Ricos, eficientes, ansiosos y desdichados

La instancia democrática de renovación de una parte considerable de las autoridades locales, estaduales y federales en los Estados Unidos ha sido seguida con suma atención en el mundo entero.

De un modo u otro urbi et orbi se percibe que lo que está pasando en la gran potencia tendrá, en un sentido u otro, repercusiones sobre el resto del mundo.

Nunca, quizá, como en estos últimos años de la era Clinton, la más conspicua de las naciones capitalistas, el paradigma laureado de occidente ha conseguido un período tan dilatado de espléndida prosperidad.

La desocupación cayó a los límites más bajos desde 1969. También los indicadores de pobreza disminuyeron y la delincuencia también es menos frecuente.

¿Cuál es la calidad de vida en el Estado-nación hegemónico en el planeta?

¿Cómo se sienten sus ciudadanos –y los que lo pueblan sin serlo– cuando a ese país le va bien o hasta muy bien durante un período prolongado?

¿No resulta en extremo interesante saber cómo se vive en los Estados Unidos cuando las clases dirigentes de la mayoría de nuestros países nos lo proponen como el ejemplo a seguir, las conductas a imitar?

Como ha demostrado una abundante producción de sociología y ensayística crítica, por lo general, la peripecia norteamericana anticipa lo que va a ocurrir en el desarrollo de las sociedades de las otras potencias que le siguen en la carrera por la primacía económica a escala mundial.

Un trabajo reciente de dos académicos de Harvard, Robert D. Putnam y Thad Williamson, publicado en el diario El País de Madrid, nos permite acceder a una visión amplia sobre aspectos generalmente poco difundidos de las formas como la sociedad norteamericana vive este período de expansión económica, casi pleno empleo y prosperidad pública y privada.

Después de recapitular los aspectos positivos de la situación, los autores escriben: «Se podría imaginar que unas noticias tan buenas hacen que un país se sienta plenamente satisfecho de su gobierno y, a la vez, de las buenas perspectivas que tiene ante sí. Pero esta coyuntura (…) está acompañada de un descontento latente en la opinión pública. El país está inquieto por el estado de sus comunidades y por su sentido moral. Los estadounidenses trabajan más y consumen más que nunca. Y ello en detrimento del tiempo que pasan unos con otros, en actos políticos o cívicos, en actividades sociales organizadas o espontáneas e incluso a la hora de cenar. Este elemento es crucial para comprender la razón de este descontento en un período de prosperidad económica».

Los autores anticipan una relevante conclusión: la felicidad de los individuos tiene más que ver con la solidez de las relaciones sociales (familia, amigos, vínculos comunitarios) que con cualquier otro factor incluida la renta.

Los norteamericanos participan cada vez menos en las actividades políticas o cívicas. También en los oficios religiosos.

Pero los sociólogos que citamos no se limitan a examinar ese aspecto de las conductas de la actual generación de norteamericanos.

Dan elementos que remiten a la vida cotidiana de esa sociedad: la gente se reúne menos, recibe menos en su casa (un descenso de alrededor de un 45% desde los años 60); también la vida familiar se ha visto afectada: cenan en familia un 33% menos que en los años 70 y, en comparación con la generación anterior, la probabilidad de que los padres se vayan de vacaciones con sus hijos, vean la televisión o sencillamente charlen con ellos se ha reducido en un tercio.

Para los autores, desde el punto de vista colectivo, estos cambios representan un descenso del «capital social» (las redes existentes dentro de la sociedad y las reglas de reciprocidad y confianza que aquellas generan) estadounidense.

Su declive, sentencian, representa una amenaza para la democracia y para la calidad de vida de los ciudadanos tan grave como una pérdida brutal en el capital físico o financiero.

Señalan que el rápido crecimiento económico ha sido aprovechado para realizar horas extras o conseguir varios empleos. Y anotan: «la cifra media de semanas trabajadas por familia pasó de 68.3 a 82.6 entre 1969 y 1999″.

Después de analizar varios indicadores sostienen que la pérdida del capital social no se resuelve con el aumento de la expansión económica.

No es de extrañar, concluyen, que, «a semejanza de las personas que gozan de una buena situación, las democracias no sólo vivan de pan, una verdad eterna que este año electoral confirma en medio del paradójico malestar de unos Estados Unidos en plena prosperidad».

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