¡Hundan al Bismarck!

Tal fue la orden de Churchill, después de que el acorazado alemán demostró quién era el dueño de los mares, cuando con una sola salva hizo volar por los aires a su homónimo inglés el también acorazado Hood.

El Bismarck, con sus 51.000 toneladas, era el buque militar más grande y mejor armado del mundo. Era tan imponente que equivalía a una flota entera. Por eso, para su conducción, a bordo había un almirante, para decidir en lo estratégico, y un capitán de navío que se responsabilizaba de la operativa táctica.

Para cumplir el mandato del Primer Ministro británico se requirieron 8 acorazados, 2 portaaviones, 4 cruceros pesados, 7 cruceros ligeros, 21 destructores, 6 submarinos y 100 aviones. El Bismarck fue echado a pique el 27 de mayo de 1941 después de tres días de combate.

Los ingleses, con hidalguía reconocieron, en las palabras del almirante Sir John Tovey, que: «El Bismarck ha librado una batalla extremadamente heroica contra un adversario muy superior, mostrándose digno de las más bellas tradiciones de la antigua Marina Imperial. Se ha hundido enarbolando su pabellón».

Al acorazado Ancap también lo han querido hundir. Pero el almirante Lepra y el comandante Martínez lo están impidiendo, y Dios mediante Ancap seguirá a flote. Pero los jerarcas están conscientes de que los intentos no han cesado. Más aun; que continúan y continuarán.

La creación del «acorazado Ancap» nació en la mente del presidente José Batlle y Ordóñez, influido por personalidades como Eduardo Acevedo y Domingo Arena que habían apostado a un Estado industrial y empresarial, convencidos de que en Uruguay no había una burguesía lúcida, capaz de transformar al país pastoril en una Nación autárquica. De tal modo, don Pepe firma en 1921 el monopolio de los alcoholes y carburantes para el Estado, pero será su sobrino, Luis Batlle Berres, quien como honor póstumo a su tío, presentará el proyecto que lograría que en 1931 sea aprobada la Ley 8764 que autoriza la construcción del «acorazado Ancap» ­para defender al país­ como reza su lema, del oligopolio petrolero mundial. Los comienzos del organismo fueron difíciles porque las empresas ya establecidas se negaban a venderle sus productos. La llegada providencial de la agencia comercial soviética Iuyamtorg permitió al ente adquirir combustible mientras se construía la refinería, que comenzada en 1934 estuvo lista para operar en 1937. En 1933 el presidente Gabriel Terra daba un golpe de Estado. En 1936, un desconocido diputado colorado de nombre Baltar, logra que se aprobara una ley que le quitaba el monopolio a Ancap, para repartirlo con las multinacionales del petróleo. El acorazado Ancap recibía su primer torpedo. No será la única avería debajo de la flotación. Seguirán otras, tales como la concreción de una asociación ruinosa con la empresa cementera de la empresaria argentina Amalia Fortabat en 1999. O como la hecha con una destilería escocesa que resultó ser la fachada de otra japonesa, que se encargó de borrar a Mac Pay del mapa ese mismo año. O la peor de todas, en 1998, cuando el directorio, aconsejado por una consultoría formada por estafadores españoles, adquiere la red de estaciones de servicio argentina Sol Petróleo, que estaba fundida. En el año 2002 ­un nuevo torpedo- la ley 17.448 embiste contra Ancap, quitándole totalmente la autonomía. Los tripulantes del «acorazado Ancap» se movilizaron, y con el apoyo masivo de la población, consiguen que el 7 de diciembre de 2003 caiga la ley privatizadora.

Pero el peligro no ha pasado porque la intencionalidad sigue presente. Y su lema sigue siendo: «Hundan al Ancap». Lo que sí ha cambiado es la modalidad operativa. Que lleva a los centros del poder reaccionario ­los de adentro y los de fuera de fronteras- a variar cualitativamente la modalidad de los ataques. Ahora se demoniza a los gobiernos populares con el mote de «populistas», comenzando ­claro está- por Hugo Chávez, seguido de cerca por Evo Morales. Uno, mestizo. El otro, indio aymara. Todo un festín para el racismo apenas encubierto de las oligarquías opositoras.

