Hacia el nuevo programa de la izquierda
El vértigo de las transformaciones exige a la izquierda algo más que lo que usualmente ha aportado. Ya no alcanza el heroísmo y la abnegación, ni el tesón y la audacia, ni la creatividad propia de quien sabe que ya los pueblos no pueden ni admiten ser gobernados como antes. Autodefinida en su ambición de inclusión, ahora la izquierda debe demostrar cuáles son sus límites; detrás de los cuales se desencuentra consigo misma y se desdice a menudo. Y este es el momento.
En unos meses más, la inercia de los acontecimientos y el acceso a un escenario preelectoral formal establecerán, de hecho, una permisibilidad con esas exigencias que la izquierda uruguaya no puede permitirse. El deportista pierde el juego no cuando este finaliza con un resultado adverso, sino cuando deja de competir consigo mismo.
La izquierda llegó al gobierno usufructuando el impulso de una salida a la crisis de 2002 diseñada y gestionada con consensos de Estado que sólo esa crisis pudo catalizar. Y en estos tres últimos años disfrutó de un escenario internacional fantástico, en el cual la riqueza ha venido creciendo a tasas asiáticas, triplicando en el último trienio las tasas de crecimiento de los países de la OCDE. En ese marco, el gobierno del Frente Amplio ha podido promover e iniciar la aplicación de su programa histórico. Los indicadores de crecimiento, equilibrio e inclusión social son conocidos y abundar en ellos nos coloca al borde de la saturación. Empero, la izquierda está lejos de haber completado los exámenes que deben legitimarla como una fuerza realmente transformadora. Cabe aquí habilitar esa discusión que frecuentan los hogares frenteamplistas acerca del gobierno y el poder. Es que la coalición de izquierda fue construida para defender la paz, afirmar la democracia e iniciar la construcción del cambio. Luego advendrían las precisiones. En realidad, hasta ahora, la cuestión del poder no ha podido ser afrontada formalmente en el seno de la coalición de izquierda. Y si ello era imposible antes de 1985, luego, cuando la izquierda fue el recipiente natural del descontento aluvional, la posibilidad real de coincidir en una definición de poder y una estrategia coherente fue nuevamente bloqueada. En tanto quedó un programa que no contempla todas las situaciones de la gobernabilidad y ahora ese programa debe ser reformulado y la discusión del próximo Congreso al Frente Amplio debe afrontar esa asignatura pendiente, so pena de que la discusión de candidaturas sea una formalidad que dote de nuevas fragilidades a la fuerza de sustento del actual gobierno. En el escenario económico y social de administración que gobernará el país a partir de marzo de 2010, no hay candidato con capacidad de mantener y profundizar los cambios si su fuerza política de sustento no logra escribir un programa creíble para la nueva etapa. No sólo los mercados de deuda descuentan en presente las probabilidades de ocurrencia de hechos a futuro. También esa anticipación o descuento se produce en la política.
Lamentablemente, la inflación ya nos ha sumido a todos en una discusión tan aparatosa como menor. De pronto, hemos vuelto a la puja distributiva y, en esa puja, las corporaciones activadas hacen la agenda. Esa agenda nos vuelve a alejar de los temas principales y, sobre todo, aleja a la izquierda de sintetizar y utilizar su experiencia en la administración temporal de la cosa pública.
Quizás sea oportuno adelantar lo que pudieran ser algunos de los ejes principales que deberá afrontar y plebiscitar internamente el Frente Amplio en los próximos meses, particularmente en el área de la economía y sus anexos: la estabilidad como escenario de gestión de las reformas estructurales; el valor de la competencia leal y la teoría de la regulación independiente; la reforma de la ley de quiebras y reestructura empresarial como instrumentos de clausura de las prácticas del secular capitalismo deformado uruguayo; los temas de la apertura real de la economía y la propiedad en vinculación estrecha a la resolución de asignaturas que recrean en formatos nuevos el clásico dilema del nacionalismo y el internacionalismo. Todos temas revolucionarios para la historia uruguaya y, sobre todo, para la formación del pensamiento dinámico del desarrollo sustentable. *
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