Los jóvenes y la violencia

E l modelo neoliberal ha tenido por efecto el desmantelamiento del aparato productivo, el cierre de fábricas, la pérdida de puestos de trabajo, la disminución del salario real, la concentración de la riqueza, el aumento de la miseria y la exclusión social.

Pero también ha tenido como efecto indirecto un aumento de la violencia en todas sus manifestaciones y en los más diversos ámbitos de la sociedad. No nos referimos solamente a la violencia delictiva, es decir al incremento de los delitos contra la propiedad y la aparición de nuevas formas delictivas. Estamos hablando de una violencia latente que impregna a la sociedad y que está pronta para manifestarse como consecuencia de cualquier circunstancia fortuita bajo la forma de agresiones verbales o materiales.

Muchas veces, esas conductas agresivas están potenciadas por la ingesta de sustancias psicoactivas; pero sería un error atribuir ciertos comportamientos violentos exclusivamente al alcohol u otras drogas. Sin duda que el consumo de pasta base suele operar como potenciador de rencores y descontentos y como disparador de esa violencia latente; pero ver en ello la causa de la agresividad de nuestros jóvenes implica soslayar la etiología del fenómeno, que va mucho más allá.

Cuando campea la inestabilidad laboral, cuando la población económicamente activa oscila entre el desempleo, el empleo precario y el multiempleo, cuando los ingresos no alcanzan a cubrir el presupuesto familiar, cuando se difunde por todos los medios posibles el pensamiento único que aconseja resignarse y promueve el individualismo, la competencia salvaje y el «sálvese quien pueda», puede decirse que los ciudadanos están sometidos a una presión violenta. Son víctimas de una violencia sutil, embozada, que genera desasosiego, impotencia y frustración.

Es en esta realidad que crecen y se desarrollan las nuevas generaciones. Son jóvenes sin horizontes, sin perspectivas, que maldicen inconscientemente el presente que les ha tocado y no tienen confianza en el futuro brumoso que se les ofrece. Entonces, ¿cómo sorprenderse de que sus actitudes y sus comportamientos contengan esa cuota de agresividad de que se quejan los adultos?

Las conductas violentas que se manifiestan en los espectáculos deportivos o en bailes también han comenzado a aflorar en los centros educativos. Cada día con mayor frecuencia la crónica nos informa de situaciones similares que se verifican en las proximidades de liceos u otras instituciones de enseñanza. Y tales hechos de violencia no ocurren necesariamente en zonas empobrecidas, por lo que cabe concluir que el fenómeno es un mal que aqueja a toda la sociedad.

Con buen criterio, las autoridades de la enseñanza han resuelto hacer frente al problema y para ello se están planeando actividades conjuntas con el Ministerio del Interior.

Entendemos que se trata de una decisión atinada pues el problema debe ser abordado sin olvidar ninguna de sus aristas. Es preciso frenar y desestimular los comportamientos agresivos; prevenir la violencia y castigarla. Pero al mismo tiempo es preciso que autoridades, docentes y padres coordinen esfuerzos para comprender el problema y buscar las vías más adecuadas para resolverlo. *

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