Respuesta a Sarandy Cabrera: punto final

Alberto di Candia Mangeney

La nota de Sarandy Cabrera del 1º de noviembre («El preciso destinatario») con la que su autor pretende contestar la nuestra del 25 de octubre («Imperialistas y resistentes») expresa en su comienzo, textualmente, que lo hace «con el mayor respeto». Pero al reproducir largos pasajes del escrito del propio Cabrera de fecha 22 de octubre («Perfidia de las denominaciones»), aquel anunciado respeto parece diluirse cuando nos endilga estar comprendidos en un sistema de valores «imbécil, inculto, inmediatista y disneyniano que resulta asfixiante e insoportable para toda persona pensante o sensible».

Contrariamente a lo que dice Cabrera, ese sistema de valores, impuesto por la penetración ideológica del imperialismo en su fase actual, de ninguna manera podría habernos hecho decir el 25 de octubre, palabras como, por ejemplo, las siguientes: «Infame guerra llevada a cabo por EEUU contra Vietnam». O «Los bombardeos e intervenciones de EEUU y sus dóciles aliados en Irak (1991) y Yugoslavia (1999) fueron acciones criminales que tuvieron como víctima principal a la indefensa población civil de dichos países.»

Querríamos saber si el sistema de valores que se nos quiere imponer desde los centros del poder político y económico internacional es compatible con nuestras recién transcriptas afirmaciones, aunque fuera en el grado más mínimo. Plantear el problema equivale a resolverlo no bien se leen dichas líneas, y ninguna manipulación dialéctica podrá demostrar otra cosa.

En cuanto a otro gran tema, o sea nuestra apreciación sobre las personalidades de Mao, Pol Pot, Saddam Hussein, Jomeini, Milosevic o Stalin, Cabrera se limita a decir que los juicios históricos y políticos sobre los antedichos señores han sido satanizados por las normativas estadounidenses, lo que equivale a afirmar que sus figuras merecen una justa reivindicación. Esperamos las respuestas a preguntas que el propio Cabrera hace acerca de Hussein, Jomeini, Stalin, Pol Pot, etcétera. Limitarse a decir que han sido satanizados por el imperio de manera injusta y acrítica –según se infiere claramente– es colocarse en una posición dogmática y huérfana de todo argumento respaldante. La historia de todos esos personajes es harto conocida, y no sólo –por cierto– a través de la penetración mediática imperial, por lo que si Cabrera posee argumentos rehabilitantes no expuestos para nada en su nota, debería construir con ellos un capítulo alternativo de la «Historia Universal de la Infamia».

Sobre nuestra calificación de «antiyanqui» aplicada a Jomeini, Cabrera debe saber que ‘antiyanquismo’ no es sinónimo de ‘antimperialismo’, sino una forma de nacionalismo estrecho e indigno de una ideología progresista. Lo que ocurre es que a menudo, cuando cierto personaje se declara, se comporta o parece comportarse como ‘antiyanqui’, ‘anglófobo’, etcétera, algunos distraídos lo entronizan entre los líderes antimperialistas. Baste recordar, sin ir demasiado lejos en el tiempo y en el espacio, que hubo algunos izquierdistas que, con increíble ceguera, durante la Guerra de las Malvinas consideraron a Galtieri como antimperialista, cuando en verdad lo que dicho sujeto perseguía era perpetuar o aplazar el fin de una horrenda dictadura que en 1982 ya estaba resquebrajándose. ¿O quizá la evaluación de la dictadura argentina de 1976-83 y sus líderes también deberá ser revisada?

Jamás dijimos que el islamismo fuera nada más y nada menos que un espejo del fanatismo o un enemigo de la civilización al que hay que combatir. Nuestro juicio adverso se refirió, como no podía ser de otra forma, al fundamentalista fanático Jomeini, de cuya personalidad política e histórica nadie puede tener dudas.

De la misma manera, rechazamos hasta la propia expresión ‘civilización occidental y cristiana’, ridícula y muy utilizada durante la Guerra Fría por los imperios capitalistas, pero hoy ya casi en desuso. Porque respetamos el principio de autodeterminación de los pueblos (cuando pueden expresarse libremente, claro está), así como la diversidad de las auténticas culturas, la cual no obsta al mutuo conocimiento, al aprecio e incluso a las legítimas influencias entre ellas. Lo cual supone excluir los nacionalismos cortos de miras (chauvinismo), así como las imposiciones forzadas, en la amplísima acepción de este concepto, que va desde las armas hasta los mensajes subliminales de los mass media, o golosinas visuales como las llama Ignacio Ramonet.

En lo que atañe a la idea en sí de ‘civilización occidental’ la vemos tan falsa como vacía. Y en cuanto a su complemento (‘cristiana’), baste recordar que Quijano se preguntaba qué relación podría existir entre Jesucristo y los intereses económico políticos imperiales del mundo moderno. De cualquier manera, aun desde nuestra perspectiva racionalista y agnóstica, no admitimos en modo alguno un juicio de rechazo global al cristianismo, pues si bien éste contiene posturas tan reaccionarias como las del Opus Dei, también abarca en el otro extremo a la Teología de la Liberación, pasando por muchas posiciones intermedias. Y, principalmente, no podemos olvidar que la libertad de creencias es uno de los derechos fundamentales que toda sociedad democrática debe consagrar, respetar y proteger.

Todas las consideraciones que anteceden dejan sin efecto los gruesos errores en que ha incurrido Cabrera en los dos artículos que han dado lugar a los nuestros artículos del 1 de noviembre y de hoy. Resulta nítido que Cabrera no ha podido o no ha querido deshacerse de una doctrina –el maoísmo– que se parece a una especie extinguida del planeta desde hace casi un cuarto de siglo, pese a que todavía existan algunos poquísimos epígonos.

* Abogado

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