EL asalto de la dictadura a "El Cordobés"
El 27 de junio de 1978, fecha en la que la dictadura conmemoraba el golpe de Estado del 73, un contingente militar encabezado por Aparicio Méndez, usurpador de la Presidencia, acompañado de su señora, y del Gral. Gregorio Alvarez, «El Goyo», el verdadero hombre fuerte de la dictadura, tomaron por asalto el casco de la histórica estancia «El Cordobés». Expulsaron a sus legítimos propietarios, mi abuelo, Carlos Saravia Silva, su esposa Olma Farías de Saravia y sus seis hijos: Cándida, Celeste, Aparicio (mi padre), Napoleón, Gumersindo y Mauro, y algunos nietos, entre los que me encontraba yo. Expropiaron por decreto el casco y un cerro, con dos vertientes de agua. Entonces comenzó el saqueo. Dentro del casco conservábamos la ropa, los muebles, las divisas, las cartas, las banderas y los objetos personales de Aparicio Saravia y su esposa Cándida Díaz, además de los documentos relacionados con los movimientos revolucionarios que desde allí nacieron: la Revolución Federalista del Brasil de 1893, encabezada por Gumersindo Saravia, y las revoluciones de 1896, 1897, 1903 y 1904; la de Nepomuceno Saravia en 1910 y la de 1935 contra la régimen de Gabriel Terra, que tuvo su epílogo en las acciones de Paso Morlán, encabezadas por Nepomuceno y Basilio Muñoz. Los enemigos de la justicia social, la libertad y la nación, hicieron un inventario que constaba de más de 2.000 artículos (en el cual no estaban comprendidas las piezas que, en controvertido remate, se subastaron judicialmente el 25 de noviembre de 2004, entre ellas el recado de Saravia). Dispusieron que en ese mismo lugar se levantaría un museo que hasta hoy, deteriorado, sin accesos, ni servicios y con la gravísima falta del 80% de los objetos expropiados, persiste ignorado por la sociedad. ¿Para eso nos dejaron en la calle?
Nosotros exigimos que se investigue adónde fueron a parar los valiosísimos objetos faltantes del casco y que los mismos sean reintegrados.
Este vergonzoso proceso tiene mucho que ver con la destrucción de nuestra cultura, nuestras raíces y nuestra verdadera identidad nacional, tan ocultada por algunos textos oficiales de historia.
Los daños causados a la familia por tal atropello, son dolorosos, irreversibles y persistirán por generaciones enteras. Me parece ver a mi abuelo, en silencio, por muchas horas, sentado afuera del galpón, mirando desde lejos aquella casa que albergó a sus antepasados y a nosotros durante 145 años. Ese dolor, mezclado con la justa indignación, le causó la muerte.
Luego vino la disgregación de la familia, la persecución política, los litigios judiciales, la calumnia, el manoseo público, las especulaciones, las deudas que heredamos y que hoy pesan duramente sobre la familia.
En consecuencia, el Dr. Jorge Larrañaga no tiene ningún derecho a poner en duda públicamente el honor de la familia Saravia. Si algo quiere saber sobre los bienes históricos que custodiamos, que nos lo pregunte, si es que en verdad está interesado en su destino. Hoy, dichas pertenencias y el recado que acompañó a Saravia hasta la fatídica tardecita de Masoller, permanecen en nuestro poder.
Así como nuestra sociedad ha dado, con nuestro beneplácito, pasos para reparar las tropelías de la dictadura militar en otros órdenes, exigimos para este caso una reparación histórica, moral y material. Reclamamos especialmente que se investigue el destino de los bienes culturales que están registrados en el inventario y que fueron saqueados a lo largo de todos los años que han pasado.
Una vez más será verdad que «La patria es dignidad arriba y regocijo abajo». *
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