De Hiroshima a Nagasaki
Con sólo tres días de diferencia, entre el 6 y el 9 de agosto de 1945, la humanidad toda, y en especial el pueblo japonés, vieron destruirse dos ciudades, y morir y quedar moribundos, quebrados sus huesos, calcinados por la tremenda ola de viento y fuego a cientos de miles de personas, víctimas de las explosiones atómicas en Hiroshima y Nagasaki.
La Segunda Guerra Mundial terminaba, con la aplastante victoria de los Aliados, Estados Unidos, Unión Soviética, Inglaterra y otros países. Derrotados Italia, la Alemania nazi, derrotada por la Unión Soviética y otras fuerzas Aliadas, quedaba en guerra solamente Japón, cuya caída era también inevitable, asediado por las tropas norteamericanas.
No se necesitaba en ese momento que dos bombas atómicas destrozara a esas ciudades y sus habitantes. Pero había que probar el tremendo impacto de esa arma, y los jefes políticos y militares no dudaron en hacerlo.
A 62 años de esos acontecimientos vale la pena recordarlos. A pesar de no desarrollarse otra guerra mundial, la humanidad ha vivido permanentemente amenazada por conflictos que pudieran desembocar en una guerra nuclear.
Esa perspectiva lleva encerrada en sí misma la idea de la extinción de la vida y la especie humana.
Como dice el pensamiento de Arthur Koesther:
«Desde los albores de la conciencia humana hasta el 6 de agosto de 1945, el hombre tuvo que vivir con la perspectiva de su muerte como individuo.
Desde el día que la primera bomba atómica eclipsó al sol en Hiroshima, la humanidad entera ha tenido que vivir con la perspectiva de su extinción como especie».
Una explosión nuclear
La explosión nuclear producida por una bomba, varias veces mayor que la de Hiroshima, pero también muchas veces menor que la que transportan los submarinos atómicos Trident, de los Estados Unidos, ocasionaría, de caer en el centro de una ciudad un poco mayor que Montevideo, la devastación de una zona de 180 km de radio, es decir, llegaría a Colonia al W., pasaría Punta del Este al E. llegando a cerca de Durazno por el N. Produciría en la población 250 mil muertos, 500 mil heridos graves motivados por el soplo atómico (vientos de más de 1.000 km/h) tales como fracturas óseas, graves lesiones en los tejidos blandos, lesiones del aparato respiratorio, desprendimientos de retina, y heridas debidas a las radiaciones con síndromes agudos y efectos retardados. Pensando en concentraciones urbanas como Buenos Aires, San Pablo o Lima, habría un costo millonario de víctimas.
Sin llegar a estas consecuencias terribles, la guerra continúa en muchas partes del mundo, llenando de muerte y destrucción a países como Irak, Afganistán, regiones de África, Palestina, zonas de Colombia y otras.
Los mismos responsables de Hiroshima y Nagasaki comandan la actual escalada de guerra y violencia en el mundo.
La educación para la paz
No debemos permanecer indiferentes ante esta situación. Debemos contribuir a desarmar las mentes humanas.
Lamentablemente, reina en el mundo, y cuánto más desarrollado y civilizado es más, la cultura de la violencia. Juguetes, videojuegos, revistas, películas, libros estimulan, fomentan, alaban la destrucción, la muerte, el armamentismo, el destruir al enemigo, el poner sobre todas las cosas el interés mezquino de cada uno.
Cómo dice el magnífico cantautor rosarino Víctor Heredia en su canción Aquellos soldaditos de plomo, «de pequeño yo tenía un marcado sentimiento armamentista». Poco hacemos para llenar de ideas de paz, amor, fraternidad, solidaridad, la mente de nuestros muchachos.
No pueden pasar desapercibidas estas fechas, estos acontecimientos.
Debemos trabajar los educadores y todos los medios masivos de comunicación, tan importantes o más que el sistema de educación formal, para construir la paz en las mentes de nuestros jóvenes, los ciudadanos del futuro.
En estos primeros días de agosto de 1997, hace 10 años, un grupo de entre 70 y 80 educadores, al terminar un Encuentro Internacional, con la presencia de educadores de España, México y Argentina, especialistas en la temática, que prestigiaron la actividad, integramos el Movimiento de Educadores por la Paz, en el Uruguay, con el sustento y apoyo que nos brindó la Federacón Uruguaya del Magisterio (FUM/TEP), y nos comprometimos a impulsar en forma permanente estos ideales.
En eso estamos.
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