El Uruguay como problema
Hace ya cuarenta años el profesor Alberto Methol Ferré, uno de fecundos pensadores que ha dado este pequeño solar, titulaba así un pequeño libro que debiera ser material de cabecera para todo interesado en política. Allí estaba claramente planteado el fin de una época, en los estertores de los años sesenta se preparaba la hecatombe de los setenta. El ciclo vacuno de «la estancia cuyo directorio está en Londres», a cuya gerenciación aspiraban todos los políticos salidos de las logias, luego de servir como directores del Ferrocarril Central, o hacer bien los deberes en bufetes del puerto. El agotamiento del modelo victoriano de país proveedor de carnes y lanas sería lento.
Pasarían décadas en que nos comportaríamos como una colonia que perdió el imperio sin darse cuenta.
Ese Uruguay con 10 vacunos y 24 lanares por habitante de comienzos del siglo XX, que sólo con las achuras de la faena pudo sostener esa mediocracia, que describe Mario Benedetti, ese país oficina, estaba agotado al final de los años cincuenta.
Todo el esfuerzo realizado por la generación que hizo la revolución del Quebracho, en 1886, los hacedores del país que se construiría a partir del 900, de los cuales José Batlle y Ordóñez y Luis Alberto de Herrera puede decirse son íconos, partía de un consenso generacional que surgía de la consolidación del imperio británico, primer intento de globalización anglosajona. Batlle era hijo de la facción vencedora en esa globalización. Herrera era hijo de familia de federales vencidos.
Pero en el continente, el pensamiento federal se ha mantenido vivo, tal vez sea el brutal resultado de pensar en castellano. Y como decía Javier de Viana en uno de sus magistrales cuentos, cuando en los novecientos parecía que el aluvión gringo se lo tragaba todo, «la tierra hará de los gringos gauchos». Y es bien cierto que los hizo, puesto que de aquel aluvión gringo, mixturado con la tradición oral de la patria vieja, saldría la fuerza para nuevas patriadas. En el aluvión gringo del 900 vendrían tanos anarquistas, garibaldinos, que bajaban del barco con «la balota» colorada, gallegos comunistas, campesinos rusos expulsados por la revolución bolchevique, entreverados con vascos ovejeros, a un territorio en que las chinas y gauchos expulsados del campo se resistían a ser exterminados por la leva, el latifundio y el alambrado.
El Uruguay crece y se desarrolla en ese pequeño «recreo» del yugo imperial, que nos diera la primera guerra mundial. Si analizamos toda la obra institucional del período batllista podemos concluir que el mismo no se profundiza, apenas se mantiene, luego del fin de la primera guerra mundial en 1918, Batlle muere en octubre de 1929, un mes antes de la quiebra de las bolsas y el inicio de la «gran depresión» que signaría la década siguiente. El Partido Colorado se perfila como una coalición de grupos antagónicos, batllistas enfrentados a vieristas y terristas. El Partido Nacional se fisura en herreristas y blancos independientes que la segunda guerra mundial alinearía tras el panamericanismo impulsado por Washington. La inserción internacional del país sería el factor que dividiría a los partidos, más que la política interna obligada por las necesidades electorales. Ambos partidos se convierten en cooperativas de votos, en cuyo seno conviven antagónicas propuestas políticas, mutuamente mediatizadas por las concesiones preelectorales y las repartijas de ministerios subsiguientes. Podían mantenerse en el gobierno pero nadie podía salirse totalmente con la suya.
La guerra fría posibilitaría la gran alianza salvadora: la oligarquía liberal con el gran hermano del norte. «Hay cambios que no pueden hacerse en democracia», los liberales volverían de manos de los generales a hacerse cargo de la situación. Esto pudo posibilitar un realineamiento político más sincero: los liberales de proceso por un lado y los sectores que tenían una propuesta diferente. Pero eso no pudo ser, porque hasta en el propio partido militar se expresaban las viejas diferencias que venían de las coaliciones partidarias. La división entre liberales y conservadores fisura las mentes de toda la sociedad. A la salida de la dictadura no se pudo «barajar y dar de nuevo», porque se estaba jugando con viejos políticos, tahúres, que habían armado bien los «paquetes».
El viejo «Uruguay internacional», creado por la diplomacia inglesa para internacionalizar los ríos y obstaculizar la unidad americana, es la propuesta de los cipayos imperiales, que como el perro de la Víctor, están atentos a «la voz del maestro». Ellos sólo pueden proponer la reducción del país las necesidades del puerto. Para ese sector, la población, ese despreciado mercado interno, es un enemigo que compite con la demanda externa, al que no hay que darle oportunidades de vida.
Y no otra cosa quieren decir los contumaces que resisten todo cambio y siguen haciendo suyas las políticas que nos han arruinado.
El futuro es integración. Lo otro es cambiar de amo el apostadero naval que fundara Zabala para custodia de la boca del río y los mares del sur. *
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