Un grande: Juan José Ramos
Como muchos uruguayos, conocí a Juan José Ramos luchando por sus derechos de manera efusiva y con mucha, mucha garra. Convencido de sus ideas, muchos lo vimos en la televisión cuando increpaba a un empleado de una multinacional de seguros por no acatar una medida gremial. Lo vi, como todos los uruguayos, en las puertas de un banco de la Ciudad Vieja en una huelga de ese banco, ofuscado, contrariado por la decisión de la empresa ya que él entendía que se afectaban derechos laborales. Lo hacía de manera vehemente.
Hasta ese momento vi a un personaje que ejercitaba de manera muy impetuosa, apasionada, y diría que hasta fuera de lo común, sus derechos. No me gustaba. Debo ser sincero. Fui crítico y realmente no me caía bien. Yo, hasta el año 2000 trabajaba en una firma de abogados de la que alguno de sus integrantes había sido declarado persona no grata para AEBU a través de gestiones de Juanjo. Era lógico que Ramos no me cayera en gracia.
Todo cambia cuando lo conocí. Cambié, luego de juzgar en forma negativa al histriónico dirigente sindical, cuando desentrañé a la persona, a Juanjo, al Gordo, al Amigo Juan José Ramos. A partir de ese momento, lo consideré un Grande.
De las cosas que le agradezco a la vida, fue la oportunidad que me concedió Jorge Batlle de acompañarlo como prosecretario de la Presidencia durante el período 2000-2005. Hoy, distanciado políticamente del doctor Batlle, sin embargo le estoy y le estaré agradecido eternamente por lo que me permitió aprender. En esa posición pública recordé nuevamente lo agradable que es apreciar lo bueno y lo malo de la vida, a reconocer las personas por detrás de las ideas, a encontrar amigos sin importar lo que dijeran o hicieran, y sobre todo a buscar lo esencial por encima de las apariencias, es decir a separar la paja del trigo.
En ese marco, la crisis del año 2002, la peor que todos los que hoy habitamos este país recordamos, me permitió desenmascarar al otrora personaje televisivo que yo, como muchos uruguayos, conocía como Juanjo Ramos. Todos mis preconceptos por suerte cambiaron ya que allí descubrí a un Gran Uruguayo, a un Grande, a un ser cariñoso, comprensivo y efervescente. Si hay algo que puedo decir con propiedad, es la importancia que tuvo la colaboración del gobierno de Estados Unidos de América al Uruguay en la salida de la crisis financiera. Sin lugar a dudas esa ayuda fue importante, pero fue dinero, nada más que dinero. Faltaba algo, un intangible, algo invaluable e insoslayable: el aporte en valores. Ese aporte vino de la mano, al igual que de muchos otros uruguayos, de Juanjo. Juanjo Ramos fue clave. Juanjo fue decisivo. Juanjo no midió costos y vaya si los pagó. Para él, estuvo primero el país, y luego los intereses sindicales. Para él primero estuvo la estabilidad, luego él y su familia.
En los meses previos a lo que fue la salida definitiva a la crisis bancaria, y lo mas importante, en los posteriores, Juanjo fue una de las claves silenciosas de la calma en la tormenta financiera. Fue el tranquilizante en los momentos de la crisis nerviosa. Fue la persona que se acercó, en silencio, pero con decisión a ayudar. Lo acompañaron Lalo Fernández y otro amigo que fue quien me lo presentó, Mario Bergara. Me pidieron que facilitara una reunión con el Presidente Batlle para colaborar con una pronta salida de la crisis. Lo recibimos, junto al Presidente Batlle, en Suárez. Conversamos mucho. Juanjo necesitaba ayudar, aportaba ideas, consejos y sobre todo apoyo.
Pero su afán de ayudar no comenzó en ese momento, sino en diciembre de 2001, cuando se despertaba la crisis de liquidez en el Banco Galicia y era necesario bajar la pelota al piso; Juanjo lo hizo. Trató, aunque sin éxito, en la medida de sus posibilidades que la gente se tranquilizara y no siguiera la sangría de los depósitos. Apareció un paro bancario por razones circunstanciales que la verdad no recuerdo, pues la razón real era que durante al menos un día la gente no sacara los dineros del banco.
No teníamos a simple vista muchas cosas en común. Hasta que yo lo conocí. Allí descubrí que compartíamos lo más importante en la vida: valores. Creo que los dos compartíamos algo mucho más importante que los colores de un cuadro de fútbol, como es amor al país y a la libertad.
Tengo muchas anécdotas de Juanjo que lo colocan en la categoría de un Grande.
Cuando se aprobó la ley que permitió el levantamiento del feriado bancario, en un frío fin de semana de agosto de 2002, nos encontramos en el Parlamento. El quería que sus compañeros, los afiliados a AEBU, mantuvieran sus puestos de trabajo. No fue posible todo lo que él pretendía; sin embargo, apoyó la ley que a la postre fue el comienzo de la solución al saneamiento del sistema bancario. Se quedó con la sangre en el ojo, pero con entereza apoyó al país.
