¡Viva el crimen del aborto!
Con el voto de Julio María Sanguinetti, que entiende que el feto no sería humano como el nacido, la bancada del gobierno aprobó en el Senado la despenalización del aborto. O sea, para ser humano, según estos «pintorescos» criterios, debe haber nacido el bebé, adquiriendo entonces los derechos correspondientes.
No sea cosa que de ese embrión o feto fuese a nacer una lagartija o mandrágora en lugar de un niño común y corriente. Ante duda tan «racional», no se deben igualar los derechos. Deberá entonces pasar de vuelta a Diputados. O sea, es muy probable que en la Cámara baja puedan existir las mayorías necesarias para llevar adelante el crimen abortivo programado. Seamos entonces realistas. Con ley o sin ella, el aborto es un cobarde y repugnante asesinato de un ser humano inerme e indefenso. El aborto en los hechos es un preámbulo por trascendente que filosóficamente sea, de una lucha muy vieja y descarnada, contra el cristianismo y sus principios espirituales. Hace siglos que empezó y no ceja el ataque a la moral cristiana o católica más específicamente referida, hasta las últimas consecuencias. En ese trillo, es presumible y realista que el próximo avance contra la defensa de la vida, principio medular cristiano, será aprobar la «eutanasia».
Si una criatura como es el feto, llena de vida como todo ser naciente se la mataría con respaldo y justificación legal, con mucha más razón un moribundo a quien los médicos desahuciarían, puede tener derecho a vivir. ¡Cómo se puede permitir su sufrimiento! ¡Brutal pero realista! La vida para esta «gente», no es de Dios, según parece! Por supuesto, en la misma línea de pensamiento, los discapacitados mentales o con deformaciones físicas notorias que puedan ser obstáculo para una vida normal y útil a la sociedad. Igual que con el aborto o la eutanasia debería ser, les presto la idea por si no se les ocurrió, manteniendo la coherencia ideológica, obviamente eliminables. ¡Tampoco sería novedoso por otra parte! Esparta, hace milenios, lo ejercía con eficacia. Se metía el enfermo o mal formado dentro de una barrica de acerados clavos punzantes, y se les lanzaba desde los altos riscos montañosos, rodando hasta el fondo de sus valles. Llegaban los «pobrecitos» transformados en brutales «cribas». Eran métodos muy ingeniosos y económicos antiguos, acordes con estos actuales modernos afines aborteros. El resultado es el mismo: la muerte.
Estas ironías realistas al margen sirven para determinar, con dolor, el desprecio frío y cruel que a la vida humana tienen estos políticos e «intelectuales» de la muerte. Como también el odio «sordo» contra los principios de Cristo y la existencia del alma como inherente a la vida humana. Lucha muy antigua, antes que la Revolución Francesa por cierto, y que buceando en las penumbras de la historia, tiene en definitiva el enfrentamiento del materialismo versus espiritualismo.
Que se ve deteriorada incluso en el respeto, también fomentado, de los hijos subestimando a los padres por toda esa propaganda y neocostumbres globalizantes, que socava la célula fundamental de toda sociedad sana que es el hogar cristianamente constituido. En puridad, los nuevos tiempos cambian dirigiéndose hacia una anarquía y liberalismo societario materialista y economista en la que va encaramada a la larga, la destrucción de los Estados Nacionales. La Iglesia es uno de los pocos bastiones sólidos a nivel mundial que va quedando para los que aún creemos en los valores del espíritu, la existencia del alma, la esencia de la vida y su protección y la precedencia de Dios.
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