Como en un videojuego, un grupo de legisladores de los partidos tradicionales uruguayos decide hacerle la cirugía plástica a un suceso argentino de modo que los incautos crean que es un hecho uruguayo.

Dos días antes de la visita del presidente Chávez a la República Argentina, un avión privado alquilado por jerarcas argentinos relacionados con la petrolera estatal argentina Enarsa y con la filial de la venezolana Pdvsa aterriza en Buenos Aires. En el avión se «ha colado» un señor muy alto y muy obeso, de ciudadanía ambidextra, por cuanto tenía pasaportes tanto de Venezuela como de los EEUU, de nombre Antonini Wilson, residente en una privilegiada zona de Miami. Que en su mano derecha portaba un maletín ejecutivo.

El avión de marras, un lujoso Cessna, había tomado tierra el 4 de agosto en el aeroparque de Buenos Aires. Allí la aduana revisa en exclusividad al gordo señor, a quien le encuentran 800.000 dólares USA. El dinero es incautado y el venezolano, que no es detenido, viaja a Uruguay y luego desaparece.

En el programa televisivo del periodista Santos Biassotti del día 21 de agosto a las 22.00 horas un nutrido grupo de legisladores de todo el arco político argentino hizo la disección del suceso, con demagogia y severidad. No quedó nadie, de Kirchner para abajo sin salpicar. Pero persona alguna, en ningún momento relacionó lo acontecido con Uruguay, menos con Ancap y por supuesto tampoco con el ingeniero Martínez, su presidente.

Llama poderosamente la atención, que dos parlamentarios compatriotas, uno de cada partido tradicional, en plena coalición rosada, como en un videojuego (disparen sobre Martínez) decidan hacerle cirugía plástica al suceso, y travestirlo en uruguayo para engañar a los incautos. Aunque es argentino, porque argentinos fueron sus protagonistas, argentino el avión que los llevó y argentinos los que autorizaron el viaje del señor de la maleta. Usan un remedo de silogismo, mezcla de Jorge Batlle con Vaz Ferreira, que es más o menos así: Los amigos del gordo Antonini son todos unos ladrones y corruptos del primero al último. Martínez es amigo de Antonini. Ergo. Martínez es sospechoso de corrupción. Y toman como base del infundio, las palabras del jefe de gabinete del vecino país Alberto Fernández, un señor que se ha caracterizado por su fobia antiuruguaya. Para estos diputados compatriotas Alberto Fernández ha pasado a ser el nuevo oráculo de Delfos. Y como el oráculo dijo que el affaire Antonini es un asunto uruguayo, pues uruguayo debe ser.

Para finalizar, unas reflexiones, que aunque parezcan descolgadas hacen al problema.

En sicología, palabras como «imbécil»o «idiota» no son insultos sino edades mentales. Si una persona de 50 años actúa como una criatura de 2, es imbécil. Si como uno de 4 es idiota. Cuando en sicología se compara la maldad con las patologías derivadas de la imbecilidad o la idiotez, en función del daño colateral que provoca, se llega a la conclusión de que daña menos el malo que el idiota. Porque el malo, por serlo se sienta en su automóvil y le pasa por encima a su enemigo más odiado. Está en la lógica de la maldad.

El imbécil, se sienta también en su automóvil y como su imbecilidad lo hace irresponsable atropella y mata a 15 persons. De ahí la opción que la cátedra hace por el malo. Esta patología que fue pródiga en la pasada dictadura, destruyó a decenas de seres humanos y desquició el aparato económico. A 34 años de la finalización del gobierno de facto ­y a pesar de nuestro inveterado agnosticismo- rogamos al cielo que la democracia haya barrido con los últimos restos de la epidemia. Que todo sea para bien. *

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