Compañero Julio Castro: presente

El 3 de agosto de 1977 fue asesinado el compañero Julio Castro. Sus restos jamás fueron entregados a su familia. Su cuerpo está desaparecido. Lo que jamás desaparecerá es su ejemplo de vida. Hoy como ayer se yerguen invencibles sus ideas, su obra, su acción, como testimonio de aquellas luchas, nuestra lucha, desafiantes al tiempo.

Hijo del pueblo, maestro, constructor y albañil de sociedades más justas, más solidarias, más humanas.

Al igual que tantos desparecidos, militantes que entregaron su vida siendo coherentes con sus ideales la palabra y la acción, aún se encuentra haciendo una tarea más por los compañeros. Nos señala el camino por el cual tendremos que transitar para que se conozca la verdad. Sólo la búsqueda incesante de la verdad y los restos de estos compañeros atenuará el dolor.

Referirse a la obra de Julio Castro implica enfrentarse a una personalidad polifacética. Nacido el 13 de noviembre de 1908 en el Paraje La Cruz, próximo a la ciudad de Florida, concurrió a la escuela Rural Nº 9 de Pintado junto a sus diez hermanos, hijos de productores rurales. Fue maestro, director de escuela, subinspector de Enseñanza Primaria, inspector departamental de Montevideo, profesor de Filosofía en los Institutos Normales, autor de diversas obras sobre educación y pedagogía, sindicalista y activo participante de recordados congresos de maestros en los años cuarenta y cincuenta, consejero técnico en la Unesco, periodista -profesión que emprendió con pasión y que ejerció como otra forma de docencia-, fundador del Diario El Nacional, el Semanario Acción y el periódico Marcha, candidato a legislador, y productor rural entre otras actividades que desarrolló.

En estas notas queremos detenernos en su manera de concebir la educación rural.

En el año 1945, orienta e integra la primera Misión Socio Pedagógica realizada en Caraguatá, departamento de Tacuarembó. Acompañado de 20 estudiantes de los Institutos Normales y de la Facultad de Medicina, comienza a aplicar desde la praxis su teoría pedagógica. Este hecho constituye un referente ineludible para las prácticas que se desarrollaron posteriormente. Y he aquí una primera peculiaridad de su pensamiento pedagógico: la realidad cultural y socioeconómica fue siempre el cimiento donde se asentaban sus reflexiones.

La dura realidad del interior profundo con que se encontraron esos estudiantes, acompañada de varios artículos que publicó Julio en «Marcha», conmovieron a la sociedad uruguaya. Uno de sus artículos expresaba: «Los misioneros se encontraron frente a una realidad que se expresaba por sí sola con irrebatible elocuencia. Aprendieron allí, de golpe pero eficazmente, las contradicciones de nuestro mundo económico. Entre vacas y sin carne; entre ovejas y muriendo de frío; en el campo y sin agua; con la escuela próxima y no pudiendo ir a ella por falta de ropa. Aprendieron también que la escuela debe hacer otras cosas antes que enseñar a leer y escribir».

Al igual que en el presente, en que sectores reaccionarios se sienten inquietos por este tipo de homenajes, por ese entonces se acusaba a Julio Castro de que estas Misiones pretendían agitar a los estudiantes con fines ideológicos.

Castro visualizaba que el analfabetismo, así como la falta de aprendizajes efectivos en los niños situados en el campo, no constituía meramente un problema cultural o educativo, sino que fundamentalmente se trataba de una cuestión social, una consecuencia económica y política.

En su informe «La alfabetización en el desarrollo económico del Perú» expresó: «Cuando en una comunidad campesina de la Sierra se enseña a leer y escribir a gentes que duermen en el suelo, comen poco y mal, tienen un solo vestido que no pueden cambiar ni para lavarlo, habitan una choza miserable, usan arado de palo, viven aislados en lo alto de las montañas, ¿se están atacando las carencias en un orden correcto de prioridades? El hecho de saber leer y escribir, ¿modifica en algo la vida del campesino cuando las demás condiciones permanecen intocadas?».

Para su acción pedagógica sobre el medio rural concibió a la escuela pública como un eficaz instrumento social transformador, que coadyuvara a elevar el nivel de vida de los habitantes del medio rural.

Concebía además a la Escuela Rural asociada a la producción, no pensada en términos económicos, sino vinculada a la dignificación del trabajo como actividad constitutiva de los seres humanos. Por esa razón se oponía frontalmente a las concepciones desarrollistas de la educación derivadas de la Teoría del Capital Humano.

Uno de los homenajes que podemos tributar a Julio, es reflexionar sobre la forma en que hoy, en nuestro proyecto de país productivo, podemos fortalecer las escuelas rurales, las escuelas técnicas agrarias, los liceos rurales, y cómo propender a que la familia rural se mantenga en su medio.

En anteriores administraciones de la educación hubo una intencionalidad de cerrar sistemáticamente las escuelas rurales. Por otra parte, en las últimas décadas el Estado se ha ido retirando del medio rural, y su presencia sólo es visible donde permanecen algunas escuelas. Quizás estén dadas las condiciones históricas para impulsar las Misiones Socio Culturales del siglo XXI. *

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