¿Quién está detrás de FHC?

La prensa informa profusamente, en estos días, sobre la «venida» del ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso (pos-Color de Mello y pre-Lula). Patrocinado, según se dice, por la conocida fundación socialdemócrata alemana Konrad Adenauer.

Y la pregunta surge sola. ¿Qué vino a hacer aquí? ¿Por qué en este momento? Aparte de los padrinos visibles, ¿quién está realmente detrás de esta visita?

No es necesario citar más que dos de sus expresiones, para poder ubicarlo con cierta certeza:

-Las criticas al gobierno de Evo Morales por la «osadía» de nacionalizar la explotación de gas, en manos de la «mixta» (?) Petrobras.

-La sugerida inconveniencia de la participación de la Venezuela de Chávez en el Mercosur por el carácter «confrontativo» de su líder.

Y aparece, nuevamente, como en los capítulos sucesivos de una telenovela, la palabreja de moda: confrontación.

Tengo la manía de, antes de usar una palabra que me resulta no demasiado común, corroborar sus significados en el diccionario. Entre otras cosas, porque el idioma español es muy rico, y es buena cosa tratar de aprehenderlo. Y, además, porque sabemos que, una palabra puede usarse en más de un sentido. Eso me pasó cuando leí en la prensa una noticia relacionada con el término confrontación. Luego de corroborar su significado: (ponerse una persona frente a otra), me vino a la mente, de inmediato, por asociación personal de ideas, la necesidad de precisar, en el mismo sentido, el concepto del término antónimo, abyección. O sea, cuando una persona se pone al servicio incondicional de otra/s.

El diccionario aquí me indica, como significado, que es la acción de quien incurre en bajeza, envilecimiento o humillación.

Y llevado al terreno de los dichos, me vi en la necesidad de encontrar ejemplos prácticos de ambas prácticas.

Y encontré que el mejor ejemplo de alguien que ha hecho de su pública y cuestionada vida un ejemplo de confrontación desenfrenada contra el resto del mundo ha sido el imperio. Y me queda claro que el contenido literal del término, en el ejemplo citado, le queda corto. Por tratarse de un caso especialmente agravado, como dirían los abogados, de enfrentamiento, de la mayor potencia mundial, usando su mayor poder destructivo en contra del resto de la humanidad. Inclusive, y de rebote, en contra de aquellos abyectos que le han estado sirviendo de apoyo, a través de distintas formas de acción u omisión. Pero los nuevos notorios charlatanes, embajadores gratuitos (?) de la abyección, no han dicho de esto, ni una palabra.

Sin embargo, y no por casualidad, esos mismos han salido a «bocinar», con clara intención peyorativa, vaya paradoja, el mismo calificativo de «confrontativo», a un país, y en especial, a su mayor figura política, por «ponerse enfrente», de la (pre)potencia imperial y de uno de sus más desleídos líderes, respecto de su política genocida mundial. Y yo me pregunto ¿qué otro papel puede asumir un digno sucesor bolivariano, que el de enfrentar al imperio de turno, en defensa de nuestra gloriosa, ansiada y demorada Patria Grande Latinoamericana?

Claro que hay otros papeles antónimos, que han asumido voluntariamente, por desgracia, muchas primerísimas figuras de nuestro amado continente. La de ponerse «al servicio» del imperio, en cuerpo y alma. Baste, también, como ejemplo gráfico, la confesa «relación carnal» del inmoral que gobernó la otra orilla del Plata, hasta hace poco. No por casualidad, durante el simultáneo contubernio con el imperio, junto a FHC en Brasil y JMS en Uruguay.

Y siendo los antónimos, palabras que expresan ideas opuestas o contrarias, no he encontrado nada más adecuado, en torno a la situación vivida, que considerar el enaltecedor contenido del término «confrontativo», aplicado a los hermanos venezolanos y en especial a su presidente constitucional, como un antónimo de «abyección.

Porque la preocupación le viene a los charlatanes de turno, uniéndose a la de otros corifeos de los yankis, ante la inclaudicable posición de Chávez frente al imperio. Diciendo de este último y de sus testaferros visibles y ocultos, las verdades que todos conocemos, pero que muchos no se animan, quizás por inconfesables conveniencias, ni siquiera a pronunciar en privado.

Es obligación de todo latinoamericano bien nacido dedicar una parte de su lucha diaria a denunciar los crímenes y abusos del imperio.

Todo aquel que no lo haga está en falta con los intraicionables principios de, entre otros, Artigas y Bolívar. Salir a terciar en la forma desubicada en que se ha hecho (más que a terciar, a secundar), pretendiendo acallar la voz de la Historia, es como intentar detener un «tsunami» subido en una cáscara de nuez.

Así como existen los antónimos oligarquía y Pueblo, y como se diferenciaron irreconciliablemente el próximo pasado 19 de junio, los verdaderos orientales antiguistas, de las minicúpulas que estuvieron en la Plaza Independencia, de la misma manera, es conveniente, ante los hechos de notoriedad, diferenciar a los confrontantes con el imperio, de los abyectos. *

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