La reducción de la pobreza

La semana pasada el Observatorio Montevideo de Inclusión Social dio a conocer una serie de datos que demuestran que la pobreza y la indigencia decrecieron en Montevideo en relación al año 2004.

Específicamente, la investigación señala que a fines de 2006 había 107.000 pobres y 34.000 indigentes menos que en 2004. Tal vez, lo más importante sea el hecho de que la indigencia descendió un 60% en los barrios más pobres, y la pobreza bajó en los barrios de sectores medios y medio-altos de la ciudad entre un 40% y 60%. Sin embargo, la pobreza se redujo en el resto de los barrios sólo un 14%.

Como podemos ver, entonces, el descenso del nivel de indigencia se concentró en los barrios más pobres de la ciudad, precisamente, donde más urgente se hacía encarar acciones de contención y reforzamiento del tejido social; porque a nadie escapa, que la pobreza y la indigencia se concentran específicamente en ciertas zonas y barrios «perdedores» de la ciudad.

Si bien no deja de ser importante que la pobreza haya descendido en casi todos los barrios de la ciudad, el efecto en términos absolutos no es el mismo en barrios como Malvín, Pocitos, o Carrasco, en los cuales la incidencia de la pobreza era menor al 5%; a que lo haya hecho en barrios como La Blanqueada, el Centro, 3 Cruces y La Comercial, que cuentan con una mayor cantidad de población en situación de pobreza.

Estos son doblemente valiosos, ya que vienen a reforzar las estadísticas difundidas por el INE, según el cual entre 2004 y 2006 la pobreza y la indigencia han disminuido sensiblemente: del 31,9% al 25,2%, lo que en términos absolutos significa que hay 210.000 personas pobres menos; mientras que la indigencia bajó del 3,9% al 1,6%, o sea, hay 72.000 indigentes menos en el país.

La convergencia y coherencia de estos datos proporcionados por fuentes distintas, demuestra la importancia que las políticas re-distributivas, y las de generación de capacidades tienen para reducir las inequidades sociales.

Inequidades que durante toda la década pasada crecieron, con la conocida falacia argumental de que «la torta debía crecer para que luego se pudiera repartir entre toda la sociedad». Que el crecimiento económico era condición suficiente para garantizar la reducción de la pobreza.

El discurso dominante en la década de los 90′ –y aún predominante en ciertos sectores– enfatiza absolutamente los aspectos cuantificables de la realidad (PBI, ingreso per cápita, déficit fiscal, control de la inflación, etc.); pero pierde relevancia de otros aspectos humanos no tan fácilmente cuantificables: lo social, lo político, lo ético, lo ecológico, lo antropológico y lo psicológico.

Fue así que perdimos toda una década de atención a la problemática social, de implementación de necesarias políticas sociales que evitaran la creciente brecha social existente entre los sectores más ricos y pobres del país; y por tanto, que pudieran evitar la creciente desintegración del entramado social que de un tiempo a esta parte se ha hecho evidente para todos.

Lo que sostenemos nosotros, es que el crecimiento económico no debe ser visto como un fin en si mismo, sino como un medio, una herramienta para lograr el objetivo central que debe ser alcanzar un desarrollo sustentable, equitativo y socialmente incluyente; o sea, desarrollo económico.

Y para lograr esas metas es necesario invertir más y mejor en políticas sociales. Porque la pobreza no es solamente privación material y de capacidad de consumo; es, antes que nada, dependencia del arbitrio de otros.

Por ello, cuando surgen voces que dicen que este gobierno «regala plata»o «hace asistencialismo», me gustaría primero que nada, que se imaginaran en esas condiciones de vida; y por otro, supongo que no están informados acerca de los diversos programas incluidos en el Panes, como ser:

El Plan de Alfabetización (al cual me referí en una nota anterior) que permitirá que 10.000 compatriotas aprendan a leer y escribir.

Trabajo por Uruguay y las Rutas de Salida, dos planes por los que han pasado más de 30.000 beneficiarios del Panes.

Las decenas de pequeñas cooperativas creadas a partir del Plan de Cooperativas Sociales.

Los más de mil proyectos productivos de hogares incluidos en el Panes.

Remarcamos, por tanto, nuestro indisoluble compromiso, como verdaderos progresistas, de buscar el logro del desarrollo económico y social del país y su gente; y para ello, debemos de una vez por todas desterrar el viejo y erróneo paradigma neoliberal que sostiene que el crecimiento económico por sí solo es suficiente para combatir la pobreza.

Aspiramos al desarrollo, que es crecimiento con distribución, y no simplemente crecimiento. Crecer, hemos crecido varias veces ha lo largo de la historia, pero al no haber estado unido a la distribución, el mismo no fue sostenible. Nuestro proyecto progresista no puede permitir que esto pase nuevamente, y es por eso que apostamos al desarrollo económico y sostenible.

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