Bush perdió la guerra y no sabe cómo retirarse
E l presidente George W. Bush carece de una estrategia para poner fin a la ocupación de Irak, y el Congreso de Estados Unidos debería insistir en una fórmula de retirada del país árabe. El mandatario texano realizó hace pocas horas una visita relámpago a una base militar norteamericana bien fortificada en la provincia de Anbar, en lugar de ir a Bagdad, donde se suponía que conversaría con los dirigentes iraquíes. La situación militar en esa nación es tan desastrosa que al mandatario de la potencia mundial no le pudieron garantizar sus tropas la seguridad necesaria.
Bush se niega obstinadamente a reconocer que ambos países necesitan una estrategia para la pronta salida de las tropas de Estados Unidos, tras la larga lista de errores que cometió Washington desde el primer día de la invasión.
Las fotografías que se tomó Bush con los soldados de la base militar, en medio de sonrisas, no son más que un recurso para desviar la atención pública de sus fallidas políticas e impedir que el Congreso ordene la retirada.
Pero además, como los pergeñados planes del gobierno republicano van rumbo al fracaso, Bush busca también recalentar el enfrentamiento con Irán para que la atención no se centre en la perdida guerra en Irak.
Lo que en primera instancia parece ser parte de la habitual guerra de palabras entre Teherán y Washington, podría en realidad ser la repetición de una estrategia para provocar un nuevo conflicto.
Concentrarse en Irán podría ayudar al mandatario a distraer la atención del fracaso de la estrategia en Irak, que no ha logrado detener la violencia sectaria.
También podría servir para convencer al Congreso de que Irán es responsable de las desgracias de Estados Unidos en territorio iraquí y de que suspender los fondos para la guerra sólo fortalecería a los gobernantes de Teherán.
Las acusaciones de Bush contra Irán, que añaden tensiones en Medio Oriente, bajo la sombra de «un holocausto nuclear y prometiendo enfrentar a Teherán», cuyas acciones «amenazan la seguridad de las naciones en todas partes», parecen un eco de las declaraciones del presidente republicano contra el régimen Saddam Hussein (1979-2003) antes de la invasión a Irak.
Las tropas estadounidenses están atrapadas en una guerra civil sin salida a la vista.
Cuatro de cada cinco iraquíes tienen poca o ninguna confianza en las fuerzas encabezadas por Estados Unidos y la mayoría piensa que su presencia está empeorando la seguridad.
El general David Petraeus y el embajador de Estados Unidos en Bagdad, Ryan Crocker, deben rendir cuentas ante el Congreso el 10 y 11 de setiembre.
La Casa Blanca debe enviar al Congreso un informe antes del 15 de setiembre. Lo que está en discusión es la estrategia del presidente Bush de enviar unos 26.000 soldados suplementarios a Irak, tras cuatro años de una guerra cada vez más impopular, que ha provocado la muerte de más de 3.700 soldados estadounidenses y entre 70.000 y 150.000 iraquíes, aunque un estudio estadounidense aseguró en 2006 que serían 655.000 muertos.
El costo de la invasión ya alcanzó los 450.000 millones de dólares. La Casa Blanca quiere ahora fondos adicionales por 50.000 millones de dólares, que deberían sumarse a los 147.000 millones ya destinados para las guerras en Afganistán e Irak.
La bancada opositora demócrata pretende, con cierto apoyo del oficialismo, reunir los 60 votos necesarios para poner en marcha un proyecto de ley que ordene comenzar el repliegue de las fuerzas norteamericanas a fines de este año. Los demócratas querrían que la mayoría de los cerca de 160.000 soldados vuelvan a casa antes de mayo de 2008.
El envío de más soldados ha fallado y no existe un final a la vista en esa guerra. El presidente Bush se niega obstinadamente a reconocer los hechos en Irak y la creciente oposición a una política que fracasó. *
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