No responder a las provocaciones
A comienzos de abril de este año, los asambleístas de Gualeguaychú –militantes ambientalistas que han convertido su protesta en causa nacional con la anuencia de las autoridades argentinas– llevaron a cabo una acción peligrosamente irresponsable. Efectivos de nuestra Prefectura descubrieron obstáculos colocados en el canal principal de navegación del río Uruguay en un claro intento de sabotaje que podría haber tenido consecuencias funestas incluso para naves argentinas o de otros países.
Por aquellos días habíamos escrito la siguiente reflexión que, casi seis meses después, mantiene toda su vigencia.
«Nadie ignora que los fundamentalismos son peligrosos. Gracias a ellos, han muerto millones de seres humanos a lo largo de la Historia por razones religiosas, raciales, o de la índole que sea, capaces de justificar atropellos y atrocidades varias. El absurdo conflicto que nos enfrenta desde hace más de un año con los hermanos entrerrianos tiene un fuerte componente fundamentalista que los está obnubilando a niveles alarmantes.
La causa ecologista y medioambientalista es sin lugar a dudas una causa noble. Responde a una toma de conciencia de los peligros que genera la actividad irresponsable del ser humano y trata de alertar a los pueblos y a los gobernantes sobre la importancia de respetar la naturaleza y velar por su equilibrio. Intenta rescatar el valor de la calidad de vida y propone el desarrollo sustentable contra el crecimiento demencial a cualquier precio.
Ahora bien, cuando la militancia ambientalista se convierte en fundamentalista, pierde todo componente racional y se torna altamente peligrosa. Es lo que ocurre con las famosas ‘asambleas’ de Gualeguaychú, instancias que en un principio exhibían un carácter saludable de pueblo movilizado que advertía a los gobiernos sobre la posibilidad de que la industria pastera a instalarse en Fray Bentos llegara a contaminar el río y el aire atentando contra el medioambiente.
Pero a medida que pasa el tiempo, los inocentes ambientalistas se han convertido en peligrosos soldados de un fundamentalismo disfrazado de ecologismo y mezclado con un nacionalismo ramplón y un patrioterismo abyecto».
Pues bien, con el paso del tiempo, lejos de haberse apaciguado, la hostilidad piquetera se ha exacerbado; y parece ir en un crescendo incontrolable a medida que se aproxima inexorablemente el comienzo de la actividad industrial en la empresa finlandesa.
Es preciso destacar, también, la actitud negativa del gobierno argentino, cuya pasmosa pasividad ante los piquetes dio luz verde a los desbordes, pero que, además, observó un comportamiento rígido, inflexible, con declaraciones públicas que en nada ayudaron a serenar los ánimos y buscar vías de soluciones pacíficas al conflicto.
Pero lo grave sigue siendo la postura bravucona y patoteril de los «ambientalistas», quienes tuvieron la osadía de adentrarse en aguas territoriales uruguayas en ocasión de la inauguración del puerto de Nueva Palmira, en una actitud francamente provocativa. Y para colmo, no hay, desde la vecina orilla, ni un gesto en el sentido de impedir actos de violencia; ni advertencias ni medidas disuasorias.
De ahí que toda la responsabilidad para evitar acciones de funestas consecuencias recaiga exclusivamente sobre las autoridades uruguayas. Confiamos en la prudencia de nuestros gobernantes y, sobre todo, en su capacidad para desestimular todo intento de respuesta a la provocación. *
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