Por una democracia cada vez más justa y participativa

En las democracias, las revoluciones son casi siempre obra de los demagogos.

ARISTÓTELES

P or suerte en el Uruguay, pese a las carencias que todos advertimos, las grisuras y las miserias de una sociedad que todavía no ha revertido la tendencia centífruga de la población que, en un irreversible inconformismo, sigue en la onda de irse, vivimos en una consolidada democracia.

Y ello, más allá de ese inconformismo agrisado de grandes sectores, importa, porque la democracia es la forma de convivencia más adecuada al ser humano. Los uruguayos que vivimos el período de la dictadura en que se conculcó la mayoría de las libertades y la tiranía llegó a niveles de una insoportable violencia, somos personas autorizadas para hablar de ello con propiedad.

Hay que recordar cómo aquí se separó a la población en sectores ideológicos, los impolutos, clase A, los manchados, clase B y los réprobos, clase C, a quienes se los perseguía y ni siquiera podían conseguir trabajo en empresas privadas.

El Uruguay en que se exigía a los liceales el pelo corto y a las niñas la pollera por debajo de la rodilla, en una rémora de la mentalidad del falangismo franquista. Un régimen que prohibió libros, borró a artistas, cerró medios de comunicación por decenas. Y ni hablar de la represión, la tortura y la muerte.

Hoy vivimos una democracia imperfecta, llena de claros y oscuros, de problemas sociales, de mecánicas económicas distributivas que no funcionan con la suficiente celeridad pero que se irán aceitando para que los beneficios del crecimiento se expandan y se multipliquen a la mayoría de la sociedad.

Los caminos reformistas emprendidos por el gobierno tienen, evidentemente, un sentido redistributivo que, más allá de su implementación adecuada, buscan el objetivo de la mejora colectiva.

Por ello, más allá de los éxitos y fracasos coyunturales, debemos quebrar lanzas por el camino emprendido, por diversas tareas en materia de obras públicas que se han emprendido y otras, vinculadas a solucionar los problemas energéticos del país ampliando las matrices productivas y abriendo a la interrelación con el sector privado para la producción de energía en base a sistemas limpios.

Por ello es importante el análisis que se realiza de la coyuntura internacional que, al parecer, seguirá siendo favorable a los países productores de materias primas, por un largo tiempo más, especialmente porque los procesos de crecimiento de China e India siguen adelante sin pausa, pese a que las convulsiones en el mercado hipotecario de EEUU determina preocupaciones en países, como Uruguay, que tienen un subido comercio de carne con el país del norte.

Todo este panorama relativamente positivo para señalar la torpeza infantil de quienes no advierten los cambios, que siguen consolidados en un pasado que ya murió y quieren restaurar viejas consignas que hoy no tienen lugar, ni sentido.

Lo importante es defender la democracia, hacerla cada vez más perfecta, más justa y participativa. Por supuesto que los que creen que el país recorre el camino contrario tienen todo su derecho en expresarlo, pero es bueno ir a la afirmación de Aristóteles, quien en pocas palabras pudo reseñar un concepto que nos parece puntual. ¿Qué buscan quienes ven todo mal y quieren recrear el pasado?

Evidentemente expresan un camino demagógico que busca enganchar descontentos, incautos o distraídos. Es una campaña negativa que tiende a romper lo que se construye, aunque haya elementos positivos indiscutibles. *

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