Nada podemos esperar sino de nosotros mismos

Para los que la vivimos, fue una fiesta: de sol, de vida, de gente contenta. De ganas de participar, de que se hagan cosas, de que la ciudad y el país vayan adelante. Fiesta de barrios donde grupos de vecinos se juntaron para hacer conocer sus propuestas. En su mayoría, gente adulta y mayor. Seguramente, los más preocupados en el destino común, los más habituados a luchar por nuestras conquistas. ¿Poca gente? No, a la gente nunca se le puede medir sólo por la cantidad. No es fácil cambiar ciento setenta años de delegar, cada cinco años, nuestro derecho a participar de las decisiones de gobierno. No hay costumbre, no hay cultura de participación efectiva, autogestionaria, democrática, como para esperar otra cantidad de votantes. Al menos por ahora. Por lo pronto, todos los que han participado expresan su convicción de que participar es saludable para todos. En todo caso, aquellos que critican esta elección popular de propuestas, qué alternativa ofrecen: la tarjetita del edil o del diputado tal, o la coima «para que salga rapidamente». Prácticas que funcionaron por años.

Si nos miramos en relación a otros pueblos no estamos atrás en este sentido. Por el contrario, nuestro país tiene un fuerte sentimiento democrático que se refleja en su historia y su presente. Donde, más alla de errores y defectos, casi nadie duda de la bondad de vivir en democracia, bajo el régimen constitucional, donde el respeto al derecho es la base de la saludable convivencia.

Tampoco hay demasiada experiencia en nuestras instituciones y partidos de una activa y continua participación ciudadana. Líderes y gobernantes tienden a perpetuarse en el poder y eso va de la mano con la comodidad de votar cada cinco años y en el medio que se ocupen los elegidos, el «después vemos», todavía muy arraigado en todos nosotros.

No hay nada como ver a la gente contenta, activa, junta, luchando por su bienestar común. Bastaba con recorrer los circuitos, conversar con la gente, revisar las distintas propuestas. «Un baño de humanidad», como decía Seregni, un gran inspirador de la participación ciudadana. Defensor de la democracia, de la ciudadanía toda. Y defensor incansable de la participación de las bases y de los Comités, dentro del Frente Amplio. Seregni repartía afecto, energía y esperanza a la gente. Tanta, que aún nos queda.

Este domingo, en La Sobremesa del Domingo, estaremos con su querida Lilí y con Bethel. Y con él, claro. Seregni se nutría de la gente. Y se nutría de Artigas, permanentemente. A propósito de leyes de educación, sería fundamental que cada día, en cada clase de escuela, liceo y universidad, se compartiera como experiencia de vida, entre todos y no en conferencia, un pensamiento de Artigas. Media hora por día, participando todos, más desde su corazón que desde su criticismo. Tal vez todo lo demás entraría a mejorar sin tantos enredos ni peroratas intelectualoides inútiles. Pensamientos vivos, que enriquezcan nuestra vida diaria, como «nada podemos esperar sino de nosotros mismos». *

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