El ministro Opertti y los inventarios: lo que no apareció aún es una respuesta creíble
En la mañana del 13/11, en el programa «En Perspectiva», debí escuchar, no sin asombro, las «explicaciones» del ministro de Relaciones Exteriores relativas el episodio del «faltante» de un cuadro de la embajada de nuestro país en Argentina. Se dice a nivel popular que algunas contestaciones son «muy diplomáticas», cuando ellas esconden más de lo que dicen, y que de acuerdo a la forma que se dicen, es mejor o muy «diplomático» no insistir en sus aspectos oscuros.
Nos consta el esfuerzo inquisitivo del conductor del programa radial, Emiliano Cotelo, para lograr que el ministro Opertti aportara más elementos en sus «explicaciones».
Seguramente a muchos oyentes, al igual que a mí, no le cerraron las explicaciones del ministro.
En un país donde en el inventario de seres humanos, el Estado aún no sabe cuántos ciudadanos le desaparecieron, puede resultar banal la preocupación sobre la desaparición de un cuadro.
Sin embargo me resisto a la «diplomacia», y me molestan mucho las formas en que el Poder Ejecutivo esconde tras supuestas «transparencias» lo que los ciudadanos tenemos el derecho a saber. No me gusta que se piense que somos tontos, y por ello, me permito hacer estos comentarios.
El problema del famoso cuadro surge a partir de que se hace un inventario en la mencionada sede diplomática y se registra el faltante del mismo.
Dicho de otra manera, alguien que, según el ministro, no era un «especialista en arte» realizó un recuento de las existencias en dicha sede y del mismo resultó que no estaba un cuadro de determinado artista. Frente a ese hecho, hoy el ministro Opertti nos dice que en realidad el cuadro nunca faltó, que estaba allí, pero como el que realizó el inventario no era un entendido en «arte», no pudo identificar que un cuadro que siempre estuvo allí, era el que originariamente se anotó como «faltante». O peor aún, que al no poder encontrar la firma, o estar ella ilegible, fue registrado erróneamente como faltante.
De mis años de trabajador ferroviario conservo, entre otras cosas, un vasto repertorio de cuentos, donde se recogen interesantes aspectos de la cultura ferroviaria. Uno de ellos habla de la obligación que tenían –cuando existían los trenes que transportaban encomiendas– los guardatrenes, de confrontar o inventariar si las encomiendas que les entregaban para transportar coincidían con la documentación de cada una de ellas.
Esa era una tarea muy importante, porque de ella resultaba la responsabilidad del guardatrén, de los faltantes que se pudieran producir o del sobrante de encomiendas sin documentar.
Si le entregaban una documentación que consignaba que debía transportar 5 paquetes, 2 damajuanas de vino y 3 bolsas de papas, en el furgón de las encomiendas debían estar los 5 paquetes, las 2 damajuanas de vino y las 3 bolsas de papas. La existencia de una diferencia entre la documentación que le entregaban y las encomiendas que pudiera resultar de ese inventario que realizaba el guardatrén al inicio de su viaje, debía ser inmediatamente documentada y comunicada mediante un telegrama tanto a la estación de origen de la encomienda, como a la de destino.
La anécdota cuenta que una vez, un guardatrén realizó el inventario y encontró una «diferencia» que documento y comunicó de la siguiente manera: «Me falta un ataúd y me sobra un cajón de muerto».
El funcionario que realizó el inventario en la embajada uruguaya en la Argentina, aunque no sea un «especialista en arte», le podría haber faltado un cuadro de determinado pintor, pero, al igual que a nuestro guardatrén, le debió haber sobrado otro, del que no supo identificar quién lo había confeccionado.
Los inventarios en las oficinas públicas, y las sedes diplomáticas con mayor razón, deben registrar tanto las existencias materiales en las mismas, como así también las incorporaciones de nuevos bienes. Decimos esto, adelantándonos a otra posible y «diplomática» explicación. Nunca un inventario se hace a partir únicamente del documento donde se registran las existencias, sino también de las existencias mismas.
Ello es lo que permite que la omisión de agregar nuevos bienes a un lugar, pueda después amparar su sustracción.
Seguramente, a las autoridades ferroviarias para solucionar el equívoco del cuento, no se les ocurrió instruir a su personal para saber que un ataúd es también un cajón de muerto. Esperemos que al ministro Opertti no se le ocurra contratar a especialistas en arte para realizar los inventarios de nuestras sedes diplomáticas.
Si no hay otras verdaderas explicaciones, este asunto del inventario nos suena a puro «invento».
*Dirigente del PIT-CNT
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