A propósito del juicio Fasano-Paolillo

Sobre intolerancia y libertad de prensa

Alfredo Errandonea (*)

Seguro que «Búsqueda» no va a reproducir en sus páginas esta columna, como lo está haciendo con otras sobre el tema. (No hay por qué preocuparse: hace mucho tiempo que estoy acostumbrado a ser marginado por mis opiniones, lo que no me hace callarlas). Pero el tema aquí será el mismo que motiva esas transcripciones: la libertad de prensa.

Aunque, claro, no estoy interesado en discutir si Fasano se retiró de la contienda judicial porque no pudo rebatir las afirmaciones de Paolillo, como afirma el gran coro de la prensa del establecimiento (televisiva, escrita u oral), o si lo hizo porque Paolillo se retractó de la andanada final de su artículo contra Fasano, afirmando que no estaban dirigidas a él. Todo esto forma parte del anecdotario de este incidente judicial, que no es más que un episodio más o menos formal, que no trasciende al contexto en que se ubica, el cual es el realmente importante. En él me quiero ubicar.

La otrora apacible sociedad uruguaya se ha transformado en casi el último medio siglo, como consecuencia del quiebre del modelo que le había dado esa fisonomía. Su estructura comenzó a crujir, y engendró la concentración y acentuación del conflicto social. En él se alinearon las fuerzas conservadoras propugnando como salida una redefinición estructural regresiva, por un lado. Por el otro se desarrolló una resistencia al retroceso, que fue creciendo en popularidad e intensidad, bajo diversas formas y variantes. En la misma medida de este proceso, se deterioró el consenso, creció la violencia y comenzó a desarrollarse la intolerancia. Hasta la desembocadura en la dictadura, medio por el cual se esperó imponer el cambio regresivo a sangre y fuego. Toda esta historia es bien conocida. También su simetría con la de otros países de la región que, como el nuestro, siguieron la línea que se les impuso desde afuera.

El regreso a la institucionalidad democrática posdictatorial frustró las expectativas populares de un imposible regreso al Uruguay de antaño. Con diversas versiones y variantes, los gobiernos posteriores a la dictadura mantuvieron su política económica, tratando de sacar partido de lo que aquella había realizado, haciendo el trabajo sucio para imponerla. El resultado inevitable fue que las reglas del juego democrático tradicional empezaban a ser disfuncionales. Los partidos tradicionales experimentaron la emigración de votos hacia las opciones no tradicionales; no porque los uruguayos se hayan izquierdizado, sino porque aquellos ya no representaban al Uruguay añorado, y porque la izquierda se entibió para recibirlos. Con el juego de galimatías jurídicos constitucionalistas en la reforma de la carta, se pretendió aplazar el cambio en curso del mapa político del país. Y así se fueron definiendo nítidamente dos campos, que han alcanzado una correlación de fuerzas casi equilibrada: el conservador que utiliza la carcaza de los viejos partidos tradicionales cuasi fusionados y su personal político, y el de la resistencia del giro a la derecha, con los partidos no tradicionales, las organizaciones sindicales y populares, y otros grupos intermedios. Aunque la derecha económica respaldó al primero, la crisis alcanzó tal envergadura que comienzan a escurrírsele de los dedos muchos sectores antes impensados. El proceso promete acentuarse, hacia el efectivo cambio de la correlación de fuerzas.

