Comisario, no me apriete las marrocas*

Escrito por: Por Roberto Caballero - Secretario del senador E. Fernández Huidobro. Ex preso político (MLN-T) 1972-1985.

Sábado 05 de enero de 2008 | 6:32
  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

La foto fue tapa de todos los medios de prensa escritos. LA REPUBLICA la dedicó en forma de póster como “homenaje al heroico pueblo uruguayo”.

El dictador Gregorio Alvarez está saliendo del juzgado rumbo a la cárcel, sus manos –esposadas– están alzadas, en una actitud que ha tenido diversas explicaciones: un saludo como gesto de triunfo o derrota; la claudicación final de un hombre que prometió caer de espaldas antes que de rodillas y sin embargo se entregó mansamente.

Cada uno le dará la suya a esas manos levantadas frente a su rostro. En lo que me es personal, me llamó la atención la distancia que hay entre las esposas y la piel de las muñecas, ese espacio libre de presión, de cepo, de tenaza cortando la carne y la circulación.

El espacio que no tuvo ninguno de sus prisioneros, de los miles de presos políticos de la dictadura, ese espacio de humanidad que en general tampoco tiene ningún detenido cuando es conducido al juzgado esposado con las manos atrás, tomado por los brazos con la cabeza brutalmente empujada hacia abajo. Y eso que cualquier detenido en Uruguay es mucho menos peligroso que el dictador Alvarez. Hay ciertos olores, sonidos, imágenes que inmediatamente disparan recuerdos, las holgadas esposas en las muñecas de Alvarez me recordaron el “cric” de la cremallera cada vez que nos trasladaban al Hospital Militar, al juzgado o, lo que era peor, a nuevos interrogatorios en los cuarteles de los que él era comandante en jefe.

Ese “cric” hasta el hueso precedía a la falta de irrigación sanguínea en las manos, la insensibilidad en las terminaciones nerviosas de los dedos, la marca machucada como una pulsera lacerante que quedaba durante días o semanas, según las horas o días de esposado. Al dictador Alvarez no se lo trata con esa “severidad”, es más, cualquier preso viejo podría asegurar que una vez dentro del auto, juntando los cinco dedos tendría la oportunidad de sacarse por lo menos una esposa y viajar más cómodamente. La prisión de Alvarez se suma a las de Bordaberry, Juan Carlos Blanco y el resto de militares que torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer a compatriotas en aquellos años de fascismo. Otro paso gigante de la Justicia uruguaya.

El más estricto cumplimiento del artículo 4º de la Ley 15.848 (Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado), ley impugnada hoy por un conjunto importante de conciudadanos. No he firmado aún por plebiscitar la anulación de la misma y con hechos de la trascendencia histórica como la prisión del dictador me convenzo cada vez más de la inconveniencia de semejante esfuerzo militante. La clave de la lucha por los derechos humanos –hoy– es la Verdad, con ley de impunidad o sin ella está en la voluntad de revelarla de quienes fueron los principales protagonistas del genocidio, los que están callados o lo que es peor han mentido y siguen mintiendo, sometiendo al tormento permanente a los familiares de los compañeros desaparecidos.

¿Hablarán sin ley de impunidad? No lo creo. Vuelvo a mirar la foto, no la voy a encuadrar, seguramente envuelva la basura con ella.

Alvarez, de saco sport, sin capucha, sin pasar una sola noche en alguno de los calabozos de Jefatura, o en las carpas de los cuarteles, interrogado por los pesos pesados de Inteligencia y Enlace o del S-2, meándose o cagándose encima tan solo porque el milico de guardia no lo llevó al baño como hacía la tropa bajo su mando.

Me pregunto: ¿a cuántas pulsaciones le llegaría el corazón al sentir unos pasos caminando por detrás de él? ¿Temblaría como temblábamos muchos de nosotros camino al submarino, al caballete, a la picana, a la paliza? O a la violación. Sólo una noche en un calabozo de San José y Yi, con todas las garantías, pero con todas las garantías que tiene hoy cualquier hombre que va en cana, se llamen “Pelado”, “Rambo”, “Cosita” o el “Goyo”.

Sobre finales de 1972 empezamos a llegar al penal de Punta de Rieles. Veníamos de los cuarteles hechos pelota por meses de torturas. Entonces el Ñato Huidobro, en una de las celdas, preguntó: “Si un milico tiene información que puede salvar la vida de varios compañeros nuestros y no la da, ¿lo torturarían para que hable?”, todos, absolutamente todos, fundamentaron con contundencia que de ninguna manera se podía ni siquiera pensar en eso…, que la Convención de Ginebra garantizaba el respeto a los prisioneros…, que los derechos humanos internacionales…, que no podíamos hacer lo mismo que ellos…, que la ética, la moral y la conciencia revolucionaria…, por ahí transcurría la batería de argumentos en contra de la tortura hasta que el “Chancleta”, un canario grandote y buenazo, se animó a hablar y dijo: ” yo le doy máquina hasta que cante, después digo que soy un obrero atrasado ideológicamente y me hago la autocrítica”. Por suerte para los presos por violación de los derechos humanos durante la dictadura, el “Chancleta” no es ministro del Interior o de Defensa, aunque la Verdad siga faltando a la cita del “Nunca Más” entre orientales.

* Evaristo Meneses. Meneses Contra el Hampa, pag. 39. Marrocas: “esposas”. Diccionario de Voces Lunfardas y Vulgares. Fernando Hugo Casullo.

  • Imprimir
  • Envíar por e-mail

OTRAS NOTICIAS EN LARED21

    Comentarios


    Domingo 12 de Febrero, 2012
    Montevideo, UY
    Despejado, 17 °C