¿Por qué no volvió Artigas a la Banda Oriental?

Artigas se exiló en Paraguay en 1820 y falleció en Asunción en 1850 a los 86 años de edad. El Uruguay nació como república independiente en 1830 y Fructuoso Rivera fue el primer presidente.

Ahora el investigador José Eduardo Picerno descubre en los archivos de Paraná y Corrientes el original de una carta de Rivera al gobernador de Entre Ríos, Francisco Ramírez, apodando «El Traidor» a Artigas. En esta carta, Rivera se ofrece a ultimar a Artigas, a quien tildó de «monstruo», «déspota», «anarquista» y «tirano». Está claro pues por qué Artigas no volvió después de 1830.

En esa etapa, Rivera se integra a las fuerzas portuguesas y obtiene mando de tropas y grado de coronel, mientras Artigas envía a Lavalleja, preso en Isla das Cobras, lo que era el tesoro del gobierno de Montevideo en 1815 antes de la invasión portuguesa. Eran 120.000 patacones, que Lavalleja recibió al dejar su prisión, y con ellos logró financiar el desembarco de los 33 Orientales en la Agraciada. La historia mentirosa decía que fue un Anchorena el financiador y mi padre Florencio Collazo, director del Liceo de Maldonado y profesor de Historia en sus años mozos, en sus últimos años insistía en que era Artigas el que lo había hecho, al mismo tiempo que designaba a Lavalleja como su sucesor.

¿Y por qué Rivera fue elegido primer Presidente? Porque en el Tratado Preliminar de Paz de 1827 y 1828 Brasil, que fue el continuador de los portugueses, aprobó el Tratado con las Provincias Unidas del Río de la Plata y ejerció su influencia junto a los ingleses, para que Rivera, a quien conocían como Coronel de su Ejército, obtuviera la mayoría en el que fue nuestro primer Parlamento. Había elección indirecta y no voto universal.

Por si esto fuera poco, Rivera tiene además en su haber la matanza de Salsipuedes, como lo recuerda Leopoldo Amondarain en su artículo reciente en LA REPUBLICA. Rivera y su hermano Bernabé habían llegado a mantener relaciones normales con los últimos charrúas y los fueron convenciendo de sus buenas intenciones, hasta que lograron que entraran en un galpón grande y ahí los mataron a todos a balazos en 1832.

LA REPUBLICA del 3 de octubre pasado hizo una encuesta con la pregunta ¿cree usted que debe revisarse la presencia del nombre de Fructuoso Rivera en el nomenclátor?

El jueves 4 de octubre la respuesta fue: Sí 1.369 votos 93,2% y No 101 votos 6,8%.

Cuando uno piensa en la cantidad de veces que Rivera aparece en avenidas, plazas, y hasta en uno de nuestros 18 departamentos, cuesta resignarse a que se haya violado de tal manera nuestra historia.

En otro orden, siento la obligación de rendir homenaje a nuestro gran compañero el escribano Ruben Castro Dagnino.

El Gallego Castro, un gallego de ley: así titula su notable artículo sobre él Héctor Vernengo, escribano también y su amigo de toda la vida, publicado el sábado 6 de octubre en la página 11 de LA REPUBLICA . «No le sacó el cuerpo a nada», dice Vernengo. «Cuando llegó la hora de los hornos se jugó la ropa y fue preso de excepción, con largos años de cautiverio. Fue pionero en la recuperación del arroyo Miguelete en el CCZ de su barrio, presidente de la Casa de la Cultura y Amistad Uruguay-Cuba, director del Museo Blanes. Un sembrador a quien la cosecha no debiera fallarle». Querido Ruben: Siempre estarás entre nosotros. *

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