El poder del dinero en la "gran democracia" capitalista
«Todo lo que se ha deteriorado en la política se puede achacar a la televisión»
Don Hewitt
Hace ya más de treinta años que el sociólogo británico Ralph Miliband publicó su polémico estudio titulado «El Estado en la sociedad capitalista».
El texto, inspirado en fuentes marxistas que el académico conjugaba con sutileza y sin ningún tipo de dogmatismo, constituye una suerte de anticipo a la evolución político institucional de los estados de las grandes naciones capitalistas.
Las anotaciones, releídas, muestran la capacidad de anticipación de sus aportes teóricos en el campo de la sociología política.
La referencia viene a cuento a partir de las múltiples reflexiones que, en estos días, hemos leído a propósito de la campaña electoral que ha precedido a las elecciones que acaban de celebrarse en los Estados Unidos y cuyo desenlace definitivo aún se ignora.
Más allá de esta singular situación de virtual empate entre los candidatos demócrata y republicano, la instancia electoral ha permitido evidenciar algunas de las características actuales de la «democracia capitalista» de la que los Estados Unidos aparecen como la más genuina expresión.
Hechos destacables desde nuestro atalaya sudamericano: la escasa agitación político-programática de parte de los candidatos, los altos índices de abstención que operan sobre los doscientos millones de ciudadanos en edad de votar, índices más bajos que lo esperado pero relativamente altos.
Junto a este tema, los analistas han puesto la atención en los costos de la campaña, el papel de la televisión, la gravitación de las empresas o individuos que contribuyen en los gastos de la campaña electoral.
Un protagonista nada desdeñable, aunque minoritario, ha sido el candidato «verde» Ralph Nader, que ha venido desarrollando una campaña seria y exitosa contra la negligencia que pone en riesgo la seguridad de las personas de parte de la industria automovilística y, sobre todo, contra las agresiones al medio ambiente de parte de las grandes corporaciones de la industria.
Nader ha puesto el acento en la necesidad de democratizar los medios de comunicación política en las instancias electorales.
Los costos de esta campaña han trepado de manera espectacular.
Se calcula que los gastos de la elección de este año serán el doble de los de 1996, que ya habían sido un récord, situándose ahora en el orden de los mil millones de dólares.
Al mismo tiempo, varios analistas ponen de relieve la inmensa influencia que ha adquirido en esta elección la publicidad paga, básicamente en la televisión.
Publicidad paga que instala, de inmediato, la cuestión del poder del dinero en la hora de decidir los resultados electorales.
Del mismo modo que en Uruguay, la legislación norteamericana no prevé la existencia de espacios gratuitos, donde los candidatos pueden hacer conocer sus propuestas.
Esto determina la proliferación de los anuncios pagos y coloca a los candidatos en una situación de dependencia explícita hacia los grandes contribuyentes.
Según un comentario del The New York Review of Books registrado en una nota de El País de Madrid:
«Los grandes donantes son los primeros beneficiados del sistema de corrupción que en estos momentos constituye el motor impulsor de la política norteamericana. Un resultado de este sistema de corrupción es la atroz pobreza que se ve en las zonas deprimidas de las ciudades estadounidenses en pleno período de expansión económica, el vasto abismo entre ricos y pobres. No sólo los pobres no aportan nada a las campañas, sino que contribuyen a empeorar su propia situación porque van a votar mucho menos que sus compatriotas acomodados».
Por su parte Public Citizen, una ONG que analiza el funcionamiento de las instituciones políticas, dice que una ley de 1996 que concedía a las emisoras amplias libertades para hacer uso de los nuevos avances de la tecnología en ese campo y una disminución de los impuestos para los fabricantes de cigarrillos «fue en retribución a las grandes donaciones de dinero de las industrias de la televisión y el tabaco».
Don Hewitt, un destacado conductor televisivo, director del programa «60 minutos», de los más vistos en el país, ha dicho que «el principal requisito para ocupar un cargo en la mayor democracia del mundo es la capacidad de recaudar dinero».
Un cuadro, como se puede apreciar, sumamente ilustrativo acerca los límites infranqueables que las desigualdades sociales ponen al ideal de «igualdad de oportunidades políticas» que está en la base misma de las concepciones democráticas.
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