¡Ojo a la pala!
Dijo hace muchos años el doctor Perogrullo que no hay guerras piadosas en la historia del mundo. Tiene ínsitas las crueldades. Todo ejército de ocupación o con «canilla libre» en represión o conflagración, ejecuta, asesina, tortura, depredan, violan y asuelan abusando de la fuerza como derecho por triunfo.
O sea, para ganar la guerra previamente se necesita información y la misma se obtiene como sea. No hay medida ni límite para determinar dónde acaban las medidas humanas y empiezan las crueldades para obtener información veraz a los efectos de la eficacia posterior a la batalla, represión, detención de enemigos, etc. Y terminada esa etapa primaria, obtenido el éxito buscado es también difícil y lento el período de adaptación de esas tropas que en los hechos, tanto a nivel general de guerra convencional como de una interna de guerrilla nacional, como las sufridas en América incluyendo nuestro país, son de «ocupación», el volver a retraerlas a su normalidad cotidiana con los civiles. O sea, hay que tener conciencia de que si se le abrió la puerta al «tigre», no es «chichoneándolo» y provocándolo permanentemente como se logra que vuelva a la jaula mansamente. Seamos justos, yo como blanco y wilsonista jamás fui, ni soy, ni seré partidario de golpes de Estado.
Pero dentro de esa misma justicia, la guerra no la comenzó el ejército. Lo llamaron, que fue distinto. Y en eso estuvo la mayoría absoluta del Parlamento donde se votó y estaban representadas todas las tendencias políticas. Recuerdo la tarde que se supo en el ambulatorio del Senado, yo estaba, la noticia de la ejecución de Dan Mitrione.
Es cierto que era un torturador profesional y ampliamente experimentado representante de la represión imperial. Se merecía tal vez y sin el «tal vez», lo que le pasó. Pero no fue ni el modo, manera y resultado, a título de ejemplo, el que se empleó. Se había roto una costumbre o tradición del Estado de Derecho llamado Uruguay que gozaba de una justicia con todos sus engranajes legales para juzgarlos probados los hechos.
Claro, me dirán que era una guerra y por tanto no se confiaba que se hiciera justicia de parte oficial. O sea, es el mismo argumento que se puede emplear tanto para los desaparecidos y ejecutados que se siguen buscando, como para los que, inyección de pentotal mediante ejecutaron o asesinaron cobardemente a un pobre peón rural al que se decía defender en su pretendida «revolución».
En buen romance, todo eso cruelmente lamentable, pasó hace 40 años. En mucho menos tiempo, si hacemos memoria, en Europa, Francia, Holanda, Inglaterra, Bélgica, etc. que se desangraron en una guerra feroz contra Alemania e Italia, donde obviamente los crímenes y torturas abundaron a familias de ambos lados tienen ancestros que sufrieron igual o muchísimo peor presiones masivas, que se conocen las alemanas porque perdieron, pero no fueron mucho peores que las que a su vez cometían las tropas rusas, yankis o inglesas por citar las más notorias a su paso, y hoy esos pueblos conviven en paz y tranquilidad.
Mujica dijo y es probable que pueda tener razón, que hasta que no «revienten» todos los que hicieron la confrontación, esto no tiene fin. Julio María opinó igual o parecido en televisión. Pero hay un detalle que se lo «comieron» u omitieron. Que fueron muchos los que la hicieron y por ende falta mucho tiempo aún para sus desapariciones como para darnos el «lujo» de tanto odio permanente rebuscando en distintos predios en forma interminable, por más justo que pueda ser, manteniendo el fuego encendido y alimentado constantemente. Tenemos, mal que nos pese, una sociedad dividida y de la peor manera. Por sangre derramada.
Hay muy respetables y entendibles deudos que reclaman encontrar sus huesos queridos y la justicia pertinente. Pero también hay otros respetables y entendibles deudos de civiles y soldados muertos y asesinados por igual, con la diferencia de que el propio Estado les ordenó defender la patria y cayeron en el servicio del deber. Recuérdese los cuatro soldados de la guardia en la casa del comandante en jefe masacrados o los policías de guardia en el Hospital Pedro Visca y a mayor abundancia a Pascasio Báez y su inyección de pentotal. Todos tienen padres, esposas, hermanos o hijos que mascan en silencio su indignada y justa rabia.
O sea, barbaridades se cometieron de ambos lados, como en toda guerra. Sin olvidar que la mayoría absoluta de la población pedía al ejército protección y orden. Eso fue real. El inicio de la guerrilla no fue decisión popular, sino una actitud intelectual universitaria.
Había sobradas razones a nivel continental para llevarla a cabo. Pero justamente en nuestro Uruguay, no era el lugar adecuado. No había las desigualdades, crímenes e injusticias que abundaban en otras patrias hermanas americanas asoladas por el imperio.
El propio Che Guevara lo dijo en el Paraninfo de la Universidad en Montevideo-Uruguay, siempre fue «otra cosa». Sería entonces razonable, empezar por «parar la mano», antes de que se puedan repetir excesos similares. No sembremos más odios. ¡Moderemos prudentemente «la pala»! *
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