Un acto mágico y una doble pasión
La exposición de fotografías de El Popular que se mantiene hasta fin de mes en el atrio de la Intendencia Municipal de Montevideo tiene algo de magia. El término se reiteró durante la inauguración de la misma, el día 1º. Las razones son varias. La primera es la maravillosa historia del reencuentro de Aurelio González con sus fotos, 33 años después. Otra es que esa historia se vio realzada por el documental exhibido y el relato de Quique, un muchachito desinhibido que bien podrían contratar los jóvenes cineastas uruguayos que nos han regalado El baño del Papa y otras excelentes películas anteriores… y posteriores. Por añadidura, a ese mismo tronco original de la historia le nacen ramas frondosas, toda vez que Aurelio lleva la muestra a todas partes, en el país o en el extranjero. Por allí surge la señora salteña que buscaba en las fotos de las manifestaciones la imagen de su hermano, desaparecido bajo la dictadura; o la del trabajador del mismo departamento que sí encontró a su hermano en la foto del sepelio de Líber Arce, antiguo compañero de estudios de éste en la Facultad de Odontología. Apareció entre la multitud que registró la foto del entierro, episodio imborrable de la historia del Uruguay.
Se mencionó además la coincidencia de que la aparición de los rollos de fotografías coincidiera prácticamente con el hallazgo de los restos de Ubagesner Chaves Sosa, el obrero metalúrgico asesinado en la tortura y cuyo cadáver fue ocultado por la dictadura. Pero las casualidades no le sobrevienen a cualquiera, sino a los que están empeñados en un objetivo y recorren todos los caminos imaginables para alcanzarlos. A Roentgen le ocurrió una casualidad, y a partir de ella descubrió los rayos X. Otro hubiera tirado a la basura por inservible la placa fotográfica con la imagen de la llave.
En este caso se agregó otro elemento destacable: es la pasión, el empeño, la dedicación que pusieron en su trabajo los integrantes del Centro Municipal de Fotografía, una bandada de muchachas y muchachos que grabaron en la muestra el sello de la excelencia. Allí hay dignidad profesional, pericia técnica, gusto por el trabajo bien hecho hasta el mínimo detalle; leyendas de las fotos bien estudiadas e identificación minuciosa, hasta el límite de lo posible, de la mayor parte de los personajes del drama. Esto es el fruto precioso de un largo y concienzudo trabajo de búsqueda de antecedentes, de consulta con mucha gente (entre los que quedan vivos) que estuvo ahí y puede aportar el dato certero. Allí están expuestos ejemplos positivos de los resultados de esta búsqueda, en algunos casos insospechados.
En varias intervenciones, en el curso del acto inaugural, se rescató la dignidad y el valor intransferible de la fotografía. En este caso, no sólo por la foto en sí, por su estética, su belleza intrínseca, el detalle que hace la diferencia. De esas hay unas cuantas, y de excelente factura. Sino además por su importancia para la investigación histórica. La fotografía capta un instante único, irrepetible. Es una instantánea, una situación dada en un momento determinado. Por ende es parte esencial de la documentación de un episodio de la historia. Se complementa con los testimonios y con los documentos, juntos conforman un todo único. Dicho de otro modo, la fotografía es parte insustituible de la documentación. Todos esos elementos reunidos confluyen en la recreación del pasado, que a su vez se proyecta al futuro. Con su cuota de emoción y sentimiento. Es un legado para las generaciones que vienen después.
En la muestra se notaba esa preocupación y ese fervor por documentar la realidad tal cual fue, ese hecho único, con toda precisión. Se recordó el dicho brasileño: «Si é foto, é fato». Nadie puede dudar del hecho que la fotografía dejó plasmado. Yo experimenté la emoción de encontrarme en una conferencia de solidaridad con Vietnam, junto a don Luis Pedro Bonavita y otros inolvidables compañeros. Pero más aún al reconocer que la foto de un manifestación en Montevideo por la causa de Vietnam, es la misma que había visto en el museo de la Revolución en Hanoi en 1965, al lado de otras fotos de manifestaciones contra la agresión norteamericana efectuadas en Estados Unidos y en otros países.
Es decir que en la exposición se juntaron dos pasiones: la de Aurelio al sacar las fotos y la del equipo del Centro Municipal de Fotografía por hacerlas rendir al máximo, ubicarlas en lo posible en su contexto y ponerlas a disposición de la sociedad.
De esa suerte se está prestando una colaboración invalorable a los historiadores del futuro. En el equipo de la Intendencia hay compañeras que están haciendo la licenciatura en historia, y aportaron su valioso concurso al emprendimiento colectivo. Todo ello me permitió decir que el trabajo no está terminado, es un primer paso significativo y debe proseguir. Las autoridades de la IMM a mi juicio deben prestarle todo el apoyo (y no dudo que estén en esa tesitura) porque bien se lo merecen, y para que puedan dotarse de las mejores condiciones técnicas para realizar una labor destinada a perdurar. Que desarrollan con modestia y a la vez dando todo de sí. Y que servirá de punto de apoyo a los historiadores del futuro para reconstituir esta época tumultuosa, revuelta y conmovedora, pero preñada de futuro, de la historia uruguaya.
Hay allí, en esos rollos salvados de la destrucción, una cantera riquísima, explorada todavía en una parte reducida. El otro día me encontré a Aurelio reconstituyendo la primera gira del Frente Amplio en el Interior en 1971, los episodios en el departamento de Rocha, la provocación en Lascano, el asesinato del niño al paso de la caravana, el atentado contra Seregni en la plaza de la capital y la intervención de Ruben Sassano para desbaratar el intento.
El trabajo continúa, otras exposiciones deberían prolongar esta excelente muestra inicial. Ya Hegel decía que nada se ha creado en la historia sin pasión. *
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