Antón Pirulero, cada cual que haga su juego…
Hace algunas décadas el Uruguay exportaba fundamentalmente carne y lana. Mucha lana. Los estancieros después de la zafra (esquila) la guardaban en los galpones y comenzaban a reclamar una devaluación. El gobierno de turno hacía como que se oponía y terminaba, siempre, haciendo lo que se le ordenaba desde el poder económico de aquella época.
Viejas historias. La devaluación alentaba la inflación y ésta un proceso de redistribución del ingreso nacional que cada vez se concentraba en menos manos. Historias viejas. Tan viejas como las que cuentan vaciamientos de bancos o quiebras fraudulentas de frigoríficos (y otras grandes empresas).
Era la lógica del sistema: la mayor ganancia lo más rápido posible. Empresarios honestos arriesgaron y perdieron grandes patrimonios familiares, era gente que honraba su palabra que valía tanto como un contrato firmado (o más). San José tiene ejemplos de ellos y hay que tener memoria.
El tiempo pasa. Pasan los años, cambian los tiempos, pero hay cosas que parecen inmutables.
En el 2005, el Uruguay entra en una etapa que anuncia reformulaciones importantes, el voto de todos nosotros así lo decidió. Pero la lógica esencial del sistema no ha sido modificada. Eso explica, en parte, que se le quite el IVA a los pollos y los huevos pero el precio no baje.
El trigo, el maíz y la soja han incrementado su precio internacional, pero la incidencia en los costos de los artículos de la canasta básica de la materia prima y los salarios, por poner un ejemplo, son muy variables y no siempre significativos. Depende mucho de cada artículo.
El remarque generalizado de precios presiona sobre el ingreso de los más humildes, cuando éste parece comenzar a mejorar tímidamente. Es un método para apropiarse de la riqueza que tienen los llamados «formadores de precios». Son grandes empresas productoras, intermediarias y a veces, operadores de toda la cadena de valor. Las trasnacionales imponen sus reglas e intereses.
El color del cristal con que se mira. La subjetividad, presente siempre, aflora en actitudes y declaraciones con meridiana claridad. En pocos días escuchamos y leímos a los dirigentes empresariales y sus «técnicos» reclamar protección para la producción primaria, «base de la riqueza y el futuro de la sociedad en su conjunto». Para la gran producción capitalista (el agronegocio) pocos impuestos, pocos aportes al BPS, combustible barato, dólar alto y otras cosas que van en el mismo sentido. Para la producción familiar: protección y ayudas.
-¿Quién paga? El consumo.
Acceso a la tierra para la producción familiar, pero sin afectar el derecho de propiedad y la libertad de comercio. Leche barata para el consumo pero libertad de precios para productores y plantas industriales.
El costo de todas esas políticas sociales, a cargo de un Estado que no debe cobrarle a quienes más beneficios obtienen. Maravilloso pero imposible.
Deshojando margaritas. El gobierno pretende un entendimiento que permita crear un ambiente propicio para las inversiones y también protección laboral y social. Quiere que «pague más el que tiene más» para que «los más infelices sean los más privilegiados» pero no cuenta con el sustento social que le permita imponer una política coherente con esas aspiraciones.
Las gremiales empresariales rompieron el diálogo, terminar con el trabajo precario y la súper explotación no es negocio. Le quita competitividad a la economía.
La situación con los sectores profesionales de ingresos elevados se tensa. Trabajadores y pasivos de ingresos moderados están desconformes y reclaman elevar las franjas del IRPF. La ortodoxia económica defiende bajar el IVA (cosa que, como se demostró, no baja los precios en la misma medida) «para beneficiar a todos».
En el fondo lo que no se termina de resolver es la dirección de cambios, que no pueden ser «en beneficio de todos». Para mejorar la salud, la educación y las condiciones de vida de extensos sectores de la población hay que recortar drásticamente los ingresos del capital. Así de sencillo. Ese camino está empedrado de conflictos virulentos que puede aspirarse y en ese sentido hay que realizar los mayores esfuerzos a que no se hagan violentos.
Las ideas. Estos cambios en la base económica, en la distribución del poder, no pueden sostenerse si no son comprendidos y defendidos por amplias mayorías organizadas y movilizadas. Los conflictos en la educación y con los medios de comunicación de masas explican, muestran y demuestran, la verdadera dimensión de la contraposición de intereses. No es posible cambiar, sin cambiar el sistema. Así de sencillo.
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