¡Julio Castro, un inolvidable maestro!

Confieso que no sé si seremos muchos los sobrevivientes de aquellos fines de la década de los 30 y comienzos de la de los 40, que concurríamos a la Escuela Nº 93 de 2º grado de Villa Muñoz, cuyo viejísimo edificio, desde hace años abandonado, aún está en pie en la calle Arenal Grande a pocos metros de Gutiérrez, en pleno corazón del barrio más conocido como «de los judíos».

Por esos tiempos, muchos chicos apenas si nos enterábamos de que se estaba desarrollando la Segunda Guerra Mundial. Sí sabíamos que a la entrada de la misma, un vendedor con dos enormes canastas ofrecía (a los «ricos») un refuerzo de salame, cuyo costo era de cinco centésimos. En la otra, los «pobres» por apenas «dos guitas», teníamos la opción del de mortadela. Por ese entonces no tenía Villa Muñoz el movimiento comercial de hoy, donde se destacaba el «registro» de los Landesman en Arenal Grande y Blandengues, frente a la Escuela «de las mujeres», dado que en aquellos tiempos los colegios no funcionaban como mixtos.

Nuestra escuela era un caserón de grandes dimensiones, con dos plantas y gastadas escaleras de metal, a las que únicamente subían los mayores, dado que 4º, 5º y 6º funcionaban en los inmensos salones de arriba y 1º, 2º y 3º en la planta baja. El patio para el recreo de las 10:30, era ocupado en parte por los alumnos y en parte por los maestros que, insólitamente, durante el descanso y contra una altísima pared pintada de amarillo, jugaban a la pelota de mano contando por supuesto con la hinchada de sus propios alumnos. (¡Siempre y cuando, claro está, los rezongos no hubieran estado a la orden del día!) El director no participaba del juego, atendiendo visitas de padres, reclamos de abastecedores, moviéndose de un lado para otro con su túnica blanca, su rostro serio y su cabellera lacia de poco pelo, con un dinamismo que asombraba. Se llamaba… Julio Castro, mostrándose siempre como un hombre poco afecto a las risas pero con un corazón de oro tratando de resolver mil problemas al mismo tiempo, evidenciando no sólo un condicionamiento fenomenal de su profesión, sino, además, no descansando un minuto mientras por media hora sus colegas del Magisterio le daban entre manotazos y ruidosas expresiones, a su entretenimiento deportivo bajo la mirada atenta de gran número de alumnos.

La escuela, cuya dirección estaba a cargo del insigne maestro, funcionaba en horas de la mañana.

Y por cierto, ahora nos damos cuenta, contaba con muchos menos recursos que la de la tarde, a la que solían asistir muchachos de gente más clase media alta de la populosa barriada. Su director, un señor Rossi, era del barrio y solía andar siempre con un clavel rojo en el ojal de su saco, que llamaba la atención.

A Julio Castro le tocó no sólo dirigir aquella escuela, sino a la vez, dictar cátedra dentro y fuera de ella, de sus notables conocimientos.

Fue un estudioso permanente de la profesión y su currículum, publicado en el último número de Brecha, muestra una impresionante ristra de actividades en el Magisterio, que son orgullo para nuestra Escuela Pública. Esa vida que dedicó con verdadero amor al Magisterio, la alternó posteriormente con una actividad periodística que lo llevó a director de Marcha, lo que sirvió a los esbirros de la última dictadura para secuestrarlo, torturarlo y hacerlo desaparecer, un 1º de agosto de hace treinta años. En verdad, el maestro Julio Castro fue uno de los tantos temerarios que abrazó dos profesiones tan proclives al sufrimiento, cuando en un país se arrasan las instituciones democráticas y no se respetan los derechos humanos.

De más está decir que cada vez que alguno de sus ex alumnos lo encontraban, recordaban aquella su figura inolvidable al frente de la Escuela de Villa Muñoz, de donde salieron muchachos que lograron destacarse en las más variadas actividades, incluyendo las del boxeo, con el siempre querido y admirado Dogomar Martínez. Algunos como nosotros y Toyos, agarramos para el periodismo. Obviamente, los pibes descendientes de judíos se destacaron en lo comercial, caso de Ernesto Béjar (San Francisco), Salomón Friesel (Optica Azul) y otros muchos que ahora no afloran en mi memoria.

Cuando fuimos creciendo y dejando la escuela, no pocas veces nos cruzamos con el maestro. Su pregunta nunca fallaba: ¿te estás portando bien?

Y sonreía alentándonos a no torcer un camino que él, precisamente, junto a aquellos recordados educadores, a toda hora nos trazaba con firmeza.

De sólo pensar en ese cruel final de Julio Castro a manos de sus captores se nos pone la piel de gallina. Sus secuestradores y asesinos siguen por ahora impunes y ni siquiera sabemos dónde yacen sus restos para llevarle una flor. Pero esté donde esté, que el maestro sepa que sus alumnos de todos los tiempos jamás lo olvidarán.

Mientras tanto, seguiremos bregando para que la Intendencia Municipal de Montevideo designe maestro Julio Castro al tramo de la actual calle Arenal Grande entre Garibaldi y Domingo Aramburú. No es mucho para lo que merece como real homenaje, este hombre que de sus profesiones hizo un apostolado. Y cuya vida segó el proceso porque, para sus integrantes, la gente inteligente no merece vivir.

¡Malditos sean! *

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