¡Viva la muerte!
En la guerra Civil Española hubo un general franquista, Millán De Astray, que remató un discurso nada menos que en la Universidad de Salamanca, cuyo rector a la sazón era el gran vasco don Miguel de Unamuno, con un grito exclamatorio: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! El vasco don Miguel respondió de inmediato: que en su larga vida ¡jamás oyó una exclamación tan necrofílicamente repugnante como la expresada por el señor general! Parecería obvio estar de acuerdo con Unamuno.
Peor vemos con asombro no obstante, que en nuestro Parlamento y en varios estratos sociales, clubes, logias esotéricas, e intelectuales varios, el espíritu de Millán De Astray ha revivido, al querer despenalizar el aborto. Nadie puede hasta por sentido común, negar que desde la concepción del óvulo al conjugarse con el espermatozoide en la primigenia célula, no sea un humano conteniendo una vida. En su desarrollo no existe posibilidad alguna que pueda transformarse en otra cosa que no sea un hombre o mujer. A las pocas semanas tiene formas y desde el primer momento late, se nutre cordón umbilical mediante, y aunque incipiente, tiene todos los sentidos.
O sea, es una canallada inaudita, el argumento rebuscado de algunas logias y sociedades ya referidas que se dicen humanistas, que la mujer es dueña de su cuerpo y por ende con derecho a matar la criatura. La madre, es cierto que pueda ser dueña de su cuerpo para hacer lo que se le dé la gana. Pero lo que no puede es disponer sobre el cuerpo de la criatura, que aunque lo tenga en la barriga, tiene vida y alma como ella con el mismo derecho a su legítima existencia. Para los que somos creyentes, sólo Dios dispone el término de vida futuro del feto o embrión.
Si sus padres no lo quieren, hubiesen tenido las previsiones del caso. La iglesia incluso acepta algunos, y no lo hubiesen traído. Así de simple. Tampoco es válido el aserto de la carencia de medios con la miseria y sufrimientos futuros que justifique el aborto del niño. Son meras desgracias presumibles pero que pueden no ser reales. ¿Cómo puede saberse con tanta rigurosa precisión que «ese» embrión o feto será un desgraciado y desposeído de toda felicidad, para justificar el «raspaje» final que termine en una miserable caja de zapatos tirada en un basural? Hay miles de ejemplos de gente útil y próspera, intelectualmente preparada a través de la historia, cuyos orígenes fue en ranchos miserables de campaña o en algún suburbio paupérrimo de grandes ciudades, y han llegado a ser hasta presidentes de la República como antaño sucedió en nuestro propio Uruguay.
Siempre existió el principio fundamental, y hoy está de moda precisamente, el respeto a los derechos humanos y su repudio a la tortura. ¿Dónde quedan entonces, los derechos humanos cuando se arrancan a pedazos bisturí mediante las carnes de un fetito, que no puede expresarse pero siente como cualquiera, en el vientre de su madre? ¿Por qué tiene que dolerme más a mí, ser mayor, o a los defensores aborteros, una tortura física convencional de las tantas producidas, que a un embrión o feto lacerado y ultimado con brutal ferocidad. ¡Asesinos!
¡Yo ni nadie somos dueños de nuestros hijos! ¡Y mucho menos para disponer a nuestro antojo y conveniencia material, de una vida ajena. Y conste, que no toco aspectos espirituales que según parece ni se han tenido en cuenta. Para esta gente, integrantes de logias esotéricas o agrupaciones feministas y sociales, el espíritu no existe.
Y por ende, se considera con «canillas libres» para disponer del feto humano sin remordimientos ni conciencias. ¡Son simplemente bestias feroces! Les preguntaría a estas legisladoras y demás señoras admiradoras del aborto, si alguna vez vieron en una mesa quirúrgica el cuerpo de un fetito inerme ensangrentado pronto para ser «embalado» y arrojado en un baldío para ser comido por las ratas, incluyendo las razones materialistas pero también reales, justo es decirlo, tenemos un país de bajísima natalidad. ¡Somos un país de viejos!
Se necesitan vidas. Hijos de estas tierras que pueblen y desarrollen un futuro de prosperidad. No es despoblando la patria como se sale de las crisis. Y si el argumento es que falta pan en la mesa para justificar el crimen del aborto, es obligación del gobierno facilitar y dar más pan a los comensales en lugar de filosofar sobre revoluciones ideológicas.
En todos estos argumentos, falta uno que nadie de los partidarios aborteros lo enuncia o menciona. Y es el de hacer primar un materialismo brutal y cruel sobre el sentido espiritual de la defensa de la vida. La vida es única y personal de cada ser. Solo el Patrón de Arriba puede disponer de la muerte. Y El solo sabe cuándo le debe llegar. En los hechos, nadie es dueño ni de su propio cuerpo, cuanto más el del embrión o feto.
De lo contrario, con el mismo derecho sobre el niño que se cree tener, que dispongan del propio y se suiciden. ¿A qué no se animan? Lamentablemente, la sombra espiritual o espíritu propiamente dicho del general Millán De Astray, español brutal, hoy vuelve a la realidad vivando la muerte. Nosotros como cristianos, mirando la imagen de la Sagrada Familia, gritamos a «voz en cuello»: ¡Muera el aborto! ¡Viva la vida! *
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