Legislar sin prejuicios

A noche, en la Plaza Independencia se llevó a cabo la anunciada movilización a favor de legalizar la marihuana. El reclamo no se refiere al consumo dado que este no está penado por la ley; de lo que se trata es de legalizar el cultivo del cannabis para uso personal y, eventualmente, liberar el tráfico de la sustancia.

La propuesta parece de toda lógica ya que es un contrasentido permitir el consumo y, a la vez, prohibir la producción y la comercialización del producto; de todos modos, el espíritu que llevó al legislador a mantener dicha prohibición y al mismo tiempo despenalizar el consumo de drogas constituyó un avance liberal nada despreciable.

No obstante, fuerza es reconocer y admitir de una buena vez que no todas las sustancias psicoactivas son igualmente nocivas para la salud individual y social. El tabaco, por ejemplo, con ser especialmente dañino para aquel que es dependiente, no trae aparejados riesgos para su salud mental ni mucho menos para la comunidad. Es cierto que el fumador está expuesto a contraer enfermedades pulmonares y cardíacas pero su comportamiento en la sociedad jamás se verá alterado, y si algún daño puede producir a los no fumadores es que expone a estos a inhalar el humo; he ahí la razón del decreto que prohibió fumar en lugares públicos cerrados, prohibición acatada de buen grado por los fumadores. El alcohol ­la otra droga legal­ en cambio, tiene efectos notoriamente perjudiciales para la salud del adicto (cirrosis o lesiones cerebrales) al tiempo que modifica sensiblemente (y peligrosamente) su conducta: bajo los efectos del alcohol se pueden cometer mil y un despropósitos con consecuencias para los otros; y ni qué hablar de los dramas personales y familiares debidos al consumo excesivo de bebidas espirituosas. En rigor, la gran diferencia entre el alcohol y el tabaco es que este último resulta, por lo general, infinitamente más adictivo que aquel.

Ahora bien, si pasamos a drogas «duras» como la cocaína, la heroína y otras similares, veremos claramente que estas tienen efectos devastadores sobre el consumidor, efectos fisiológicos y mentales que, a su vez, producen efectos en el entorno del adicto y en la sociedad en general. En primer lugar, producen una adicción de la que resulta muy difícil salir, y luego afectan directamente el sistema nervioso ocasionando trastornos irreversibles además de tener efectos trágicos en lo que tiene que ver con aspectos morales, pues llevan normalmente a una degradación del individuo. Y si hablamos de la tristemente famosa «pasta base», huelga decir que es la más nociva de todas las drogas pues produce daños irreversibles en el corto plazo y lleva al adicto a una senda de degradación mucho mayor que cualquier otra, convirtiéndolo en un sujeto peligroso para la sociedad.

La marihuana, por el contrario, siendo una sustancia psicoactiva, no es para nada comparable con las drogas duras. En primer lugar, sus efectos sobre el sistema nervioso son prácticamente inocuos, a diferencia de las otras drogas e incluso a diferencia del alcohol. Inhalar el humo del cannabis tiene efectos más bien relajantes, sedantes, e incluso analgésicos. No se conoce ningún caso de alguien que cometa un delito, ni siquiera una inconducta menor, como consecuencia de haber fumado un porro. Por otro lado, no genera adicción sino que el consumidor de cannabis puede pasar mucho tiempo sin probar un cigarrillo de marihuana sin por ello sentir la compulsión que experimenta por lo general el fumador de tabaco. Tal vez ­aunque esto no está científicamente comprobado­ el único riesgo que presenta la marihuana es que puede ser la puerta de entrada al mundo de otras drogas peligrosas.

En fin, creemos que el sistema político debería analizar muy seriamente el reclamo de anoche en la Plaza Independencia. De aprobarse una norma que habilite al consumidor a cultivar su planta o despenalice el tráfico de marihuana, se estaría separando la paja del grano, lo cual redundaría en una mayor eficacia al combate de las drogas verdaderamente peligrosas. *

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