Ya no es suficiente con los viejos trucos politiqueros. Fue necesaria una muy fuerte ofensiva ideológica destinada a convencer de que no hay otro camino posible que el propugnado por la derecha (tan fuerte y eficaz que ha puesto a la izquierda a la defensiva, que le está quitando su capacidad innovadora, que la arrincona a aceptar sus premisas). Aunque se vaya de ajuste en ajuste, aunque se postergue siempre la prometida «recuperación económica» que finalmente tendría que producir desarrollo y el famoso «derrame» que alcance a los sectores populares, hay que convencer de todo ello, hay que mantener indefinidamente la zanahoria por delante del burro…

Para ello es necesario un formidable aparato propagandístico, un monolítico monopolio de los medios de comunicación de masas. Cerrarle el paso a cualquier intento de contestación intelectual al discurso oficial. Mantener en manos del oligopolio de las obsecuentes empresas de televisión abierta el negocio del cable, negándole a quien no se someta a esa línea cualquier acceso a tan poderoso medio. Usar para ello la arbitrariedad en el discrecional sistema de adjudicación de los medios emisores de televisión y radio, como en las distribuciones hechas por Lacalle y Sanguinetti, o despojar a algún grupo opositor del medio al que logró acceder, como en el asunto de CX 44. Prohibir la comercialización libre de innovaciones tecnológicas que amenacen tal monopolio. Manipular la asignación de publicidad oficial como para ahogar financieramente a la prensa escrita independiente. Cerrar las pequeñas emisoras comunitarias. Despedir o amedrentar a aquellos funcionarios de los medios que no se ajusten a la pauta estratégica general.

Todo vale, mientras se mantenga la tramposa apariencia de neutralidad o pluralismo en los espacios de información, cuidadosamente desequilibrados, para poder ostentar para el país el pomposo estatus de «vigencia de la libertad de prensa». Esta es la verdadera intolerancia que ha sido instalada en nuestra sociedad: un sistema orgánico de intolerancia, que no se focaliza en ningún acto más o menos aislado, sino que constituye todo un instrumental eficaz para usar por parte de los poderosos, en un escenario social cada vez mas conflictivo. Esta es la verdadera trampa armada con deliberada sistematicidad contra la real vigencia sustancial de la libertad de prensa; más allá de algún incidente penoso, que hasta le llegó a costar cárcel para los responsables de LA REPUBLICA.

Es lo que realmente juega en esta sociedad uruguaya, cada vez más tironeada por una tensión estructural que palpita en las calles. En el incremento delictivo, en una atmósfera cada vez más cargada de violencia latente, en el aumento de la mendicidad, en la emigración, en el desempleo y en la «ocupación informal», en el contrabando «kilero» de la frontera, en el vaciamiento del área rural, en el quiebre de la industria nacional, en el crecimiento de la marginalidad. Sin esta perspectiva contextual es imposible comprender la intolerancia que realmente nos ha invadido y el real descaecimiento de la libertad de prensa que experimentamos.

Porque el campo popular sólo cuenta con un diario (LA REPUBLICA), un semanario (Brecha, que acaba de apelar al apoyo de sus lectores por sus dificultades financieras), y muy poco más. Mientras la derecha se ha parapetado detrás de un andamiaje compuesto por la totalidad del sistema televisivo, la casi totalidad del radial, y la inmensa mayoría de la prensa escrita. Andamiaje desde el cual da la batalla en defensa de su regresiva visión del país, para lo que necesita de todas las ventajas que pueda acumular desde el poder.

Algunos viejos amigos, a muchos de los cuales sigo respetando, se han equivocado en todo este asunto. Creen estar librando una batalla por la libertad de prensa en un incidente menor, frente al cual –incluso– han carecido de objetividad. Pero, por sobre todo, eligieron mal el lado de la contienda. Justamente porque no tuvieron en cuenta la perspectiva contextual a que me he referido.

Cada cual tiene su estilo, y Fasano tiene el suyo. Fuerte, agresivo. Me consta que a muchos no les gusta. Pero más allá de su estilo, de sus defectos –que, desde luego, los tiene–, y de las discrepancias que se puedan tener con él, le cabe el gran mérito de dirigir el único diario que ha asumido la trinchera del campo po
pular, sin abandonar por ello la norma de dar cabida en él, de manera pluralista, a todas las voces que le llegan, sean del signo que sean. Cosa que por cierto no ocurre con los grandes medios conservadores que lo acusan.

* Sociólogo

 

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