En diciembre de 2002, cuando comenzaba a asomar la salida a la crisis financiera, aun cuando faltaba lo más duro, que era la negociación de la deuda soberana con los organismos internacionales, me lo encontré en la calle. Creo que fue un 23 de diciembre; yo iba por la Avenida Batlle y Ordóñez y nos saludamos. Paró su auto y yo el mío. Conversamos y me pidió que acompañara al «Flaco» Atchugarry, que lo veía solo en el Ministerio de Economía. «Ayudalo», me dijo. «¿Por qué?», pregunté. «Hay mucha gente queriendo que las cosas no le salgan», me contestó. Me transmitió algunas ideas para que se las comunicara a Alejandro.
A fines de enero de 2003, al surgir una nueva corrida bancaria, que pudo poner en jaque la débil estabilidad alcanzada, junto a Esteban Valenti y Juanjo dijimos que había que ayudar a parar esa sangría. Juanjo salió a la prensa y tras desenmascarar un intento de conspiración la situación recobró la normalidad. Nunca supe si realmente tales causas fueron las que ocasionaron la mini corrida bancaria, pero lo que sí sé es que Juanjo ayudó a detenerla. Su palabra, a esos efectos, fue más creíble para los uruguayos que la de cualquier autoridad pública.
Más de una vez conversamos sobre la instrumentación del famoso 3 por 1. Es decir, que cada tres funcionarios que abandonan la función pública ingresa uno de los que están en el seguro de desempleo bancario. Mucho luchó por eso y aun hoy resta instrumentar una salida final al tema. A mí me gustó colaborar con él y su sindicato. No porque me sintiera parte de su organización, sino porque me parecía que era un imperativo ético colaborar con una persona y con un gremio que él lideraba, que tanto habían aportado a la estabilidad y la democracia del Uruguay.
Luego de eso, hablamos más de una vez sobre temas poco importantes para el país, pero para mí muy relevantes. Ya estábamos en 2005, yo volvía a la actividad privada. Me dio consejos y sobre todo apoyo espiritual en un proyecto profesional que yo estaba emprendiendo. Me dio algo que él no tenía: tiempo.
Cada tanto hablamos telefónicamente, sólo para saber cómo estábamos y cómo iban las cosas del país. Para mí fue muy lindo que alguien que en el pasado era un dirigente sindical de quien yo estaba lejos, se hubiera convertido en un amigo. Antes de conocerlo, y en la actividad privada, para mí Juanjo era prácticamente una especie de diablo. Luego de que lo conocí Juanjo pasó a ser un referente, un amigo, un Grande.
Hace dos meses, cuando el actual gobierno junto a organismos internacionales organizaron un evento para analizar la salida de la crisis bancaria, Juanjo era uno de los expositores. No concurrió; por primera vez no pudo estar. Allí me enteré de que estaba luchando contra una maldita enfermedad, luchando, una vez más, por la vida y sus ideales.
Después de eso hablamos telefónicamente dos veces más. Una de ellas, me llamó para tratar de entender el rol que en la crisis de 2002 habían tenido Alejandro Atchugarry, Alfie y Davrieux (estos dos últimos negociaban los términos técnicos de la salida). Para Juanjo, al igual que para mí, la salida de la cris
is fue política. La salida fue entre políticos y gracias a la política con Mayúscula. La colaboración de Estados Unidos de América fue una decisión política de ayudar a nuestro país y a nuestro Presidente. Juanjo formó también parte de esa salida política. El quería escribir una nota periodística para resaltar eso y demostrar que la queja que algunos integrantes del Partido Colorado habían manifestado a los organismos internacionales por no haber sido invitados al evento antes mencionado, era una demostración de algo menor. El quería demostrar algo que trascendía el ego de los pequeños, quería hacer saber que en la democracia lo importante es la política y no los tecnócratas. Quería, y lo comparto, demostrar y evidenciar que sin políticos no hay democracia ni salidas a los problemas. Sin políticos y sin partidos políticos. Ya conocía al luchador, al liberal, al sindicalista, en ese momento conocí al republicano. Juanjo era un gran republicano, de los que luchó por la democracia en momentos difíciles.
La última vez que hablé con él fue hace unos pocos días, cuando él creía haber ganado su lucha por la vida. Lo llamé. Me preocupaba el Decreto que sobre principios de julio de 2007 había emitido el Poder Ejecutivo derogando en forma genérica las exoneraciones fiscales de aportes patronales a organizaciones sociales, como las ONG y otras organizaciones, como los sindicatos. A mí me preocupaba el impacto que el Decreto tenía en las ONG y sabía que en Juanjo podía encontrar un aliado para ayudar a cambiar la situación. Sé que hizo algunas llamadas telefónicas. En ese momento me comentó que estaba mejor y con ganas de seguir luchando.
El jueves 16 de agosto me enteré de su muerte. Me pegó duro, como a muchos. Sin embargo, me motivó a recordarlo, a rendirle mi homenaje, basado en mis sentimientos. Un homenaje a la vida por la que él lucho. Quiero agradecer a Juanjo lo que me enseñó. Agradecer su calidad humana, su claro compromiso democrático y republicano. Quiero agradecerle a Juanjo su amistad y sus consejos. Quiero, mediante estas líneas, homenajear a Juanjo y a lo que él representó. Quiero decirle a su familia, en especial a sus hijos, a quienes no conocí, que Juanjo dejó mucho: valores, amigos y sobre todo una enseñanza: hay que luchar siempre por lo que uno quiere y siente. Gracias, Juanjo. Para mí fuiste un Grande. Para el Uruguay un ejemplo a seguir.
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