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A yer se cumplió un nuevo aniversario de la instauración del Reglamento de Tierras de 1815, en el que José Artigas, el líder latinoamericano más radical de la época, expresó su famosa frase de que «los más infelices sean los más privilegiados». Concepto olvidado por las derechas del país, pero transformado en bandera de la izquierda y del progresismo.

Seguramente por casualidad, seguramente porque la coyuntura obligaba a tener definiciones de fondo a favor de los más humildes, el gobierno del doctor Tabaré Vázquez le declaró la guerra a la inflación, el impuesto volcado sobre los humildes.

El encargado del anuncio en nombre de todo el Poder Ejecutivo fue el ministro de Economía, Danilo Astori, quien informó sobre rebajas en las tarifas públicas, mutualistas, combustible, carne de pollo y, posiblemente, en un mediano plazo en verduras y frutas.

Fue un verdadero shock para tirar abajo el aumento de precios, pero fue ­ante todo­ una inmensa señal de que este gobierno no vino para seguir gestionando las riquezas de los poderosos, sino para atender a los que más necesitan.

Algunos sectores de la izquierda amargada y descreída, con el solo anuncio quedaron fuera de la competencia, ante tremendo anuncio que no tiene antecedentes en las últimas décadas, donde un gobierno busque superar el tema de la carestía protegiendo a los más humildes, ayudándoles a seguir andando.

La derecha, por su parte, se mostró sorprendida, no sólo por el impacto del anuncio sino porque el gobierno mostró creatividad e inteligencia para atender una situación compleja, que se le podía ir de las manos.

Por primera vez en muchos años, hay un gobierno que mostró que tiene imaginación, sensibilidad y capacidad para enfrentar situaciones coyunturales complejas, sin recurrir a los manuales del neoliberalismo más ortodoxo.

No hay, además, detrás de estas medidas de profundo contenido popular, la demagogia populista que ponga en cuestión la estabilidad macroeconómica y los recursos del Estado. Estamos ante una actitud firme de un gobierno que se juega por el destino de la gente, que no tiene nada de una salida sencilla, facilonga y oportunista.

El doctor Vázquez y su equipo han mostrado, una vez más, que llegó al país una nueva forma de hacer política, de gobernar, donde se puede trabajar por la justicia social sin hacer saltar en pedazos las conquistas de la estabilidad económica y financiera.

No es, por cierto, una tarea sencilla. Es un gran desafío, donde el sector productor de pollos le ha dado al gobierno, pero fundamentalmente a los uruguayos, una gran mano. Es de esperar que otros sectores productivos y empresariales tengan la misma actitud patriótica, de sensibilidad popular, que comparta las ganancias aunque sea en una mínima proporción, para el beneficio de los consumidores, que en más del 80% están por debajo de la canasta básica.

A mitad de camino del gobierno, cuando comienza la cuenta regresiva hacia la próxima administración, es de esperar que el bloque social del cambio se consolide, transmita esperanzas, cree un nuevo clima espiritual que permita liberar todas las energías de la sociedad que mira al futuro, convencida de que hay un grupo de gobernantes que está haciendo lo que prometió durante la última campaña electoral.

Como dijimos al comienzo, ayer fue una fecha clave en la configuración del pensamiento artiguista. Artigas no quería reyes, «ni malos europeos y peores americanos», pero apostó a la promoción de la campaña y al cuidado de las haciendas.

El gobierno, con sus acertadas medidas, tiene ahora la oportunidad de despertar, una vez más, las tradicionales energías de la izquierda, últimamente adormecidas. *

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