Globalización, caminos nuevos y Uruguay
A partir de la caída del muro de Berlín y del S11, comenzó en el mundo una nueva etapa en la globalización,
La globalización, que había comenzado décadas atrás por la tecnología en las comunicaciones, pasa, a partir de la década de los 90, a integrar las finanzas y la economía mundial, con un salto cualitativamente diferente al anterior. Quizás los cambios políticos de la unipolaridad del mundo y el terrorismo a nivel global aceleraron y cambiaron los caminos diversos que tiene la globalidad, especialmente en lo económico y financiero.
El juego comenzó en los EEUU con la llegada de Clinton al poder; los grupos financieros presionaron para que se abriera más la economía y que no fueran necesariamente los gobiernos los que sostengan el poder financiero, sino que se liberalice aún más las aperturas comerciales y financieras en el mundo, liberando totalmente todo, a la regulación de los mercados. Ideológicamente sostienen que sólo el mercado regulariza por sí mismo las crisis y riesgos, al igual que la riqueza y la pobreza.
El esquema construido después de la 2ª guerra mundial para evitar excesos, crisis o confrontaciones por los mercados donde se constituye el FMI; en esta nueva etapa, se le fue sumando el capital financiero a nivel global, como otro regulador y pacificador económico, que es a su vez el principal producto de exportación en el mundo. Se estima que solamente el 10% del capital circulante está destinado al consumo de bienes y servicios, el resto, o sea el 90% circulante, cumple funciones especulativas desarrolladas desde bolsas de valores, inversiones, acciones, bonos, deudas públicas, etc. Los grupos financieros pidieron a Clinton un mayor contralor del gasto público y una mayor eficiencia del control fiscal. La prosperidad llegaría con este nuevo liberalismo regulada por el mercado global.
Con las crisis que sucedieron posteriormente, no previstas en este accionar tan neoliberal, México quedó desbordado.
Con el visto bueno americano para salir de la crisis mexicana, se concibió y proyectó el llamado «Consenso de Washington», un plan que el FMI instrumentó y cuyas soluciones rigen hasta ahora. Consiste en privatizaciones de lo público, apertura total de la economía al mercado global, rigor fiscal, sistema financiero abierto y la fluidez de la inversión de acuerdo adonde más convenga. Eso dio, por ejemplo, que más de 400.000 trabajadores americanos perdieron su lugar de trabajo, puesto que se reagrupó en México la producción de las multinacionales, aunque luego se fueron al continente asiático. El Nafta, que agrupó a los tres países de América del Norte, agigantó los montos de negocios, pero dejó a México a corto plazo con un comercio mayoritariamente productos primarios, una polarización social mucho mayor que la anterior y la formación social del grupo zapatista, dirigido por Marcos.
La insatisfacción social se agigantó.
Los grandes inversores internacionales recurrían, a la vez, a las empresas más enriquecidas de cada lugar donde invertirían y de esa forma la polarización creció mucho más que en el correr de toda nuestra historia. Para saber su efecto, un tercio de la población mexicana vive ya en EEUU, y la principal entrada de divisas de México son por las remesas enviadas desde el norte por los emigrantes a sus familiares.
Asistimos a la mayor concentración socioeconómica de nuestra historia: como consecuencia de la globalidad financiera, el 1% de la población del planeta, que tiene la fuerza financiera, controla al 99% restante. El poder de las multinacionales no es democrático.
En toda la globalización financiera, los capitales fluyen sin que los trabajadores puedan participar de programas, reclamos o justicia social; por supuesto, los países asiáticos se llevan más del 90% de todas las inversiones, debido a las casi nulas las exigencias de obligaciones con el asalariado debido a la inexistencia de sindicatos que los protejan.
También en los países ahora llamados «emergentes» los trabajadores con conocimiento son llevados a otras tierras, en un liberalismo que también afecta ese mercado laboral.
La pobreza no recibió las respuestas que la globalización financiera prometió y 1/6 de la población del planeta integra satisfactoriamente dicha economía de mercado, quedando la inmensa mayoría de los 5/6 restantes en clara situación de pobreza o semipobreza.
Las inversiones no llegan a los sectores bajos, salvo para utilizarlos, no hay ni préstamos o estructuras fiscales que lo permitan; la concentración de capital genera la mayor de las diferencias de nuestra historia. Sotto dice que son casi 100 veces las diferencias de entradas entre unos y otros: de 3 a 300 euros es la magnitud de la diferencia social.
A todo este mundo que nos rodea, el Uruguay no es ajeno y menos cuando apuntamos a las inversiones extranjeras, cuando no gravamos en nada el capital financiero y salimos con partes sustanciales de nuestra economía, lanzándola a un mercado abierto, donde lo financiero es más protegido que lo productivo.
La OMC, Organización Mundial del Comercio, está permanentemente golpeada con ese liberalismo, que solo los países emergentes lo sostienen, mientras los países más desarrollados tienen desde subsidios de sus productos, cupos en donde regulan la entrada de las importaciones y todo tipo de limitaciones que nos imaginemos.
En este contexto, la polarización, tanto en nuestro país como en varios países del continente, continúa a un ritmo preocupante, la izquierda en el gobierno no logra la equidad deseada y quedan sólo 2 o 3 países en el Sur que rompen el esquema impuesto y sus tendencias son diferentes, achicando las diferencias, hablamos de Argentina y Venezuela, pero no pasa lo mismo ni en Brasil ni en Chile ni en nuestro país.
Debemos reflexionar sin duda, para darnos una nueva estrategia como país, aprovechando las ventajas de la globalidad y limitando todos los efectos negativos que la misma trae, que con ejemplos ya los mencionamos. El desafío está pendiente y los países desarrollados no nos regalarán nada. *
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