como universo maravilloso descubierto tal vez sólo para revitalizar agotados o desaparecidos espacios. América aparece como el teatro para todos los intentos de felicidad humana, es el espacio del paraíso perdido. Acción política y acción social, acción económica y acción pedagógica, acción artística y acción moral: en la posibilidad de integrarlas todas en ideales de dirección y comportamiento colectivos, debía apoyarse la gran ilusión de América: su utopía.

La utopía es uno de los más imperecederos legados de la Grecia clásica a nuestra civilización occidental. Los mitos griegos escribieron el inicio de nuestra cultura. Por eso Grecia nos sigue tocando aún tan de cerca; por eso nos es»útil» todavía.

Entre los mitos con que los griegos dibujaron los sentidos de su mundo, quizá uno de los más imperecederos fue el de la utopía: posibilidad de una sociedad feliz al alcance del esfuerzo de los hombres. Felicidad individual y felicidad colectiva no se concebían separadas una de otra. La felicidad del hombre era el punto de partida de la felicidad del grupo. Todos los ciudadanos tenían que conquistar el sueño compartido: ganarlo, mantenerlo… La República de Platón, obra cumbre del pensamiento utópico, se hace eco de la tesis fundamental de ese libro: la felicidad colectiva y la perfección social son posibles si prevalece entre los hombres el sentido de justicia y de fraternidad. Utopía escrita en la historia: no el sueño judeocristiano de paraísos perdidos o de cielos alcanzables sólo en la magnanimidad o capricho divinos, sino fe en la perfección social hecha verdad en las decisiones humanas.

Las utopías son siempre pedagógicas. Es el caso, por ejemplo, de una de las más conocidas en la historia de Occidente (nuestro heroico Che Guevara lo recuerda en sus últimos escritos, cuando abandonado por todos caminaba hacia su destino de grandeza: solo): Robinson Crusoe. En su soledad, Crusoe descubre un saber necesario. Encarna el ideal del hombre nuevo, crecido, forjado en la adversidad y la soledad. Individuo que se ha superado a sí mismo y ha alcanzado su límite (él sólo es límite de sí mismo). Hombre que ha vencido a la naturaleza al moldearla a la medida de sus sueños y de su fuerza.

Desde su nacimiento, en la aurora de su historia mestiza, la imagen ideal de América (esa América de El Dorado y la Fuente de la Eterna Juventud que reservaba ilusiones para todos: para los ambiciosos, riquezas; para los místicos, almas que convertir; para los soñadores, mundos que poblar y ciudades que fundar) se detuvo en el espacio final de la Conquista. El sueño terminó poco después de haber nacido. El mítico paraíso perdido sería olvidado durante el largo espacio colonial para reaparecer en medio del fragor de una Independencia que aún hoy no supimos conseguir.

Cualquier posible orden latinoamericano debería fundarse sobre un espíritu de fraternidad y de armonía. Defiendo la fuerza y la necesidad del ideal, hoy ausente. El ideal es como la utopía: un sueño que nos permite superar el presente, una esperanza que nos conduce hacia un futuro digno. Traicionar el ideal, significaría entregar el poder y la acción de la historia a los ignorantes, a los violentos, a los incapaces, a los oportunistas; implicaría seguir cometiendo los mismos errores repetidos en nuestra América desde siempre.

Mi pensamiento acerca de una posible América con ideales concretos y sin prebendas políticas y excrementos de ese tipo devino en una persecución, censura y exilio interior sistemático en Argentina, nutrido de estremecimiento y soledad. «Soy pero no existo» para este país carente de utopías en el presente. La indiferencia y accionar de brutales y fanáticos seres al servicio de poderes oscuros y corruptos hicieron que mi existencia careciera de sentido vital comunitario, cruel pero cierto, lo manifiesto con tristeza y necesidad de que sea conocida esta situación y funde una «memoria» del desaparecido en democracia, expuesto a los más arbitrarios caprichos de mediocres y cobardes.

Denuncio el accionar de bestias fluyentes plenas de resentimiento, con recetas definitivas y únicas, de burócratas del síntoma mimetizados en políticos o en tiranos que desde sus diversas patologías no admiten ni el disenso ni la posibilidad de la diferencia: milagro de la existencia en comunidad. Resentidos «mesías inversos» que no dan lugar a la posibilidad de futuras repúblicas felices, convertidas en crueles prisiones del presente. Concibo la concepción de una América convertida en imagen ética, espacio de convivencias nuevas, encuentro de esperanzas forjadas sobre valores imperecederos.

Hay un instante en que el poeta adelanta al jurista e imagina una sociedad perfeccionada, mejor que la actual. Los poetas son los desconocidos legisladores de la humanidad. Quizá, después de todo, los poetas son los más auténticos utopistas. Trato de definir una bella utopía escrita en la confianza de un destino latinoamericano. Utopía que entrelaza, además y sobre todo, naturaleza, arte y vida.

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