Sudamtex: el modelo sigue haciendo estragos

En nuestra edición de ayer se informa desde Colonia de un nuevo hecho que se inscribe en el implacable y sórdido proceso de desmantelamiento del aparato productivo. Una de las fábricas textiles emblemáticas, Sudamtex, no tiene mercados para colocar su producción, por lo que a partir del próximo 1 de diciembre el personal de la empresa será enviado al seguro de paro, aumentando de esta forma en cuatrocientos la cifra de uruguayos obligados a acogerse a ese ‘beneficio’.

Aclaremos que no se trata de despidos ni del cierre definitivo de la fábrica. Los directivos de la firma no están en condiciones de adelantar si podrá retomarse la actividad productiva luego de los seis meses de inactividad; pero en el contexto general de la crisis brutal que vive el país, y teniendo en cuenta la insensibilidad de los tecnócratas, esta primera medida anunciada ayer parece ser el preámbulo de algo que todos tememos.

Esta resolución de las autoridades de la empresa no tomó a nadie por sorpresa pues hace meses que los trabajadores habían previsto que la situación podía desembocar en la realidad de hoy. La dirigencia sindical de la fábrica viene movilizándose en procura de hallar una solución; ha habido contactos reiterados con dirigentes políticos departamentales y nacionales, pero la inquietud de los asalariados no encontró el eco esperado.

La textil coloniense llegó a ser todo un símbolo del empuje industrializador que llevó adelante el neobatllismo a mediados de siglo y logró un nivel de calidad en sus productos que le permitió acceder a mercados exigentes en todo el mundo. La industria textil surgió además como el ejemplo casi paradigmático de la tendencia a evitar las exportaciones de materia prima e impulsar la incorporación de mano de obra nacional a los frutos de la agropecuaria. Altri tempi. Tiempos en que se valoraba debidamente el trabajo de los uruguayos y se había desarrollado un saludable orgullo de lo nacional, coincidente con resonantes éxitos deportivos. Tiempos en que se apostaba todo al crecimiento del sector secundario de la economía, único motor del desarrollo y único parámetro para medirlo.

Los tiempos actuales, signados por una abstracción cada vez mayor, indican otra cosa y apuntan al crecimiento sustentado en otras bases mucho menos concretas. Hoy en día el ‘servicio’ ha derrocado al ‘producto’ y se ha entronizado en la mentalidad de los tecnócratas como si se tratara de la panacea.

Ya la calidad o la nobleza de un producto ha pasado a un segundo plano para ceder el paso a otros elementos menos tangibles. Ahora cuentan más los adornos superfluos; el contenido importa menos que el envase.

A este cambio cultural debe sumarse la globalización y la apertura de la economía, preconizada por la doctrina neoliberal montpellieriana. Es así entonces que, casi sin advertirlo, bienes producidos en otros lares –con otros parámetros y con otros costos– invaden y acaparan no sólo los mercados internacionales sino que también desplazan a la industria nacional del propio mercado interno.

Pero lo más grave es que detrás de cada fábrica que cierra sus puertas está la tragedia del desempleo. En el caso concreto de Sudamtex, son cuatrocientas familias que ingresan a la angustia de la incertidumbre y a la penuria de la inestabilidad. Este drama –que se profundiza sin que aparezca en el horizonte atisbo alguno de mejoría– integra los eufemísticamente llamados ‘costos sociales’ que obligatoriamente hay que pagar para crecer como lo mandan los organismos internacionales.

El problema es que esos costos sociales que inevitablemente hay que pagar no son entelequias sino seres humanos de carne y hueso, uruguayos tangibles condenados a la exclusión por un modelo perverso.

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