Señales de alerta

Lunes 23 de julio de 2007 | 4:49
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P or estos días se han divulgado datos alarmantes respecto de los suicidios en Uruguay. La tasa es de las más altas del mundo, superando incluso la de países del primer mundo hiperdesarrollado que tradicionalmente ostentaban ese triste récord.

Paralelamente, otro fenómeno que nos desangra como sociedad sigue verificándose a pesar de los auspiciosos indicadores macroeconómicos: la emigración de población económicamente activa hacia tierras lejanas en busca de horizontes para su realización personal.

Este problema de la emigración se viene arrastrando desde hace muchos años; comenzó, precisamente, por la década de los sesenta, cuando la crisis hizo sentir más fuertemente sus efectos sobre la población. Durante la dictadura se intensificó notoriamente al conjugarse las razones económicas y las políticas para que el éxodo de uruguayos se incrementara de manera alarmante. Con el retorno a la normalidad institucional y la vigencia de la democracia, la sangría mermó un poco pero no se detuvo. Las expectativas generadas por el fin de la era militar no fueron colmadas por los gobiernos democráticos que se sucedieron, y los jóvenes siguieron buscando en el extranjero lo que la patria no era capaz de brindarles: una vida digna sin sobresaltos ni angustia económica. Con una frivolidad sorprendente, algunos gobernantes atribuían el fenómeno no a la falta de oportunidades laborales o al bajo nivel de salarios –verdaderas causas de la emigración–, sino a una especie de novelería o de espíritu aventurero de los jóvenes; minimizaban la tragedia sosteniendo que quien resolvía emigrar lo hacía optando libremente o casi por capricho.

Esto en cuanto a la emigración. Pero si analizamos el problema de la alta tasa de suicidios, las explicaciones, por frívolas o mentirosas que sean, no logran disminuir lo dramático del hecho. En este caso, las causas económicas no aparecen tan claramente como en el fenómeno de la emigración, por lo que hay que bucear en otros componentes. Dice Albert Camus en “El mito de Sísifo” que el suicidio es la cuestión filosófica más importante; los otros problemas metafísicos que desde la antigüedad han preocupado al ser humano (el tiempo, el universo, la eternidad, etcétera) deben ubicarse más abajo en un orden de prioridades. En efecto, ponerse a pensar si la vida vale o no vale la pena ser vivida (y decidir la segunda de las opciones) es una cuestión esencial.

En definitiva, llegar a advertir el sinsentido de la vida o concluir que en tales condiciones es preferible elegir la muerte, es lo que conduce a la autoeliminación. Ya se trate de desengaños amorosos, de no saber o no poder enfrentar una situación financiera adversa, o la causa que sea, hay quienes toman esa decisión última. Corresponde ponerse a indagar en los porqués de esta alarmante tasa de suicidios en Uruguay. Cierto es que la situación económica –aunque más auspiciosa que hace un tiempo–no es propicia para abrigar esperanzas u optimismos irresponsables, pero no se puede razonablemente atribuir los suicidios solamente a factores económicos. Debemos reflexionar y pensar, también, en el modelo de sociedad –que el gobierno actual empieza a combatir y se propone modificar– que nos propone el mundo posmoderno de hoy, en el que campean los “valores” de la globalización neoliberal. Es preciso ver y analizar en profundidad las pautas culturales que se nos imponen desde los centros de poder, los comportamientos “socialmente correctos” que nos son sugeridos, los parámetros según los cuales hemos de regir nuestra vida, las metas que debemos alcanzar. La incitación al hiperconsumismo demencial, la exacerbación del individualismo, el sálvese quien pueda, la alienación de las masas, constituyen los elementos clave para que los jóvenes uruguayos (los jóvenes de todo el mundo globalizado pero en este caso, los uruguayos) asomen a la vida percibiéndola como una carrera loca con fines difusos a los que hay que llegar por medios innobles.

Es preciso promover una educación en valores que vaya apartando lentamente a las nuevas generaciones de los disvalores que nos ofrece, nos propone y nos presenta como meta suprema el capitalismo salvaje. *

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