Aprendiendo en la crisis
La convulsión del sistema capitalista estremece al mundo. Ya no la informamos o reflexionamos sobre ella como lo hacíamos usualmente frente a las convulsiones previas. Porque ésta es esencialmente diferente; y porque, además, nosotros hemos cambiado. Nadie sabe hasta dónde ha de extenderse y cómo ha de golpear finalmente la crisis. A diferencia del resto de las desencadenadas desde la última posguerra, esta ha nacido en el centro financiero del sistema y se extiende por sus arterias principales.
Desde aquí observamos ese desarrollo sin sentirnos ajenos al mismo pero sabiéndonos menos vulnerables que antaño. De tal manera, la crisis asume para los uruguayos embarcados en un proceso de cambio una acepción plena de emergencia. Ya no «tomamos» los datos de la crisis como un país de seres pasivos e inhertes frente a la grandiosidad de la tempestad. Nos reconocemos pequeños y vulnerables pero sentimos la tranquilidad de quien debe rendir el examen más exigente con las asentaderas doloridas y las neuronas exigidas al máximo. Uruguay puede ser afectado pero a diferencia de 2002. si el devenir de la crisis no rompiera la estabilidad regional y se nos precipitara encima la multiplicación de los algunos desequilibrios más próximos, estamos en condiciones de afrontar la crisis global desde fortalezas desconocidas.
Pudiéramos en ese caso –de progresión mayor de lo actual– ser afectados en términos de intercambio comercial, esencialmente de servicios, más alguna interrupción momentánea de los flujos hasta ahora crecientes de la intermediación bancaria y la incipiente reactivación del mercado de deuda privada de oferta pública en las bolsas locales. Quizás algo más incluso. Pero aún verificándose estos extremos, ni remotamente aparece en el escenario del riesgo la reiteración de las fracturas que en 2002 pusieron en riesgo la estabilidad social, colocaron al país al borde del default, fracturaron brutalmente la confianza en el Estado regulador y, sobre todo, precipitaron al pozo de la pobreza y la indigencia a más de cuatrocientos mil compatriotas duplicando la ya intolerable magnitud de la exclusión.
¿Qué es lo nuevo que nos defiende la casa? Una institucionalidad más sólida del Estado allí donde realmente debe ser fuerte: en la regulación de los cruces de la ambición natural de los hombres dotados de instrumentos poderosos y el defecto inherente a todos los contratos que enlazan a la sociedad y el mercado. Cuando advienen las tempestades las naves no son vulnerables por su tamaño, sino por sus equilibrios, la disciplina de su tripulación y las artes de sus pilotos.
Es desde allí, desde esos equilibrios y la satisfacción de haber podido avanzar en un proceso fuerte de inclusión sin concesiones mayores en materia fiscal y monetaria, que el gobierno va a enfrentarse a lo que viene con opciones de utilización real de esa emergencia fenomenal que viven los mercados. Esto pudiera ser aún más elocuente si el país hubiera alcanzado ya el investment grade que tampoco tuvo tiempo de obtener Brasil.
Las autoridades deberían contarnos un poco más acerca de qué es y cómo funciona esta oportunidad a la cual se enfrenta el país, vinculando esta visión –si fuera compartida– a las tareas principales que tendrá este gobierno hasta el término de su mandato. En esa perspectiva, en un mundo que saldrá de la crisis alterado en sus relaciones económicas y políticas, impulsar, mejorar y consolidar el cambio supone, esencialmente, afirmar la confianza en una institucionalidad moderna.
Que no quiere decir más Estado o más control del otro, sino modernización de los procesos de regulación y gestión. Más transparencia y ofensiva sobre los islotes de opacidad pública y privada. Presencia activa y educación en los procesos de los individuos responsables ante la ley de sus actos ciudadanos. Imperio y distinción de la Justicia. Algo de esto deberá surtir también la discusión sobre los ajustes y la reformulación del programa de la izquierda avanzando desde aquí, en vez de otros inventos, en la búsqueda de su segundo período en el gobierno.
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