Terrible: la vida por un gorrito

Eran las 19 horas, momentos previos de la Nochebuena en Maldonado, cuando un joven de 18 años arrebató un gorrito a un niño que jugaba al fútbol. El muchachito, indignado, de inmediato le dio aviso a su padre, quien inició una persecución por varias calles, a la que se sumó una tía del pequeño, montada en una moto.

El «ladrón de gorritos» aumentó la velocidad de su bicicleta, tratando de escapar de la persecución, que de encontrarlo solo podía terminar en una buena patada en el trasero además del rescate del gorrito. Pero el final fue otro.

El nuevo «propietario» del gorrito, consciente de lo que le esperaba, tiró el gorro que había robado, mientras la tía del niño le respiraba en la nuca.

Un adolescente de 16 años, un menor, que estaba en un almacén y vio lo que ocurría, salió a la calle y sin mediar palabra «volteó» de un golpe de puño al frustrado ladrón que cayó al piso.

Ante el asombro de los vecinos, el nuevo «justiciero» comenzó a patear al circunstancial ladrón en la cabeza y otras partes del cuerpo, mientras se sumaban otros jóvenes dispuestos a cosechar del cuerpo de la víctima. Luego de la «carnicería», el «ladrón de gorritos» fue asistido y trasladado al Hospital de Maldonado, pero apenas ingresó, dejó de existir.

 

Lo habían matado.

Todo por un simple y querido gorrito. Lo ocurrido es tremendo. Seguramente nadie quiso provocar un asesinato y nadie pensó en la tragedia que se avecinaba. Pero el drama está allí. El dolor nos golpea como seres humanos y sentimos que algo muy grave está pasando en nuestra sociedad, aquella de la escuela pública donde pobres y ricos construían en el mismo banco formas de entendimiento y de construcción de ciudadanía. Aquel Uruguay donde quienes tenían dinero y mejor pasar económico construían sus casas en Carrasco y en los balnearios con amplios jardines al frente, porque no tenían nada que ocultar. Aquel país en que los pobres, no muchos, pero llegaban, podían acceder a la Universidad.

Eran otras épocas, los años en que aún no había llegado el neolioberalismo salvaje que terminó provocando un drástico corte social y de valores, que ha llevado a que distintos sectores de la sociedad se vean enfrentados, incluso por un modesto gorrito.

Esta tragedia es, además, una demostración de la violencia que se expresa violentamente entre quienes no tienen nada para perder, o simplemente creen que nacieron para perder siempre, por eso no aceptan perder un gorrito.

Es de esperar que nadie se vea tentado de querer sacarle partido político, cuando esto trasciende la hora de los gobiernos a la vez que se extiende por toda la sociedad uruguaya.

Con la muerte del «ladrón de gorritos», los uruguayos hemos dado un nuevo examen y lo hemos perdido. Seguramente los perdemos diariamente, cuando se expresa crudamente en la violencia doméstica o en el simple «coscorrón», que también es un acto de violencia y que nuestras leyes, desde hace pocos días, lo prohíben y lo castigan.

Estamos, entonces, ante una gran desafío que superarlo positivamente va a llevar mucho tiempo porque la herida es grave, profunda, extendida, dolorosa, preñada de violencia y de hipocresía.

Por todo esto, no hay que bajar los brazos, hay que seguir haciendo esfuerzos para superar la pobreza, aproximarnos a la equidad y construir entre todos un nuevo sistema de valores que nos dignifiquen como seres humanos, en un país donde la violencia y la riqueza sigue siendo insultantes, aunque hemos avanzado en superarlas. Y mucho, pero aún falta. Y duele.

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