Los sobres amarillos del USIS

El lunes 20 se publicó una nota que resume algunas conclusiones de la investigación histórica de Roberto García sobre la invasión a Guatemala de junio de 1954, en relación con Uruguay y particularmente con las campañas de prensa. La invasión de Castillo Armas fue organizada, armada y pagada por el imperio y siguió un plan maestro trazado por la CIA, que derribó al gobierno democrático del coronel Jacobo Arbenz, sucesor del de Juan José Arévalo, surgido de la revolución de octubre de 1944. No les perdonaron haber expropiado los latifundios de la United Fruit para hacer realidad la Reforma Agraria y entregar la tierra a los campesinos e indígenas. La invasión había sido anunciada por John Foster Dulles, el estólido secretario de Estado yanki, en la X Conferencia Interamericana de Caracas en marzo 1954. En esa instancia rayó a gran altura el guatemalteco Guillermo Toriello, canciller de la dignidad de América. Casualmente, en uno de los facsímiles del diario El País de Montevideo que acompañan la nota señalada (del 6 de marzo de ese año) se denigra a Toriello en el mismo lenguaje de Foster Dulles. El hermano de éste, Allen Dulles, era el director de la CIA, y ambos accionistas prominentes de la United Fruit. La CIA no sólo montó el aparataje de la invasión mercenaria, sino que además creó el clima propicio a la misma en el continente mediante un intenso despliegue mediático y el concurso de la prensa del gran capital. Ese es objeto primordial de la investigación, referido especialmente a Uruguay, pero también en conexión con otros países como Chile, a través del diario El Mercurio, que habría de ser 19 años después el panegirista del golpe en Chile.

La campaña se inscribía en los marcos de la cruzada anticomunista y antisoviética mundial, presentando a Guatemala como cabeza de puente de la «infiltración comunista» en América, como se haría después con Cuba (previo a Bahía de Cochinos), con la República Dominicana (previo al desembarco de los marines en abril de 1965) y con Chile en ocasión del pinochetazo. En Uruguay desempeñaron un papel descollante en esta variante sucia de la guerra psicológica El País y El Día, también La Mañana. Se demuestra que la CIA y sus oficinas de información proveían de materiales, incluso editoriales, que los diarios señalados reproducían, sin firma, como propios. Se dio el caso de que un material publicado un día en uno de ellos era reproducido por el otro al día siguiente, ocultando la procedencia. Del mismo modo se nutrían programas diarios de radio, como La prensa en el aire, que contaban con la presencia infaltable de Diego Luján, secretario de redacción de El País, junto a Juan Miguel Delgado Reyes, de El Día, y mascaritas conocidas como Plinio Torres y Omar Ibargoyen bajo el rótulo de Movimiento Antitotalitario. Además Diego Luján agregaba otros materiales de su cosecha, oficiando de bien mandado perfecto, y se vanagloriaba adjudicándose la autoría de una serie de artículos de la misma ralea. También hacían tándem con El Mercurio de Santiago, el espécimen más execrable de la prensa fascista, reunidos todos ellos en el regazo de la SIP, la Sociedad Interamericana no de Prensa sino de propietarios de los diarios.

La publicación de la nota mencionada, y un contacto con el investigador, me llevaron a recordar cómo habíamos encarado este tema en su época. Fui a buscar un artículo mío publicado en el Nº 9, de julio 1958, de la revista Estudios, dirigida por Rodney Arismendi. Se titula «Cien campanas movidas por un solo hilo», en alusión a una frase del gran socialista francés Jean Jaurès (fundador de L’Humanité, asesinado en vísperas de la primera guerra mundial) sobre la «gran prensa». Decía así, bajo el subtítulo «Los buenos oficios del USIS»:

«La embajada de EEUU ­a través de su oficina de prensa, radio y TV­ provee directamente de materiales ideológicos y de noticias de fuente yanki a los diarios metropolitanos, los que llegan en cantidad copiosa a través de los conocidos sobres amarillos. Tiene montado un servicio, en el mismo sentido, que remite regularmente a todos los periódicos del interior. Organiza y paga una audición radial (ayer La Prensa en el Aire, ahora Hoy en el mundo) de contenido definidamente anticomunista a cargo de los secretarios de redacción de algunos diarios. Más de una vez, con la correspondiente reproducción facsimilar, se ha demostrado que artículos insertados como notas de redacción en diversos diarios capitalinos, eran materiales proporcionados por el USIS, a los que se había despojado de la sigla denunciadora de su origen. El caso más revelador fue el del editorial publicado por el diario El Plata en ocasión del frustrado Congreso Mundial de Periodistas que habría de tener lugar como sede nuestra capital, en 1956: se probó que ese editorial reproducía ­con el agregado de un breve acápite­ un material proporcionado por una embajada extranjera. En esos días, El Día, El Plata y El País publicaban en serie los mismos brulotes prefabricados contra el Congreso Mundial de Periodistas».

Se señalaba luego la vinculación directa entre esa oficina de la embajada yanki, a cargo de Luis A. Ferreyra («el pelado Ferreyra») con los secretarios de redacción de los diarios y con las radios, y que llegaba incluso a la secretaría de prensa del Consejo Nacional de Gobierno, cuyo jefe, Eduardo Campos, participaba en La Prensa en el Aire y en sucesivos Congresos Anticomunistas en Río de Janeiro y Lima. Se mencionaba también a la SIP, que funcionaba bajo liderato estadounidense y cuyo personero era Jules Dubois, coronel del FBI y conocido provocador.

En aquellos años trabajaba con nosotros un periodista profesional de La Tribuna Popular, Hernán Píriz, que colaboraba en la vieja Justicia (con quien entrevistamos al Che en Punta del Este y que falleció en el exilio en Bulgaria). El había tomado contacto con los famosos sobres amarillos, y publicó un facsímil de su contenido junto a un editorial de El País. Eran idénticos.

Mi nota en Estudios llevaba el siguiente epígrafe: «La cosa no estriba en saber si debe existir o no la libertad de prensa… sino en si la libertad de prensa constituye el privilegio de algunas personas, o si ella es privilegio del espíritu humano» (CARLOS MARX en La Nueva Gaceta Renana, 1842). *

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