Aceptar los nuevos desafíos
Uno de los problemas que en los países desarrollados identifican a la inflación con la mayor epidemia que puede asolar a sus pueblos es su capacidad de oscurecer la realidad. Ello supone un costo de dimensión intangible, presumiblemente más elevado que cualquier desgracia natural. La danza loca de los precios cubre de opacidad las relaciones estructurales reales y tiene un efecto destructor de riqueza. El desequilibrio genera una oportunidad excepcional de acumulación de renta apropiada según los grados de información diferente que tengan los ciudadanos. pero, por sobre todas las cosas, lo que opaca y encubre la inflación y sus efectos derivados es, esencialmente, la discusión de contenidos. Cuando los precios sobrepasan una media aceptable –cada vez menor en el mundo– la información sigue señales de menor calidad y porte. La anécdota desplaza el esfuerzo de comprender y bucear en las profundidades de lo desconocido. El conflicto impide la competencia leal e inteligente.
Los medios somos llevados a jerarquizar lo inmediato. Competimos por primicias y nos obligan la titulación de una superficialidad que no provocamos nosotros pero que a menudo multiplicamos, inmersos en ese río desbordado de agitación y gritería.
Uruguay padeció una larga historia inflacionaria derivada de liviandades presupuestales funcionales con el clientelismo de partidos que, además de sus incongruencias y errores de gestión, se fueron resecando, envejeciendo desde sus vértices hasta sus bases carentes de entusiasmo y atracción inherente a la renovación ideológica. La izquierda uruguaya –solía comentar Rodney Arismendi– se fue conformando con el aporte de sus fuentes históricas y también con los de una derecha inteligente y atenta. Hasta que ese benchmark terminó de resecarse complicando aun más la elaboración propia de una izquierda que ya comenzaba a vivir sus propios duelos ideológicos.
Ahora la izquierda gobierna, mal o bien, pero esencialmente comienza a sentir sus propios problemas de renovación ideológica.
El lunes pasado, el doctor Juan Andrés Ramírez inició, en diálogo con Sonia Breccia, un nuevo ensayo de renovación ideológica del Partido Nacional. Su apelación a John Rawls, uno de los padres del intento más moderno de conciliación del liberalismo político y la inclusión social, es toda una señal de las debilidades que los viejos partidos observan en la coalición de izquierda.
Ramírez conoce cómo funciona esto también desde la sustentabilidad de la recreación de confianza en la sustentabilidad del proyecto económico de la izquierda, íntimamente dependiente de su afán de inclusión, pero aún carente de los fundamentos que enlazan ese deber de volver a los desposeídos a sus oportunidades «originales» con el impulso y la celebración de los emprendedores.
La izquierda debe estar dispuesta a aceptar ese desafío como aceptó aquellos en torno a los cuales conformó su perfil constitutivo. En aquel momento, la confrontación de idas era urgida por la inminencia del desastre, por el fin de un modelo insostenible. Ahora la urgencia deviene de la oportunidad de lo ya reconstruido. Aceptemos ese desafío. Es directo. Su difusión ha principado en nuestra casa, que para estas cosas ha sido diseñada y construida.
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