Abrir horizontes en educación
Que se consigan treinta millones más de dólares para la educación no significa que nuestras preocupaciones se reduzcan ni tranquilicen. Insistimos, el problema de la educación nacional no es sólo de dinero, ni siquiera principalmente de dinero. Hasta podemos pensar que si se insiste más de la cuenta en este punto se está distrayendo la atención de lo sustancial: la búsqueda de la mejor educación.
Que sean necesarias inversiones importantes y urgentes en la educación no lo duda nadie. No conozco quien diga lo contrario. Tampoco está en tela de juicio la necesaria adecuación de los sueldos. No hay dudas de la necesidad de mejores apoyos técnicos para los docentes. El sufrimiento en los últimos cuarenta años, en estos temas, tuvo la virtud de generar esta unanimidad de pareceres. No es fácil determinar la causa de estos problemas. Pudo ser la ineptitud de los que mandan, el devenir de distintas circunstancias acumuladas o por deterioro de la calidad de vida, en general, que sufrimos en ese período de tiempo.
De lo que no cabe ninguna duda es que de esta situación hay que salir. Lo que importa ahora es saber qué se va a hacer y cómo. Luego vendrá la presupuestación de lo que se necesita pedir.
Pocos temas en la opinión ciudadana, tanto de dirigentes como ciudadanos de a pie, han concitado tal adhesión. Me arriesgo a decir tal unanimidad. Concordamos que nuestra educación está mal, deteriorada, anticuada, decaída. Que hay malestar docente, malestar de los alumnos y malestar en las familias.
Se dedicó un año para analizar el tema al más amplio nivel ciudadano. Se recogieron diversas opiniones. Se discute si la organización fue la mejor o si hubo opiniones o sectores de la ciudadanía que no pudieron expresarse. Lo cierto es que lo que se hizo hecho está y eso todos pueden apoyarlo o criticarlo. Incluso hay quienes han optado por el desánimo o la indiferencia, la peor de las opciones.
Lo cierto que la educación uruguaya sigue ahí: quieta como agua de pozo. Nuestros niños y jóvenes siguen creciendo sin pausa y el mundo avanza vertiginosamente y, lo peor: no sabemos para dónde. Hasta hace un tiempo vivíamos y disfrutábamos la ilusión de que en el futuro todo sería mejor, ahora ni eso nos queda.
La ilusión del positivismo quedó prendida en los almanaques del S. XX. Ahora corresponde hablar de horizontes de incertidumbre. Y ante la incertidumbre no conviene poner todos los huevos en la misma canasta. Tampoco conviene perder mucho tiempo en cuestiones de preciosismos jurídicos o legales, se trata de hacer lo posible lo antes que se pueda y del mejor modo.
No adelantamos poniendo todas las energías en retocar una ley de educación cuando no sabemos adónde queremos llegar, cómo y con quiénes. Ahora se trata de educar, mejorar la educación, profesionalizar la educación. Con los instrumentos (aunque imperfectos) que se tienen.
Se necesita liderazgo en los conductores, convicción en las propuestas. Planes atractivos y motivadores. Superar el malestar docente, decir claramente adónde se quiere llegar y empezar a hacerlo.
Entiendo que es necesario apuntar a la innovación y superar las ataduras vinculantes al pasado, hoy el conservadurismo es la ideología dominante. Abrir puertas y ventanas para que entre el aire fresco de la descentralización, la gestión de los centros conducidos por sus equipos responsables, la seria evaluación de procesos, la adecuación a las distintas situaciones geográficas y culturas. Desterrar la uniformidad y apreciar los valores emergentes de nuestros jóvenes valores profesionales entre los docentes. Darles responsabilidades, acompañarlos adecuadamente y exigir resultados.
Se podrá seguir en el discurso reiterativo mientras el tren pasa. Nuestra sociedad y nuestros alumnos, así, permanecerán en el andén, hasta que una decisión poderosa nos haga cambiar o que definitivamente no quede nadie en el andén. *
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