La suerte está echada
Finalmente se produjo el tan anunciado, tan esperado y tan postergado comienzo de la actividad fabril de la procesadora de celulosa en las cercanías de Fray Bentos. Pocas veces un emprendimiento industrial había suscitado tantas expectativas y tantas controversias. Desde el anuncio, en el gobierno de Jorge Batlle, de la instalación de dos fábricas de pasta de celulosa, las críticas y las apologías fueron sucediéndose sin tregua, dando cuenta de intereses y puntos de vista encontrados, casi antagónicos; y esto, mucho antes de que se expresaran los vecinos de Gualeguaychú, pues la perspectiva de una fábrica de pasta de papel en las cercanías de Fray Bentos generó encendidas polémicas dentro de la sociedad uruguaya. Básicamente el conflicto puede resumirse en la puja entre el desarrollo industrial del país, con la consiguiente creación de puestos de trabajo, contra la preservación del ambiente y los riesgos de contaminación.
Ambas posiciones exhibieron argumentos atendibles pero finalmente prevaleció el interés en las fuentes de trabajo y el desarrollo industrial por encima de la alarma ecologista. En definitiva, primó una suerte de sentido común que reconoce que todo proceso industrial resulta contaminante en el entendido de que toda acción del hombre sobre la naturaleza altera de alguna manera el equilibrio ecológico, y que esa alteración y sus posibles consecuencias sobre el medio ambiente es el precio a pagar por el crecimiento económico. Tal razonamiento no carece de sensatez pues de lo contrario, la humanidad seguiría viviendo en la Edad Media. Esta postura se vio fortalecida luego de los informes coincidentes de distintos organismos especializados internacionales y de institutos académicos que aseguran que la tecnología empleada por Botnia elimina todo riesgo de polución y asegura la calidad de aguas y atmósfera.
Tales argumentos terminaron por convencer a la mayoría de los uruguayos respecto de lo inocuo que resultaría el proceso industrial de las pasteras, y sólo pequeños grupos de militantes ambientalistas siguieron con su prédica apocalíptica. Pero ese fervor ambientalista se extendió allende el río Uruguay e hizo carne entre exaltados grupos de gualeguaychuenses que comenzaron sus protestas tímidamente. El súbito espaldarazo recibido de parte del gobernador Busti estimuló a los exaltados mientras las autoridades nacionales argentinas dejaban hacer en un proceso perverso de aprendiz de brujo, movidos por oscuros intereses políticos.
Finalmente, luego de la mediación (o «facilitación» estéril) del gobierno español, y sobre todo luego del último gesto de buena voluntad del gobierno uruguayo cuando postergó el otorgamiento del permiso a la empresa finlandesa, la actitud intransigente y casi provocativa del presidente argentino Kirchner al respaldar a un grupo de piqueteros entrerrianos llegados a Santiago de Chile en ocasión de la Cumbre Iberoamericana, movió al presidente Vázquez a ordenar desde la capital chilena la firma del permiso dando así el visto bueno del gobierno uruguayo a la actividad de la pastera. Creemos que la actitud de nuestro gobierno fue la correcta pues el gobierno argentino cerró la puerta a todo entendimiento civilizado al introducir un elemento irritativo como fue la acogida pública a los fundamentalistas.
Como era de esperar, la oposición política no desperdició la oportunidad de vociferar como es su costumbre ante lo que consideraron un manejo errático de la situación de parte del gobierno. El Partido Nacional llegó incluso al colmo de pedir la renuncia del ministro Arana, como si éste hubiera podido desoír la orden de Vázquez de suspender el permiso y actuar por sí. Después, cuando el Presidente envió desde Santiago la orden de firmar el permiso, desde tiendas blancas y coloradas se lo tildó de impulsivo o de imprudente. Palos porque bogas y porque no bogas, palos.
Lo reiteramos: el gobierno uruguayo actuó como debía; tanto cuando suspendió la firma del permiso como cuando ordenó firmarlo. Exhibió sensatez y firmeza a la vez. Ahora la producción de celulosa está en marcha. Confiemos en que la posible alteración del medio se mantenga dentro de los parámetros previstos y aguardemos, con la convicción de tener la razón, el pronunciamiento del Tribunal Internacional de La Haya. *
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