De guerrillero a calepino
Moctezuma no conoció a Maquiavelo. Cortés lo siguió al pie de la letra.
A Napoleón su soberbia le impidió entenderlo. Hussein seguro no lo leyó.
La intelligentzia colonial en sus disputas por regentear satrapías ha creído hacer política, pero no es posible que los pelos de rabo dicten el rumbo del león. Embuidos de toda la literatura colonial marxista, los jóvenes universitarios rioplatenses se lanzaron a diversas aventuras político-militares en la década del sesenta. A diferencia de Cortés, el Che, no encontró indios en guerra con un imperio opresor. Encontró indios con uniforme.
Ambientados en la guerra fría, estos movimientos pronto cayeron bajo la mira de los servicios de inteligencia imperiales, que se ocuparon de infiltrarlos a su gusto. De ahí las estrategias aparentemente locas de quienes, metidos en política, ignoraron a Maquiavelo.
Al retorno, Perón en 1973, éste logró convencer a los altos mandos de las Fuerzas Armadas y a los Montoneros de establecer una tregua. Perón pedía tiempo para realizar las reformas necesarias, levantar la economía y restañar las heridas de pasados enfrentamientos. Pero no pudo ser por la «carambola».
La sangrienta, teoría de la carambola política, impulsada en los setenta, por el ERP y algunos sobrevivientes del MLN captados en Argentina. Es en estas circunstancias que los «genios» de la izquierda colonial del ERP, se plantean romper la tregua con los militares. Sus atentados forzaron la respuesta paramilitar, la Triple A surge a instancias del ERP. Los militares al no saber el origen de los ataques, contratacaron a los montoneros, rompiéndose la tregua pactada por Perón. El objetivo era terminar con «el reformismo peronista», «forzar la lucha revolucionaria».¡La guerra como un fin en sí mismo! Muchos orientales murieron víctimas de esas alucinaciones.
Pero, ¿a qué viene esto? Viene a cuento de las «confesiones zabalcianas». Es genial como la estupidez humana puede remontarse hasta la soberbia.
Soberbio Zabalza dice: «Yo quiero como Fidel, llegar a los 80 sin ceder ni un tantito al Imperio»: Primero es mentira que Fidel no haya cedido.
Muchos «sapos y culebras tuvo que tragarse sin pestañar», para evitar a su pueblo un genocidio al estilo Irak, superando la crisis de los misiles y el desbarate de la URSS. Segundo, Fidel hizo una revolución con sus propios recursos. Una revolución auténticamente nacional, coherente con su historia, que solo la tozuda y criminal política yanqui empujó a la tutela soviética.
Zabalza goza de la libertad condicionada por los pactos realizados en el Club Naval y otros, con un ejército de cipayos desactivado por el imperio.
Por eso, «ni triunfó ni murió». ¡Y en buena hora esos acuerdos, porque ahorraron sangre de orientales en trifulcas imperialistas!
Uno de los objetivos de las «confesiones», dice, es terminar con el «mito del MLN».
Los mitos no necesitan de la gente, la gente sí necesita de los mitos para corporizar la esperanza. Sólo los enemigos de la esperanza pueden pretender destruir los mitos. Gardel, Evita o el Che son mitos porque sus vidas fueron truncadas en la cúspide de su accionar, la muerte evitó su decadencia. La longevidad, tal vez, les hubiera deparado el fin Corsini, ¿quién recuerda a Corsini? de otra Mirtha Legrand, o de un Zabalza, ¡quién lo sabe! Lo mismo ocurre con la leyenda del MLN, desbaratado en forma fulminante, en poco más de una semana, en la cúspide de su popularidad, se ahorró el camino de la decadencia. ¿A quienes convienen las desmistificaciones? A los que temen y desprecian a los pueblos.
Cuando los pueblos pierden sus mitos muere la esperanza. Si los mitos se colocan más allá de la vida, como lo hacen los fundamentalistas, los hombres no dudan en suicidarse para alcanzarlos. Quienes han perdido la esperanza de concretar sus mitos de felicidad en la tierra, no dudan en morir matando.
Oh, ahora, de viejo, habla de utopías, o sea, que aquello que mató juventudes fue un sueño, no estaba en ningún lugar, más que en sus descerebradas cabezas! Sin otro objetivo aparente que seguir los pasos de los liberales decimonónicos, que llegaron al poder gracias al apoyo extranjero, cambiando la tutela española por la inglesa.
Sus pretendidas confesiones solo pueden regocijar a sus aparentes enemigos, al punto de que lo estimulan dándole protagonismo, da lástima. Tal vez, no le alcancen los años de Fidel, para aprender de sus errores. Como el tomate «larga vida», es de los que «maduran en el cajón».
Dicen que no hay mejor cuña que la del mismo palo. A esto se prestan aquellos que son víctimas de su ego, su afán de protagonismo los pierde.
Acevedo Díaz fue mejor novelista que Zabalza, con fama de bravo en las guerrillas del 97, dilapidó su prestigio político, al traicionar a Saravia finó lapidado de «calepino». Con su voto por la presidencia de Batlle sumió al país en un baño de sangre.
¡Ah, aquellos viejos sutiles! Calepino era un célebre caballo de carrera descalificado por fraude.
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