La sociedad de los aplausos mutuos

El alejamiento hace un tiempo de Torcuato Di Tella de la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina y el ladero tenebroso que le oficiaba de vocero, quienes no se cansaron de generar polémicas inteligentes pero estériles, y dilapidar recursos para su lucimiento personal, generó la ilusión de un cambio de rumbo en una Secretaría Nacional que no había excedido los límites del Barrio Norte.

Lamentablemente nos equivocamos al no advertir que el cambio era meramente cosmético. Del 45 a esta parte, con la rara excepción del interregno 1973-1976, la política oficial fue entregar las finanzas a los Talibanes de la economía y la cultura a supuestos iconoclastas que destruyen cuanto ídolo hay, manos uno: el becerro de oro.
En la Argentina ya no hay bandos ideológicos, hay «bandas». Advenedizos al prestigio, al poder y a los puestos públicos, para lo cual acuden a los mas variados ropajes.

Desde el pre-bachiller Lopérfido y su Banda de Golden Rocket en la presidencia De la Rua (que pasaron sin escalas del bofe al shusi) a los artistas sin talento(por lo tanto artesanos de lo superfluo) metamorfoseados en «críticos de arte» o «curadores de exposiciones». Desde hace décadas, como en una película de terror, anida en los sótanos del caserón de la Av. Alvear una extraña fauna de marxistas mitristas, cuya pirotecnia verbal no desdeña el lucimiento de las pilchas de marca o vivir los rigores del ostracismo en un «country».

Son como Tomás Eloy Martínez, quién, desde las páginas de «La Nación», relata las penalidades de su «exilio» en Highland Park N.J., lo que no le impide que el maléfico Bush permita que su cuenta bancaria jamás esté en rojo.

Para ser reclutado en esta planta, tan solo basta amontonar palabras con pretensiones de poesía y publicarlas (con la segura luz verde de la Conabip) con el modesto título de «He amado demasiado» o «Una vida en Mechongué»; dar fe de profesar tolerancia hacia todas las posturas y creencias (menos las que huelan a populares y genuinamente nacionales) y manifestar con vehemencia solidaridad con los injustamente discriminados (gays, lesbianas, asesinos infanto-juveniles, faloperos, piqueteros, reventados, umbandistas, indigenistas de mercado, etc.).

Típicos exponentes de la clase media, fueron definidos por Lenin, a quién citan hasta el hartazgo, como el fruto podrido del árbol social. Seguramente por su tendencia a reaccionar intempestivamente cuando le meten la mano en el bolsillo pero no cuando les tocan el culo. Pero hay otro fruto, temido por los estratos medios, del que no se ocupó Ulianov: el «lumpen». En alemán, «lumpen» deriva de «lump» (canalla, rufián) Un trapo andrajoso es un «lumpen» y por «lumperei» se entiende: piojería, canallada.

Cuando Carlos Marx se refirió al «lumpenproletariat», aludió al conjunto de individuos no integrantes de la ecuación capitalistas-asalariados, y que por ello permanecían al margen de la estructura organizativa del trabajo remunerado. Rota la barrera de la conciencia de clase, integrando el último subsuelo de la escala social, impera este núcleo de miserables, fuente de inspiración de autores como Víctor Hugo, Charles Dickens y Kurt Weill. En nuestra pampa se da el caso especial del lumpen como categoría mental, caterva de ignorantes que desde la categoría pestilente del «se igual» han sabido construirse un espacio en los medios y son presentados, sin que nadie se sonroje, como exponentes del «quehacer cultural»: seudo-revisionistas de quiosco; indigenistas cuyo compromiso con las comunidades aborígenes no trasciende la venta de artesanías en las salas de la Recoleta y los conciertos de Beatriz Pichi Malen y disfracistas con pretensiones de literatos que entre los intersticios de la exacerbación, de la transgresión genial de los verdaderos creadores se instalan, como siempre, como simuladores.

José Ingenieros, casi un siglo atrás, hablaba de la simulación en la lucha por la vida y hablaba de la simulación de la locura. En 1904, el Dr. Ramos Mejía hablaba de la simulación del talento. En cuanto a los simuladores de talento, solo saben simular la locura, lo exterior de la creación. Copian la exterioridad intrascendente y humana del artista, sus tics, sus manías.

Simulan la locura loca, pero no pueden aprehender su alma. Y, verborrágicos y estériles, contraídos y convulsos, invaden los medios, pululan por las exposiciones y fatigan los pasillos de las redacciones.
Sus convicciones progresistas no le impiden compartir debates con gorilas de antaño y hogaño, en tanto y en cuanto sean funcionales para arremeter contra «el hecho maldito del país burgués»: el peronismo. Su milicia democrática puede ser integrada indistintamente por el Instituto Hanna Arendt y Néstor Pitrola, como por Hugo Gambini y García Hamilton. El reconocimiento le estará vedado a quien no apruebe las inquisiciones del nuevo «Comité de Salvación Pública», pero cuanto cagatinta o defecador de lienzos rinda pleitesía a la cultura oficial y se someta dócil al pensamiento hegemónico, podrá acceder a las becas y subsidios, recibirá premios de sus pares y participará en reuniones y congresos donde los asistentes se aplaudirán mutuamente luego de cada presentación.

Todo creador, en cambio, aunque sea auténtico, que rehúse a prosternarse ante esta nueva resaca del pasado, el stanilismo metamorfoseado en «progresismo», será lapidado. El tribunal inapelable serán los suplementos culturales, tanto de «Página 12″ como de «La Nación», donde se condecora a Martín Caparrós pero se agravia, o lo que es peor, se ignora, a los autores nacionales.

Así, adquiere sentido que los libros del recientemente fallecido Fermín Chávez hayan sido rechazados por la CONABIP con el argumento de ser «políticamente tendenciosos», nada menos que por funcionarios de una administración que se define peronista. Si Kafka hubiera nacido en la Argentina, hubiera sido un escritor costumbrista.

Pero esta discriminación no es inocente, responde a la lógica facciosa de la «Ilustración», que encuentra antecedentes en el terrorismo unitario que fusiló a Dorrego y ahora se encabalga en el uso y abuso perverso del adjetivo «fascista» para desacreditar toda manifestación de patriotismo o afirmación nacional. Acusación errónea o equívoca, por no decir maliciosa, ya que no debe confundirse el «totalitarismo» europeo con la canalla gorila y doméstica. Ningún fascista traicionó a su país. Canaris no era nazi, Badoglio no lucía camisa negra..

Iniciar polémicas sobre este tema es pueril e inútil. No obstante, corresponde establecer que quien moteja de «fascista» a un rematador de su Patria no sabe lo que dice. Y a nadie honra el cultivo manifiesto de la ignorancia. Menos aún, a los que pregonaban ser, antes del posmodernismo, «hijos del siglo y la ilustración».

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